Crítica de “Deslinde”, de Debret Viana

0
92

“Vivo en el jet lag de M. desde que M. se fue”, dice el protagonista de la novela de Debret Viana en uno de los tantos intentos por explicar lo que queda cuando ya no hay amor: un sentirse descolocado, descentrado, como quien mira todo el tiempo a través de un lente fuera de foco. Deslinde es un texto que narra una obsesión, y donde la misma narración se hace obsesiva a partir de los recursos que pone de manifiesto. Entonces, escribir  se transforma en una enfermedad porque “todo lo que escribimos es un desencuentro y una crucifixión”.

Una de las primeras revelaciones que tenemos los lectores de la novela es su carácter dialógico, y ese diálogo se traduce en una enorme cantidad de autores, de personajes de ficción, de pensadores, de teorías que se entrecruzan no de manera azarosa ni de modo ornamental.  En cada alusión o en cada mención, hay una red de complejas asociaciones que el lector tiene que ir armando para entender el fluir del discurso del personaje. Julio Cortázar dialoga con David Lynch, o Woody Allen con Jorge Luis Borges, para mencionar solo algunos ejemplos, en una vasta intertextualidad que recorre toda la novela.

Desde el comienzo, también hay algo que nos remite a Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes en ese intento de descifrar qué es el amor; de hablar sobre lo que tiene de locura, de inefable; de establecer sus límites con respecto de la pornografía, los lugares comunes, el erotismo y la sexualidad, con un lenguaje por momentos poético (“Cuando acabé lloví mi alma dentro de M.”), y en otros absolutamente prosaico y vulgar. Al amor hay que “deslindarlo” para entenderlo. En el caso del protagonista de la novela, además, está la imposibilidad de deslindarse de M., la mujer presente en cada línea, el motivo de la escritura.

Sin embargo, M. no es más que un fantasma: “Toda historia de amor es una historia de fantasmas”, afirma David Foster Wallace en el epígrafe que comienza el libro. M. no está y en su lugar está el cuaderno que escribe el protagonista: “Escribo para sustituirla con la escritura” porque “del amor se pueden decir algunas cosas mientras acontece –pocas, porque mientras el amor sucede no hay mucho que decir: solo hay que habitar el suceso–; es posible decirlo todo después del final, porque es como un funeral donde es preciso velar cada momento pasado y rememorar las bondades y miserias del cadáver”. Desde este planteo, la novela se transforma en una poética que reflexiona sobre qué significa escribir: ni más ni menos que retener lo que ya no es.

Lo fantasmático, además, se refuerza a través de lo onírico, pero no solo a partir del relato de los sueños del protagonista, sino por la propia narración en primera persona: parcial, subjetiva, ilógica por momentos, desordenada, siempre dentro de una atmósfera surrealista como si fuera una traducción de un grabado de Piranesi o una historia que acontece en alguna ciudad lovecraftiana. El ejemplo más acabado de esto es el relato de lo que sucede mientras el personaje se hace pasar por otra persona y trabaja en el subte, donde se cuenta una suerte de viaje casi dantesco hacia las profundidades del inconsciente con una gran cantidad de símbolos.

Por supuesto, un texto tan complejo en cuanto a su significado requiere también un tratamiento de la sintaxis que dé cuenta de esa complejidad: las oraciones larguísimas; la escritura de palabras todas juntas donde se destaca la letra “m”: “…norecordamosparanadaunmomentoenquenoestuvoycreemos…”; las repeticiones constantes y la alternancia de párrafos brevísimos con otros que ocupan más de una página no hacen más que reforzar ese discurrir ansioso y obsesivo del protagonista.

Deslinde, de Debret Viana, es una extensa tesis sobre el amor, presentado como aquello que llega a nosotros para desestabilizarnos, pero que después se torna en ley, en norma, en algo rutinario, e inevitablemente termina desapareciendo. Es también una descripción del sufrimiento amoroso, ese que se parece tanto a lo que pudimos vivir muchos de nosotros y nosotras. Y es, por último, un intento de responder esas preguntas que nos hacemos “cuando nos dejan de amar y hay poco a lo que aferrarse” o, como dice Mariana Travacio en el epílogo, cuando solo nos queda un rumor, una estela, un rastro, “lo más verídico y, al mismo tiempo, esa poca cosa con la que conformarnos”.

Debret Viana, Deslinde, Hojas del Sur, 2018, 336 págs.

Debret Viana es escritor y librero. Publicó el libro de cuentos, Menos, y la nouvelle, Otro. Deslinde es su primera novela.