Crítica de “Aguja”, un thriller psicológico de Matías Santos

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Un científico reconocido tiene que lidiar contra sus propios fantasmas que llegan desde el pasado para acosarlo. La originalidad de Aguja no pasa por su tema, sino por la manera de ponerlo en escena, donde se nota la experiencia de Matías Santos en la dirección y realización teatral y cinematográfica.

Como en todo thriller, el suspenso juega un papel fundamental, de modo que los espectadores vamos descubriendo poco a poco de qué se trata esta historia que, al comienzo, nos resulta rara e incómoda. Matías Santos hace de esta incomodidad una virtud que opera como el famoso efecto de distanciamiento de Berthold Brecht, según él mismo explica: “Se buscaba una manera de interpretar que volviera llamativo lo corriente, asombroso lo acostumbrado. Lo que uno se encuentra habitualmente debería de poder tener un efecto raro y mucho de lo que parecía natural debía ser reconocido como artificial. Porque si los sucesos que había que representar se volvían extraños, solo perderían una familiaridad que los sustraía al juicio fresco e ingenuo”. A partir de este extrañamiento, además, se pone en tela de juicio el concepto de verdad, esa verdad absoluta que el protagonista cree poseer como científico.

Hablábamos de la originalidad de la puesta, y esta se basa en la ruptura de la lógica de tiempo y espacio: el pasado convive con el presente, y los diferentes espacios se mezclan a través de objetos que no parecen relacionarse entre sí, pero que se resignifican transformándose en algo más de lo que aparentan. Como espectadores dudamos todo el tiempo de lo que vemos: ¿cuánto de lo que transcurre en el escenario es real y cuánto es una proyección del inconsciente del protagonista? La respuesta a esta pregunta es lo que se revela recién al final de Aguja y que se resume en estas palabras: “Por dentro el llanto se hacía presente, pero ninguna lágrima vio el sol aquella mañana. No quiero vivir más así, viéndolo de afuera. Quiero estar inmerso en lo que sucede, quiero nadar en las aguas de la vida”.

Mariano Botindari, Gero Gutiérrez, Lola Núñez y Mili Senders realizan muy buenas actuaciones, y se nota en ellos un gran trabajo corporal previo para que cada movimiento sea el perfecto correlato de un texto que crece en cada una de sus intervenciones.

Ficha artístico-técnica

Dramaturgia: Matías Santos; Intérpretes: Mariano Botindari (Hugo), Gero Gutiérrez (Hidalgo), Lola Núñez (Enrique) y Mili Senders (Olivia); Asistente de dirección:  Agustina De Los Santos; Producción: In Vitro Producciones; Asistente de producción: Sofía Lenti; Diseño y realización de música: Sergio Vainikoff; Diseño de iluminación: Marco Pastorino; Diseño y realización de vestuario: Sofía Ellinger; Diseño de escenografía: Catalina Sikorski; Realización de escenografía: Sergio Romero, Matías A. Santos y  Catalina Sikorski; Operador: Fernando Raíces; Diseño y realización de imágenes: Gabriela Ludueña y Jimena Rodríguez; Redes: Guido Boutet; Dirección: Matías Santos; Duración: 70 minutos

Funciones: Sábados, 20.15 h; Sala: Teatro Belisario, Av. Corrientes 1624 // Entrada: 250