Entrevista a Natalia Zito: “Escribo para fundar preguntas”

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Natalia Zito es escritora y psicoanalista, y hace muy poco acaba de salir su novela Rara, publicada por Emecé. Pero Natalia no solo es narradora, sino que hace muy poco también estrenó El momento desnudo, una obra que habla sobre la rutina y sobre la necesidad de reinventar el amor después de treinta años de convivencia. ¿Será eso posible?

Conocí a Natalia virtualmente porque es colaboradora de Leedor y hace un par de semanas tuve la oportunidad de verla en persona. Me sorprendió su humildad y disfruté de su capacidad de hacer que su interlocutor se sienta cómodo en todo momento. De ahí a querer entrevistarla, hubo un paso. En esta charla nos cuenta sobre la novela y la obra, pero también sobre su escritura y los temas que aborda.

Todos te conocemos por tus cuentos o tu nueva novela Rara, ¿cómo aparece el teatro en la escritura de la narradora?

Mi amor por el teatro es tan antiguo como yo, lo que pasa es que tardé en animarme a entrar. Mi primer acercamiento directo fue atreverme a escribir sobre obras de otros. Lecturas, me gusta llamarlas, más que reseñas. Supongo que por una pertenencia simbólica. Reseñas me remite a lo periodístico, un mundo en el que voy dando pasos lentos y casi autodidacta, versus el psicoanálisis, un mar en el que me muevo hace años. Después de las lecturas, llegó la actuación. Me atreví, después de ocho años de fantasearlo, a empezar clases de teatro. En el 2013 tuve la suerte de dar con dos amorosas como Laura Paredes y Valeria Correa, dos de las actrices de Piel de lava. Digo “amorosas” con todo el valor del término, porque creo que es muy difícil aventurarse a un mundo que uno desconoce sin alguien que te lleve de la mano con amor. Ellas lo hacen de ese modo y yo les estaré siempre agradecida. En aquel momento, yo decía que quería hacer teatro para poner el cuerpo a los personajes porque eso enriquecería mi escritura. Uno se da teorías sobre las cosas que hace, supongo que para sentir que nada va a cambiar demasiado. Pero claro, con el teatro, eso es imposible. Nadie sale ileso. El teatro me cambió por completo la intensidad, no solo en la escritura, en mi vida en general. Hice dos años de entrenamiento actoral con ellas y luego, desde el año pasado, hago teatro con Maria Onetto; y resultó un gran espacio de formación en muchos sentidos. Ahora me limito a decir que el teatro me recuerda que tengo un cuerpo, y eso no solo me afecta a mí, sino a los personajes. El cuerpo es una incógnita para mí. Todo esto para contarte que, después de todo este recorrido, un día apareció Mariana Melinc y me dijo que quería llevar al teatro cinco de los cuentos de mi primer libro.

Si tuvieras que comparar las maneras en que abordás la narración y el drama como escritora, ¿qué similitudes y qué diferencias podrías señalar?

La novela y el teatro tienen ritmos diferentes. Si fueran una música, escribir teatro en mi cabeza se oye como un rock o como un tango. En cambio, la novela se oye como bossa nova o blues, o un piano tocando música clásica, esa música que podría escuchar sin cansarme jamás. No podría prescindir de ninguno y me hace bien alternarlos. La sonoridad podría ser una diferencia, pero en mi caso sería más preciso decir que se juega de modos distintos en cada género. Aun cuando escribo una novela o lo que sea, cuando el texto ya tiene más o menos la forma que quiero, siempre corrijo leyendo en voz alta hasta que las palabras alcancen un modo de andar que no se detenga.

Como dramaturga, ¿qué lecturas te marcaron?

Kartun, Kafka, Camus, podría responderte casi sin vacilar sin pudor de poner a Kartun al comienzo, y supongo que él se reiría al escucharme. Leer a Kartun y escucharlo me enseñó muchas cosas, pero especialmente la sencillez de trabajar duro por lo que uno quiere. No hay secretos, como cuando dice (Kartun) que hay que ir a buscar a la basura. No es un secreto, ni una idea de otro mundo, pero hay que ir, meter la mano en lo podrido y encima sacarlo y exponerlo. Mi escritura se nutre mucho de eso. ¡Y de la basura paso a Camus! Es un autor que resignificó mis lecturas de Kafka, me hizo volver a ellas, a encontrar la tragedia en la comedia. Hay algo muy teatral en Kafka que me fascina. El momento desnudo está pensada desde la convergencia de todo ese universo; es la intención de narrar la tragedia desde lo cotidiano y lo absurdo que es lo lógico. Es la intención de revisitar lo que suponemos que sabemos. Interrogar las cucharitas, como decía Perec, y ver con qué nos encontramos, y al mismo tiempo que no sea tan sencillo saber qué es lo que encontramos.

¿Cómo fueron tus intercambios con Mariana Melinc, la directora?

Ella tiene facilidad para inventar todo lo que le falta a las palabras. Entonces, es una fortuna trabajar a la par. Trabajamos juntas desde el comienzo y seguimos haciéndolo. Yo opino sobre algunos detalles de la puesta en escena, y ella, como los actores, me han hecho críticas y sugerencias sobre el texto que fueron muy atinadas. Comenzamos haciendo dramaturgia de improvisación. Soledad Cicchilli e Hilario Quinteros leían los cuentos e improvisaban sobre ellos. Yo los grababa, miraba con la computadora encendida y escribía mientras ellos actuaban. Escribían algunas frases de ellos que me parecían hallazgos y que luego quedaron en el texto, y también cosas que se me ocurrían ahí, que jamás podría haber imaginado a solas. Eso duró algunos meses en los que íbamos pensando la estructura de la obra que finalmente conserva una secuencia casi idéntica a la de los cuentos en el libro. La obra mantiene una circularidad temporal que ya está presente en el libro y que, cuando nos dimos cuenta de que en escena también funcionaba, fue muy hermoso. Me puse contenta como un niño al que le traen el juguete que había pedido. Después de ese tiempo, trabajé sola el texto, mientras ellos seguían componiendo los personajes. Yo les iba pasando el texto por escenas, se los iba modificando, ellos me iban odiando un poco, hasta que quedó. Y fue hermoso otra vez.

Se nota que hay temas que recorren tu escritura insistentemente, ¿cómo se relacionan esos temas con tu otra tarea que es la de psicoanalista?

El tema de base es el absurdo, es decir, este mundo no tiene ni pie ni cabeza. Entonces, cómo hacer para vivir, en algo hay que creer. Ahí, supongo, aparecen las palabras y los edificios que puedo construir con ellas. Para esa edificación, el psicoanálisis me ha dado herramientas para construir y ayudar a otros a deconstruir. Ahora deconstruir está de moda, pero los psicoanalistas llevamos décadas deconstruyendo. Hace poco me empecé a dar cuenta de que no es una tarea exclusiva de mi rol de psicoanalista, sino que está presente cuando enseño, incluso cuando escribo. Porque también escribo para fundar preguntas, para interpelar y que no sea tan fácil ubicar a los personajes de un lado u otro.

En el caso de la obra, Eduardo se quiere matar ¿es porque no la quiere a Marta? ¿Alcanza el amor para no pensar en matarse? Yo no lo sé.

Más allá de tu propia escritura, ¿qué reflexión podés hacer acerca de los vínculos en esta época en la que parecen tener tanta fragilidad?

No estoy tan segura de la fragilidad, no creo que sean frágiles. Creo que los vínculos se componen con otras variables que antes no teníamos, y en eso la tecnología tiene un rol primordial. No solo estamos nosotros, sino la imagen que creamos de nosotros en las redes y lo que esa imagen genera en los otros. La imagen que uno tiene del otro es algo que siempre existió y sigue existiendo. Nos relacionamos con la imagen de los otros y con la propia imagen que tenemos de nosotros mismos. Lo que pasa es que ahora, además, esa imagen tiene un cuerpo, externo, y es todo ese mar de imágenes que subimos a las redes. Es un elemento más que, tal vez, visto desde un punto de vista, nos distancia, pero al mismo tiempo es una oportunidad de encuentro. Entonces, tal vez estemos lidiando con un nivel de complejidad mayor y tendemos a ver fragilidad donde en realidad hay algo que no sabemos qué es, que queremos categorizarlo con los elementos de medición que pertenecen a un mundo que ya no existe. Lo que sí creo es que los que tenemos, por lo menos más de cuarenta, tenemos la responsabilidad de escuchar, pensar todo de nuevo y encontrar la manera de transmitir que el cuerpo, la mirada y la voz son insustituibles, que las redes son un medio y no un fin.

Hace un tiempo se habla de “escritura femenina” o de “escritura feminista” con opiniones a favor y en contra, ¿cuál es tu postura sobre esto?

Me parece que hablar de escritura feminista conlleva un riesgo muy grande, al menos dentro de la literatura, y es pensar los textos con un propósito. Yo creo que la literatura sirve para casi todo, también para desatar revoluciones, pero son efectos, fortunas que llegan después, cuando la obra ya es tal. No creo que se pueda escribir literatura con un propósito, o tal vez se puede, pero el riesgo de que se vuelva panfletaria es grande. Y una escritura panfletaria pierde lo que te decía antes, que me parece tan valioso, y es que te interpele, que te ponga a pensar, que no sea tan fácil ubicar a los personajes de un lado u otro. Y además ¿cuántos lados hay? Después, más allá de los libros, estamos las escritoras y los escritores que podemos ser feministas. Es decir, nuestras opiniones, todo lo que rodea a los textos donde sí es una fortuna contar con discursos feministas. La escritura femenina, por su parte, no sé bien qué sería, creo que tal vez sea una categoría arcaica.

Un poco relacionado con lo anterior, ¿de qué manera la discusión sobre el rol de la mujer en la sociedad y en la familia beneficia o no a las escritoras?

Las discusiones, los debates, benefician no solo a las escritoras, benefician a todo el mundo. Ahora bien, si hablamos de mayores publicaciones de libros escritos por mujeres, si es que a eso apunta la pregunta, no lo entiendo como un beneficio, sino como el resultado de una lucha que se viene dando hace años. Sería un acto de justicia más que un beneficio. Lo complejo de entender del feminismo, tal vez por una limitación propia de la palabra, es que se trata de un cambio social en beneficio de todos, o de todes. No es un reclamo que busca la mejora de unos a costa del bolsillo de otros, sino todo lo contrario. Es la intención de mostrar que hemos vivido oprimidos por mandatos que sojuzgaban a unos y obligaban a otros a responder sin importar sus posibilidades, con toda la violencia que ello genera. Hemos vivido conminados a meternos en cajitas prefabricadas que tal vez nada tienen que ver con nosotros. Cuando –jugando con el título de mi última novela– digo que todos somos raros, me refiero a que la rareza es algo que todos reconocemos como propio. Y tenemos razón en hacerlo. Somos tan singulares que somos raros. Lo curioso de lo raro es que todos lo tenemos y aun así, sigue siendo raro, porque lo es, porque de lo que se trata es de lo singular. El feminismo es un modo de pensar que tiene en cuenta lo singular, que hermana y crea lazos colectivos que no pretenden borrar lo singular.

El momentoNatalia Zito también es autora de Agua del mismo caño (cuentos), Pánico el pánico, 2014. Sus cuentos y relatos integran las antologías La Frontera Durante y Persistencias, Outsider (2014 y 2017); El placer de las curvas, Pukiyari USA (2015); Antología 8choy8cho (2014); Pobre Diablo, Pelos de Punta (2016); y la edición especial Cien Argentinos, de la Revista Luvina de la Universidad de Guadalajara, México (2014).

El momento desnudo, viernes 22.30 (julio y agosto); Teatro Paraje Arteson, Palestina 919, CABA

Fotos: Mariana Melinc