Crítica de “El Emperador de París”, de Jean-Francois Richet

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París, principios del siglo XIX, a pocos años de sucedida la Revolución Francesa que destituyó al rey Luis XVI y llevó a la guillotina a miles de franceses, entre ellos al mismo Robespierre, líder de la Revolución. En el poder: Napoleón Bonaparte. En los palacios: una lucha sorda y descarnada de poderes y traiciones políticas. En los suburbios: bandas delictivas que buscaban favores económicos entre la burguesía para sus propios intereses, crímenes, conspiraciones llevado a cabo en un entramado tan grande y oscuro como los propios laberintos de París.

Dentro de ese submundo de miseria, robos y asesinatos a sangre fría, aparece Eugene-Francois Vidocq, el rey de la escapatoria. Así lo conocen en ese universo de presos, corruptos y la misma policía que, una y otra vez lo apresan para que pasado un tiempo, vuelva a escapar. Un antihéroe que fue creciendo en el imaginario francés al punto de ser tenido en cuenta por la pluma de Víctor Hugo, Alejandro Dumas y Honoré de Balzac. Un personaje cuasi romántico que algunos lo ponen como antecedente de Fantomas, un folletín escrito por Marcel Allan y Pierre Souvestre en 1911 y que tuvo mucho éxito entre los lectores franceses. Incluso está considerado como referente ineludible del Auguste Dupin de Edgar A. Poe. Es que la vida de Vidocq es de novela, y a eso apuntó el director Richet, a recrear sus peripecias en ese contexto de tanta efervescencia sociopolítica que le tocó en suerte.

La película El Emperador de París (2018) comienza con la llegada de Vidocq a una de las tantas prisiones —de la que luego se escapa con uno de los prisioneros—, y continúa con su vida como comerciante de telas, su romance con una de las tantas prostitutas que proliferaban en las callejuelas de París, su pacto con la policía para atrapar a criminales —que él tan bien conoce— para lograr así su perdón y amnistía, y su enfrentamiento con un nuevo “Emperador”, pero del mundo del crimen.

Vidocq está interpretado magistralmente por Vincent Cassel —César al mejor actor en 2009 y Caballero de La Orden Nacional del Mérito— que ya vimos en infinidad de películas de época —Juana de Arco (1999) de Luc Besson, El Monje (2011) de Dominik Moll—,  así como en El Cisne Negro (2010) de Darren Aronofski y la saga Ocean´s de Steven Soderberg. Por su parte, el multipremiado director Richet, viene de filmar Mesrine, parte 2 (2008), por la que obtuvo el Premio César al Mejor Director y Sangre de mi sangre (2018). Un director que tuvo en sus manos un presupuesto de 22 millones de euros y que lo supo aprovechar muy bien. La película es una recreación magistral del París de principios de siglo XIX, con sus mercados públicos, sus callejones y catacumbas, su Arco del Triunfo en plena construcción y su extraordinario vestuario. En esta puntilloso preciosismo histórico se parece mucho a dos películas de Guy Ritchie: Sherlock Holmes (2009) y Sherlock Holmes, juego de sombras (2011) en que la que vimos con asombro cómo la ciudad de Londres empezaba su etapa de urbanización con grandes construcciones en proceso, como el emblemático Puente de las Torres. Gran parte de este mérito lo tiene sin dudas la fotografía de Manuel Dacosse, que supo interpretar a la perfección las vistas impresionantes de la ciudad como así también los poco iluminados de las catacumbas y callejuelas del París de aquel entonces.

El Emperador de París es un gran policial con la crudeza nada soterrada de lo que pudo haber sido la vida en aquella etapa histórica. Por un lado, la majestuosidad  de los palacios con los integrantes de una casta que luego también iba a ser derrocada; por el otro, la pobreza que trae aparejado el hacinamiento de miles de personas con su falta de derechos y la escasez de oportunidades.

Si bien Vidocq no fue un político y ni siquiera fue tenido en cuenta por la propia policía que lo cooptó para sus propios intereses, logró acabar con buena parte de los criminales que deambulaban robando y matando a mansalva, y el artífice en la creación de lo que luego se llamaría Brigade de Sureté (Brigada de Seguridad) junto a la primera Agencia Privada de Detectives —de ahí el interés de Poe por su influencia en la criminología y también de Conan Doyle para su Sherlock Holmes. Un personaje contradictorio, con luces y sombras —como el propio París— y con un legado que, como fue Juana de Arco en su momento, divide las aguas entre considerarlo un ángel o un demonio.

Hay situaciones dramáticas, verosímiles luchas de sable y armas de fuego, algunos momentos divertidos y un gran elenco actoral, destacándose, además de Cassel, a Fabrice Lucchini como Joseph Fouché; August Diehel como el nuevo emperador y Freya Mavor como la amante de Vidocq. Eso sin olvidar una excelente banda sonora que, en algunos casos como cuando vemos a varios cuerpos listos para ser enterrados, logra conmover. En definitiva, un gran fresco de una parte histórica de Francia que fue un quiebre para sí y para el mundo occidental, llevada a cabo con impecable solvencia y dedicación.