Crítica de Dogman, de Matteo Garrone

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Con el espaldarazo que significa el reconocimiento a mejor actuación a Marcello Fonte en Cannes 2018, se estrena en las salas argentinas Dogman, noveno largometraje de Matteo Garrone. A once años de haber ganado la Palma de Oro con Gomorra y tras haber arrasado en los premios David di Donatello, Garrone retoma el submundo marginal de una Italia gris, en lo que es, indudablemente, una vuelta resonante a las carteleras.

En un pueblo italiano costero, lúgubre y desolador, Marcello es dueño de una perrería. Juega al futbol con sus vecinos del barrio, ve esporádicamente a su hija, con quien planea viajes para bucear, y tiene un cariño sobresaliente por los perros. Su presunta inocencia y bondad comenzará a mancillarse con el accionar desmedido y brutal de su amigo Simone. La fragilidad de Marcello le impidirá oponerse a las actividades delictivas de su amigo, quien lo arrastrará hasta la perdición. 

¿Cuántas relaciones asimétricas conocimos en las que alguien ejercía un daño absoluto sobre la otra persona que, a pesar de todo, seguía junto al otro? Dogman se encabalga sobre esta cuestión para centrarse en el devenir de un personaje secundario, hegemónicamente relegado por su carencia de temperamento. La endeblez física de Marcello se condice con su incapacidad de tomar decisiones por su propia cuenta. La necesidad de aceptación será la causa de la fidelidad que le prodigará a Simone, aun cuando tomar determinadas decisiones le puedan llevar consecuencias funestas. 

Paralelamente Garrone indagará en las singularidades de su personaje, que resultan las  escenas más logradas de la película. En especial, la relación que guarda con Alida, su hija, y con los perros ( a los que cuida y a otro al que intentará salvarle la vida a riesgo de perjudicar la suya). La ternura de estas escenas es contundente, e incluso simbólicamente explícita: en un mundo de ventajeros y machos, la sensibilidad de Marcello solo aflora ante una niña y/o animales. El amor que encarna Marcello Fonte en estos tramos es conmovedor.

Dogman, entonces, desprende una misantropía, que llegado un punto determinado de la película, puede resultar tediosa. Ningún humano adulto lo respeta y de ahí la dependencia de Marcello hacia Simone: la sonrisa genuina que le despierta su amigo, cuando lo une a la fuerza con una prostituta en un cabaret, representa el gesto de interés que Marcello clama desesperadamente. La escena final, maravillosa en su construcción sonora, será elocuente con respecto a esto último. 

Para quien disfrute de aquellas películas que exponen un mundo en descomposición, que irá degenerando a sus personajes, y donde el único gesto de rebeldía es la venganza;  Dogman es una obra contundente y sutil sobre cómo un hombre solitario es capaz de cualquier cosa a cambio de un gesto de amor. Para aquel que no se sienta cómodo con una visión pesimista del mundo y confíe en que la sociedad tiene reservada una dosis de humanismo salvable, Dogmanpuede resultar una experiencia densa y lacerante. Más allá de ambas visiones, el film posee una cualidad indesmentible: Garrone, sin tener que recurrir a trucos alevosos, todavía es capaz de cortarle la respiración a su espectador.