Crítica de “Esa Mujer”, de Jia Zhangke

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El título original de Esa Mujer (2018), último filme del director chino Jia Zhengko, es Ash is Purest White. Algo así como La Ceniza es el blanco más puro. Título por demás poético y sugerente. Y si bien el título Esa Mujer alude a la omnipresencia de la protagonista en un derrotero que abarca más de 15 años por ciudades tan vastas como derruidas de la China de principios del siglo XXI, el color apagado, monocorde, desvaído y hasta difuso que colorea gran parte de la película alude, también, a un color que es el más puro para contar esta historia: no es el blanco luminoso y radiante que preanuncia una existencia feliz, sino el blanco desvaído, tenue, siempre a punto de difuminarse en promesas que no se cumplen, es decir el más puro que Zhangke se permite ofrecer: el blanco ceniza. Y un gran trabajo del fotógrafo Eric Gautier, huelga decirlo.

Jia Zhangke, ganador del León de Oro en el Festival de Venecia por Naturaleza Muerta (2006), entre otros tantos, obtuvo el Premio del Cine Asiático al Mejor Guión por Esa Mujer, el mismo galardón que ya había obtenido por Las Montañas deben Partir (2015). Un director que retrata la vida del gigante asiático —toda su obra lo hace— de una manera absolutamente opuesta, es decir, minimalista, sugerente —en esta película es más que evidente— en donde las grandes transformaciones sociales, comerciales y culturales están latentes pero no las hace visibles. De hecho, la historia comienza en el 2001, año en que China ingresa a la Comunidad Mundial de Comercio y Beijing se despliega al mundo con la organización de la Olimpiadas. Momento bisagra en que la irrupción de la música pop occidental —el tema Y.M.C.A. de Village People hace de ejemplo en un momento del film—, como su apropiación a través de temas bailables cantados ya directamente en chino —algo impensable décadas atrás— nos dicen mucho sobre esa transfiguración de un país siempre cerrado, misterioso e inabarcable.

Zhao Qiao (Zhao Tao) es la típica dama de compañía de Bin (Liao Fan), uno los tantos gángster que proliferan en los bajos fondos del hampa. Esta frase, por demás cliché, es lo que realmente busca el director, amante de historias en donde lo subterráneo de esta micro sociedad delictiva propicia mucho material para entender lo que ocurre en la superficie, en las grandes empresas y en los faraónicos emprendimientos de una China que deja sus tradiciones de lado en busca de una economía que compita con el mundo entero.

Y así como sucede en El Padrino (1972) de Coppola, en donde las traiciones, amenazas y atentados subvierten la calma de estas “familias” o grupos de “hermanos”, una banda más joven y con nuevas aspiraciones atentan contra Bin en una secuencia memorable. Luego de emboscarlo con un grupo de motociclistas, de sacarlo a la fuerza del auto en donde iba con su chofer y su novia y molerlo a golpes, Qiao no lo piensa dos veces. Sale del auto con un arma y luego de disparar dos veces al aire amenaza al grupo que luego se dispersa. Por este hecho casi insignificante —no lo es para Bin que salvó su vida gracias a este acto heroico de su novia— la vida de Qiao cambia radicalmente. La sentencian a 5 años de prisión por portar un arma ilegal. Luego de cumplida la condena, sale en busca de Bin, su viejo amor, que solo había sido sentenciado a unos pocos meses de prisión. No solo no lo encuentra, sino que se entera de que está en pareja con otra mujer.

Aquí es donde Qiao se convierte en Esa Mujer, así con mayúsculas, porque lejos de bajar los brazos y agachar la cabeza, adquiere un temperamento y un orgullo que no la abandona jamás. Sobrevive en un medio hostil y machista —no tiene trabajo ni personas a las que acudir— pero siempre buscando a Qiao. Necesita escuchar de su propia boca el por qué de su determinación. Y es así que se encuentran en la habitación de un hotel —otra de las escenas más logradas de la película por estética, por técnica a través de un largo plano secuencia y por su austera emotividad—  en donde ambos se despojan de sus corazas y muestran la fragilidad de sus sentimientos. Allí terminan, en la habitación de un hotel. Pero termina su amor, no su prescindencia. Ambos continuarán atados —como sucede en Cold War (2018) de Pawlikowski, aunque por diferentes motivos— a través de su historia y de la Historia.

Esa Mujer es una sentida historia de amor que va eclosionando de manera parsimoniosa y pausada. Como todo lo que sucede en un país tan vasto y de tradiciones milenarias, como si esa misma vastedad impidiera hacer las cosas de otra manera que no sea a través de la reflexión.

La actriz que protagoniza a Qiao —esposa del director— es de esas bellezas atemporales, de una gran plasticidad en sus cambiantes estados —frívola como mujer de compañía, devastada como presidiaria, altiva en la búsqueda de la verdad, orgullosa como dama de compañía de un Bin avejentado y postrado en una silla de ruedas luego de 15 años de encuentros y desencuentros, y con una manera de mostrar sus emociones que la convierten en una de las mejores actrices de estos últimos años.

Esa Mujer es, quizás, el bello epílogo de una secuencia fílmica de Zhangke, que muchos consideran como un todo por una temática que empezó con Naturaleza Muerta, y un film hecho a medida para Zhao Tao, quien se luce una vez más a través de un melodrama épico, bellamente conmovedor y filmado con los colores del pasado, colores que siempre se están alejando y desvaneciendo.