Crítica de Viaje al cuarto de una madre, de Celia Rico

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Cuando vi y pronuncié el título de dicha película pensé: ¿Qué encontramos en el cuarto de una madre?

En el cuarto de mi madre, por ejemplo, recuerdo cajas, cajitas, perfumes, joyas de fantasía, fotos, ropa y manualidades nuestras, de sus hijos, expresiones infantiles de nuestro amor por ella. También recuerdo espiar ese cuarto para reencontrarme con las cosas del ausente.

Viaje al cuarto de una madre es una película española, un pequeño relato intimista sobre la vida de una familia compuesta por madre e hija.  Estrella, la madre, encarnada por una soberbia Lola Dueñas, es una mujer de aproximados cincuenta años, abatida por una tristeza inconmensurable. Leonor, la hija, se encuentra con la imperiosa necesidad de buscar algo mejor lejos del pueblo. Entre las dos hay una relación fuerte y un teléfono que suena. Un teléfono que nos develará poco a poco ese dolor que parece reinar en el espacio.

En la monotonía compartida hay encuentros y desencuentros. Como todo vínculo donde prevalece un lazo de amor. Dos mujeres atravesando el devenir del tiempo y que comparten algunas liturgias que afianzan la cercanía. Como en la vida misma, un plot twist rompe esa atmósfera de silencio y detención. Leonor quiere estudiar inglés y dejar de lado el tedio de planchar y arrendar pantalones como lo hizo su madre. La fricción aparece ante la incomprensión de una madre que no parece estar preparada para, de alguna manera, aceptar el inevitable porvenir de su hija y lo que todo ello conlleva. Salir y proyectar otra forma de vivir. Otro abandono muy pronto, parece que piensa Estrella. La emancipación de Leonor es inminente. Con algunos tirones y llantos silentes la madre entiende que debe ceder. Leonor por su parte también empatiza con su madre y advierte su fragilidad emocional. Ambas se perciben y se entienden y se disfrutan cómplices, pero sus contextos las contrapone.

Una película de silencios y estados, diálogos concisos y miradas largas. Una atmósfera teñida de duelo y rebeldía. Cuando la soledad absoluta llega para Estrella, la fragilidad se expone con fiereza. Si bien asistimos a un drama, el relato tiene la capacidad de añadir algunas notas de humor que nos sacan más de una genuina sonrisa.

La distancia de la hija, quien parece ya haber resuelto su futuro en Inglaterra, desplanta en Estrella un nuevo cariz para resignificar su existencia. Empieza a llenar su vida con algunos estímulos que surgen en la interacción con terceros y en el nuevo giro de los engranajes a veces se encuentra torpe. Estrella transita la maquinaria del perder. Muerto su marido y lejos de su hija la angustia florece radiante, pero el dolor no es eterno. Un hombre que aparece fugaz la anima a hacer un vestuario para un concurso de baile. Alguien repara en sus habilidades y ella toma la sugerencia como un reto sano para escapar al menos por un rato de la soledad que la carcome. En el medio de los silencios parece existir en Estrella el pensarse amada de nuevo por un otro.

A pesar de la distancia, Estrella le envía a su hija periódicamente una caja con sustentos típicos de la región. El vínculo parece disiparse por la diferencia horaria, por una hija que parece haberse adaptado a la independencia y por la impertinencia de una madre que por momentos no entiende el mutismo y llama a altas horas de la madrugada. Sin embargo, el amor permanece impertérrito. Todo lo que sucede podría suceder entre una madre y un hijo. Nada extraño. La comunicación, aunque cortada, existe.

Hay un detalle significativo: Estrella decide confeccionar una camisa para su hija. Camisa que al momento de empacar observa y palpa y decide suya repentinamente.

Con este detalle Estrella mutará de estado. Se empieza a pensar a sí misma, no ya como la extensión de su hija, sino como una mujer independiente, con deseos y proyectos.

Llega su cumpleaños y la hija retorna sorpresivamente. El amor se evidencia en un hermoso abrazo. Estrella por primera vez en mucho tiempo, decide salir, ir al concurso de baile y quizás volver a cruzar mirada con el hombre que la volvió a conectar con algo que le gustaba y tenía soterrado. Ahora es Leonor quien está sola en casa y se pregunta ¿Qué encuentro en el cuarto de mi madre?

Leonor encuentra recuerdos. Fotos. Ropa. Y un bandoneón. El bandoneón de su padre. Suavemente lo abre. Contempla el fuelle y lo hace sonar.

El silencio en el relato se carga nuevamente de sentido. Y allí, en la repetición de una melodía, madre e hija se reencuentran transitando y duelando. Con nuevos tirones y aflojes comparten un imaginario. Una consciencia de semejanza.  Más allá de todo, allí siempre estuvieron ellas, la una para la otra.

Un relato sostenido por dos actrices brillantes que se complementan de forma instantánea. Planos cerrados reparando en los microgestos de los rostros. Escenarios domésticos pasados de moda y una decidida atmósfera de sigilo. El aire cortado por la ausencia.

La ópera prima de Celia Rico seduce y sumerge. No hay pretensiones ni palabrerío vacuo. Hay estados al servicio de registros emocionales.