Crítica de “Lo que fuimos”, de Elizabeth Chomko

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Hay una secuencia en Lo que fuimos (2018), opera prima de Elizabeth Chomko, que no solo sintetiza lo que produce el Mal de Alzheimer en el entorno —no comprendido por el que lo padece— sino en la misma persona cuando todavía mantiene algo de lucidez. Es una secuencia que logra transmitir ese estado que se encuentra entre lo que fue y lo que será. Una grieta por donde se cuela el último destello de luz antes de que se apague el recuerdo, la memoria, la añoranza.

“Creo que este fue el mejor momento para que ocurriera esto”, le dice Ruth (Blythe Danner) a su hija Bridget (Hilary Swank) en la cama. “Antes lo hubiese extrañado demasiado, después no lo hubiese registrado, este es el momento justo”. Sin ánimo de dar más pistas, estas son las palabras de la matrona de una familia de clase media de los Estados Unidos, que se da cuenta de que su memoria empieza a disolverse con el paso del tiempo; una familia  encarrilada en los preceptos conservadores y algo puritanos de la que tarde o temprano algunos de sus miembros se rebelan y logran apartarse.

Luego de que Bridget escapara de su casa una noche invernal para vagar por las nevadas calles de la ciudad, su marido Bert (Robert Forster) se desespera y llama a su hijo Nicky (Michael Shannon) quien a su vez llama a su hermana Bridget. El encuentro se produce en el hospital, en donde ya se encuentra Bridget sana y salva. A partir de aquí el planteo inevitable es qué hacer con ella. Como ocurre en estos casos, cada integrante de la familia enarbola sus propias ideas con las consiguientes discusiones, peleas y toma de posiciones que no hacen otra cosa que sacar a luz sus propios problemas personales. Cada uno de ellos logra desnudar sus falencias y temores en medio de una puja por saber quién tiene la razón, quién es el más apto para hacerse cargo de una situación que los desborda y los pone en el límite de sus propias convicciones.

Hilary, madre de Emma (Taissa Farmiga), una adolescente con quién no logra comunicarse y esposa resignada y sumisa de un marido tan correcto como aburrido al que soporta para no caer en las garras del divorcio, idea abominable y anti crsitiana, según su padre. Nicky, quien lleva una vida en pareja que no logra consolidarse y que regentea un bar como su única tabla de salvación y Bert, el amoroso y a la vez despótico marido de Bridget, que no solo no quiere saber nada con llevar a su esposa a un asilo geriátrico, sino que educó a sus hijos —Hilary y Nick— dentro de las normas conservadoras y ultracatólicas de las que se siente orgulloso.

Esta implosión sísmica —el Alzheimer— que resquebraja los cimientos de una familia que se mantiene unida por finos hilos siempre a punto de cortarse, recuerda un poco la estructura narrativa de esa otra gran película que es Agosto (2014) de John Wells, en donde la muerte de uno de los pilares familiares reunía a todos en la casa de la flamante viuda —una soberbia Meryl Streep— que saca a relucir todos las miserias de Julia Roberts, Juliette Lewis, Julianne Nicholson —sus hijas— y de todo el entorno familiar que se dieron cita para el funeral de su marido. Si bien el filme de Chomko no tiene la solidez y el espesor dramático del filme de Wells, sí logra un equilibrio preciso entre el drama y el humor; cáustico, negro si se quiere, pero eficiente. Sin caer en golpes bajos o en el manejo lacrimógeno de la situación, el filme transcurre de forma fluida y predecible, sin que esto último signifique que no sea una gran película, con una historia ya frecuentada muchas veces —una de las últimas fue Siempre Alice (2014) de Richard Glatzer y Wash Westmoreland, en donde el Alzheimer hacía estragos la mente de la Dra. Alice Howland (Julianne Moore), quién, ironías del destino mediante, era profesora de lingüística— pero que lo hace de manera armoniosa y sentida.

Y aún dentro de casi todos los lugares comunes que trae aparejado una historia de familias disfuncionales que se enfrentan con sus propios demonios a raíz de un conflicto interno, Chomko —también guionista— se permite al final una vuelta de tuerca que deja asombrados a todos los espectadores. Una especie de sacudida antes de la resolución final, la que todos esperan que suceda. Por todo esto y por las interpretaciones magistrales de cada uno de los personajes —se destaca sobremanera Hilary Swank, ganadora de dos Oscar y dos Globos de Oro y un Premio del Sindicato de Actores— Lo que fuimos es una gran obra. Medida, sutil, intimista, sobria en cuanto a las emociones, a excepción de los tres momentos en que tanto Bridget, Nicky y Bert, en diferentes momentos del film, se quiebran creando una emoción genuina y profunda. En tiempos de grandes superproducciones, de multimillonarios presupuestos y de monumentales efectos especiales, la primera película de Chomko es una buena forma de mirar hacia nosotros mismos, a nuestro entorno y, por ende, a nuestra propia esencia como ser humano.