Crítica de Big Little Lies: poderosa serie de HBO

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Tras una primera temporada exitosa (pródiga, además, en premios y alabanzas de la crítica), Big Little Lies tuvo su segunda parte, integrada por siete capítulos que, en términos dramáticos, debieron estirarse a por lo menos un par más.
Pocas series pueden ostentar una galería de estrellas femeninas como lo hace Big Little Lies (de ahora en más, BLL): Reese Whitherspoon (al mismo tiempo productora) en la piel de la infiel Madeline Mckenzie, Laura Dern como Renata Klein (la self made woman en bancarrota por culpa de su esposo); la ascendente Shailene Woodley, encargada de darle vida a Jane Chapman (madre soltera cuyo hijo fue producto de una violación), y Nicole Kidman como Celeste Wright, reciente viuda de un hombre golpeador. Precisamente ese hombre (atención: spoilers) es el centro neurálgico de BLL 2.
Recordemos que todas esas mujeres acordaron sostener una mentira; no fue Bonnie (interpretada por Zoë Kravitz) la que lo empujó para evitar que siguiera golpeando a su mujer lo que ocasionó su muerte, sino que se trató de un accidente, una “caída” que le costó caro. Así se lo dieron a entender a la policía. Ahora, “las cinco de Monterrey” deben lidiar con ese peso, aunque –con toda lógica- sea Bonnie quien cargue con la mayor culpa.
Más allá de que esta segunda parte opera como una nueva exploración de la relación entre madres e hijos, la apuesta radicó en la presencia de Meryl Streep (al menos, en términos actorales). Y no defraudó. Por fuera de esa incorporación, BLL sostiene la espina dorsal del relato con una atención por momentos un poco distante a la hora de afrontar y desarrollar los conflictos de cada personaje. Streep, excepcional como de costumbre, funciona aquí como un fantasma de su hijo golpeador; amenazante, llega y se inmiscuye en la vida de Celeste y de sus nietos y, poco a poco, revela gestos que conjugan resentimiento, crueldad, pero también genuino dolor.
Por fuera del relato ofrecido a los televidentes por la poderosa cadena HBO, BLL 2 promovió al mismo tiempo una discusión sobre la cuestión autoral y sobre cómo se diluye o se bifurca en la “era de oro de las series”. La primera parte fue una adaptación de la novela de Liane Moriarty, encargada de los libros. Contó con la dirección de Jean-Marc Vallée, quien por compromisos con otra serie (Sharp Objetcs) dejó su lugar a la realizadora Andrea Arnold. Bajo la órbita del productor y showrunner David Kelley, se filtró la información de que, descontento con la tarea de Arnold, recurrió a Vallée para editar el material entregado “a piacere”. Nunca sabremos exactamente (ni en datos cualitativos ni cualitativos) cómo fue ese proceso; pero no es difícil imaginar que se hizo efectivamente un trabajo para “cohesionar” el estilo de ambas partes. Sí, en cambio, es bastante posible rastrear las fisuras, los altibajos y las resoluciones (incluso, de secuencias puntuales) que hicieron que esta vuelta no fuera con gloria.
Más allá de los desniveles, BLL 2 no deja de ser una interesante aproximación a los dramas femeninos desde una perspectiva sorora, a tono con los tiempos que corren. El final de la serie arrasa con el desarrollo de las vidas de cada una de las protagonistas, como si el impacto buscado debiera responder más al fin de la primera temporada y no tanto al desarrollo de la segunda. En estos siete episodios, BLL sostiene una mirada por momentos muy artificial, “de manual”. Aún así, como consuelo, no existe un solo capítulo en el que no haya un momento inspirador, un apunte inteligente, una capacidad para instalarse en el interior de alguna de estas mujeres que se saben desesperadas pero comprenden que en la unión está la fuerza.