Crítica de Astrogauchos, de Matías Szulanski

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Astrogauchos es una película de época con aires parisinos, los años sesentas significaron para la Argentina el arribo de estéticas foráneas, entre ellas la francesa. Se nos endilgó así una cultura impropia y fuimos nombrados incluso como los parisinos de sud america. Un chiste de alta costura prét-á-porter. Ropa de etiqueta y el glamour de los cigarros finos. La película se presenta como una comedia en donde el héroe tropieza con un grupete de desbocados inexpertos y corruptos señores que habitan la orbe política. Todo es una gran incompetencia. Emilio, el protagonista (un soberbio Ezequiel Tronconi) es un científico que tiene bajo su brazo un proyecto para posicionar a la Argentina a la vanguardia en materia aeroespacial. La llegada a la luna es aún una proyección de las dos grandes potencias.

Como un relato contrafáctico, Argentina se vislumbra capacitada para clavar la bandera en la luna. Capacitada pero no. Casi como la realidad que nos acompaña y acontece perpetuamente. Un país que a veces sabe conferir ideas progresistas y que pocas veces logra progresar.
Emilio ingresa al juego político, su afán para desarrollar su idea lo lleva a habitar un espacio absurdo. Un ministerio de la desidia, de la pérdida de tiempo. El proyecto es aprobado y él es designado a ocupar un cargo estatal para supervisar la construcción del cohete. El crédito, eso sí, se lo lleva un primo lejano de Onganía. Nada más y nada menos.
Los personajes cargan un tono extraño. Incongruentes, exaltados y otras veces vaciados de emoción. Las situaciones irracionales abundan en ese ministerio, desde empleados que juegan al pinpong con mamelucos, hasta una veintena de secretarias que fuman empedernidamente sin hacer nada.
El poder como objeto de corrupciones y corruptelas.
Emilio parece ser el único digno en ese enchastre, aunque sus formas lucen inadecuadas y por momentos hasta pareciese que no sabe si quiera caminar. Es caprichoso y obsecuente y si bien reacciona y contesta tajante ante los delirios de terceros, parece que encuentra cierto regocijo en ser engañado. En definitiva, su condición de penante lo acompaña todo el tiempo, hasta el final.
La cámara se articula en numerosos travellings ópticos y algunos paneos. El montaje juega con superposiciones y fundidos.
Una película que de alguna manera rinde homenaje a esa herencia cultural y que asumiendo la forma de sátira busca reírse de ella. De la fachada chabacana. Ya sabemos que si raspamos un poquito, lo que parecía oro en realidad no lo es.
Algunos decires y juegos remiten a Rejtman. Los escenarios y situaciones absurdas disparan a Jacques Tatí.
Una comedia atiborrada de referencias estéticas, quizás excedida a conciencia.
A secas, una nouvelle vague a la argentina.
El problema puede que sea que Astrogauchos, más allá de sus juegos, sus escenarios, sus ropas y su pop, no logra generar tantas risas como las que uno como espectador espera de una comedia. El tono actoral no se consolida (a excepción de Tronconi) y algunas escenas resultan un tanto forzadas, sin embargo, lo destacable es el riesgo que asume Szulanski al atreverse a un género que en nuestro país vive maltratado por superproducciones que siguen apostando por un humor vetusto y maloliente.
Aquí tenemos una película pequeña, estéticamente correcta y con un destacable protagonista. También encontramos algunas pinceladas narrativas interesantes. Algunos detalles históricos bien empleados. La fórmula no siempre encuentra su lugar.
Claramente hacer una película no es fácil. Ardua tarea. Escribir sobre una es una tarea más accesible.