Crítica de “Marta Show”, de Malena Moffatt y Bruno López

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Mentras la gente hace girar los engranajes del sistema y camina preocupada de acá para allá dejando el vestigio de la rutina inexorable, Marta Buneta, más conocida como Marta Show, pulula por el barrio de Congreso arrastrando consigo una palmera, hojas secas y flores rotas. También lleva sus pocos petates y algunos atuendos. A veces pareciera que enuncia incoherencias, pero en los intersticios de sus palabras leemos algunos razonamientos demoledores, análisis bastante atinados sobre la gente oficial, aquellos que están jugando dentro del régimen. Marta adora y alimenta a las palomas de la plaza. A veces también las droga con ibuprofeno, quizás con el afán de quitarles el dolor perpetrado por algunos seres humanos. Detalles al fin, porque allí mismo, en la vorágine de Congreso, acontece una verdadera expresión de libertad que la tiene de protagonista. Coordina un pequeño show de danza callejera a la gorra. La postal del pasado indica que Marta supo ser una bailarina de éxito nacional e internacional, pionera del striptease y del varieté porteño.

No sabemos muy bien cuál fue su devenir ni por qué terminó en situación de calle, y aunque algunos bosquejos se trazan y se sugiere fragilidad, lo que esencialmente importa es que Marta jamás claudicó a la danza.

Y en ese transcurrir de bailes y playbacks es feliz.

En ese escenario improvisado que es la vereda se siente bien.

El show de Marta es también gracias a dos muchachas, una de ellas directora del documental, quien interesada por aquello que sucede a los márgenes de la sociedad, la descubrió bailando un día por la ventana. De allí en adelante se acercó, nació una amistad y el espacio de lo lúdico se transformó también en un espacio de contención.

Los transeúntes pasan y observan el espectáculo. Marta coordina, tararea las canciones que quiere y que Malena, su nueva amiga y ahora miembro fijo del show, se encarga de conseguir.

El documental es un registro sincero que se aleja de cualquier premisa moralizante. La directora reflexiona sobre la intención que tiene el mundo oficial de querer absorber a los marginales y traerlos de nuevo al casillero. Y quizás sea ese lugar que ocupa la mayoría lo que está mal.

El universo de Marta no es color de rosas, vivir en la calle resulta muy violento y por ello desarrolla una personalidad aguerrida y desconfiada, por momentos incluso paranoide, pero a pesar de los vaivenes emocionales necesita y le gusta entablar conversaciones y precisa de un abrazo como cualquiera de nosotros.

No hay golpes bajos ni patetismo alguno, una mirada límpida y tierna y un amor inconmensurable de Marta por la danza. Y claro, una pronunciada intención empática y desinteresada de Malena y Carolina por ella como ser humano.

Un documental de tintes musicales con un personaje fascinante que pese a las adversidades de la vida danza con felicidad. También hay lugar para las tristezas, tristezas que son más llevaderas gracias a Malena y Carolina que brindan todo su amparo cultivando también un cable a tierra para ellas mismas.