Crítica de Un rubio, de Marco Berger

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Desde Plan B (2009), Marco Berger construyó una filmografía en donde predominó el deseo entre varones. Deseo postergado, deseo contenido, deseo encendido pero siempre atenuado por encontrarse bajo la órbita de la heteronorma. De forma paralela, cierta crítica fue recurrente a la hora de señalar que cada película de Berger “es siempre la misma”.

Si bien es cierto que tanto en su ópera prima como en Ausente (2011), Hawaii (2013),  Fulboy (2014, editor), y Taekwondo (2016) el foco es el deseo entre hombres, resulta un reduccionismo aplicar esa sentencia. Más bien corresponde pensar cada nuevo opus como una variación; de conflicto y de tono, sobre todo. Lo que se mantiene es, por un lado, la puesta voyeur sobre el cuerpo masculino, y, por otro, la postergación en la consumación del deseo físico. En Un rubio (2019), Berger reduce esta postergación a la media hora de metraje. Lo que sigue es una pregunta nodal: ¿cómo sobrellevar ese deseo?

En su nuevo film, Juan (Alfonso Barón) le alquila una habitación a Gabriel (Gastón Ré), un compañero de la fábrica en donde trabajan. El contexto es el conurbano sur; trenes atestados de trabajadores, hombres que nunca han escuchado hablar de sororidad ni reflexionan sobre el género. “Minita”, “puto”, “torta” son lexemas que se confunden entre litros de cerveza –la bebida barrial por excelencia- y partidos (partiditos) que se ven en el living, en donde de tanto en tanto se cuela algún melodrama maniqueo.

Gabriel tiene una hija que vive lejos, con su abuela. Nunca perdió la mirada tierna y afectuosa sobre ella. Berger consigue que a partir de ese vínculo lateral (pero no por eso menos importante), el personaje se recorte del resto y comiencen a operar otras asociaciones afectivas en el relato. Gabriel también colecciona figuras de conejos y lee, se percibe mucho más sensible que el resto. Lleva consigo ideas que no vocifera; por algo lo apodaron “el mudo”. En una tarde, el deseo que se acrecienta a fuerza de roces y miradas con Juan se desata. Y ya nada será igual.

Un rubio tiene otra marca distintiva; incorpora como pocas veces en el cine de Berger a la figura de la mujer como una amenaza. Pero a no confundir con un planteo machista; todos –ellos y ellas- circulan bajo un régimen heteropatriarcal, en el que la subjetividad queda subsumida a una lógica tribal. Tanto en el cuerpo presente como en el cuerpo rememorado, la mujer dentro del film puede operar dentro de aquel régimen, recordándole  al varón la necesidad de no salir de la norma, de reincidir en la construcción de la familia tradicional. El final de la película se concentra en una mujer con un cuerpo “no deseable” para la consumación sexual, pero con el foco puesto en la amplitud, en la aceptación de lo diferente no como un desvío sino como la apertura hacia nuevos territorios de subjetividad, más plenos y menos constreñidos. En suma, más felices.