Crítica de “Un Amor Imposible”, de Catherine Corsini

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Un Amor Imposible (2018) es uno de esos casos en que tanto el título como el afiche de promoción son engañosos. Y no es un caso de mala traducción, porque el título original —Un Amour Impossible— es tal como se conoce en el resto del mundo. Digo engañoso porque uno imagina una película anodina, plena de los clichés propios del género romántico y con una pareja —tal como se la ve en las fotos de publicidad— rumbo a un final feliz luego de desandar tropiezos y desencuentros que solo estarían para hacer un poco más interesante la trama. Nada más alejado de esto, porque el film de Catherine Corsini es una obra potente, devastadora en algunos momentos e inmensamente dramática en otros. Un film de mujeres; de sufridas mujeres —a pesar de que el otro protagonista principal sea un hombre — aunque en este caso Philippe solo actúa como catalizador de las diferentes situaciones que ponen en jaque a estas mujeres que, lejos de bajar los brazos, enfrentan lo que les tocó vivir con absoluta entereza y dignidad. Mujeres fuertes dentro de su propia debilidad, maltratadas física y psicológicamente, abusadas sexual y mentalmente, manipuladas y humilladas, disminuidas y avergonzadas. “Un enorme proyecto de rechazo”, dice en un momento Chantal, una de las víctimas de este entramado perverso que se mantuvo durante varias décadas en el tiempo en clara alusión a lo que representó la vida de Rachel, su madre.

Corren los años ´50. Rachel (Virginie Efira) y Philippe (Niels Schneider) se conocen en la hora del almuerzo, una hora que comparten, con otros tantos compañeros de trabajo, en un restaurante de los alrededores. A partir de entonces, comienzan un idilio que desemboca en un noviazgo pasional. Rachel es sencilla y dulce; Philippe, por el contrario, es ambicioso tanto en el aspecto económico como intelectual. De todos modos, la relación avanza. ¿Por amor? ¿Por pasión? ¿Por deseos, del lado de ella, de formar una familia? ¿Por deseos, del lado de él, de mostrarse superior y refinado? Estas cuestiones nunca aclaradas, van quedando ocultas. Lo que sí está claro es que Philippe no desea casarse ni quiere compromisos de ningún tipo, ni siquiera cuando Rachel queda embarazada de Chantal. Esto, en plena década del ´50 era por demás extraño y una gran falta a los deberes de un buen padre de familia. Es más, lejos de interesarse en su futura hija, Philippe se muda, por cuestiones de trabajo, a otra ciudad, a otro país. A partir de entonces, Rachel se convierte en una suerte de Penélope. Su vida  discurre en eternas esperas mechadas con algunas esporádicas comunicaciones telefónicas o, con más frecuencia, con algunas escasas cartas. Chantal crece. Los años pasan. Philippe aparece cada tanto. Rachel se alegra cuando eso sucede; una alegría que dura un suspiro y que se desvanece como pompas de jabón. Hasta que Chantal se hace adolescente y su padre quiere hacerse cargo de ella porque ve la misma avidez de conocimiento que él mantiene intacta. Le enseña cosas, la lleva a museos, pasa con ella los fines de semana. Rachel lo deja hacer, siente que hay una especie de familia en ese tejido hecho con retazos. Y así como a veces lo oscuro y siniestro no es registrado por las personas más cercanas, nosotros como espectadores presentimos que algo no anda bien. Rachel no se da cuenta; nosotros sí.

En este punto la directora francesa suelta señales tan sutiles que hay que prestar atención para darse cuenta lo que está sucediendo. Un excelente manejo del clima, de las situaciones entre madre e hija que se van enrareciendo de manera alarmante; una atmósfera que deja de ser diáfana y cómplice como la que tenían para mutar, de manera subterránea y devastadora, a otra más incierta. Un amor imposible se convierte, pasada la primera mitad de la película, en algo ominoso y perturbador.

Narrada en off por la propia Chantal, la historia de Rachel y Philippe —sus padres— se va convirtiendo para sí misma en una búsqueda del origen de su estado actual; una disección de una familia que nunca lo fue como tal, pero que se mantuvo unida durante décadas; una aproximación de la conducta, tanto de su madre como de su padre, para aligerar o tratar de entender su pesada presunción de culpa. En definitiva, todas las personas abusadas se sienten culpables, aunque, por cierto, esto no es más que el producto de la manipulación a la que son sometidas.

Catherine Corsini viene de filmar dos películas premiadas: Trois Mondes (2012) —Premio Pristina del Festival de Cine Internacional para Mejor Película— y La Belle Saison (2015) —Premio Variedad Piazza Grande en el Festival Internacional de Cine de Locarno, Suiza—, además de haber sido nominada para La Palma de Oro a Mejor Película en el Festival de Cannes por La Répétition (2001). Más allá de estos galardones y de una carrera cinematográfica importante, vemos en esta última película una atención esmerada y precisa. Cada gesto, cada mohín, cada mirada fugaz cobran, en esa interacción tan natural y espontánea de los protagonistas, un matiz deslumbrante. Si bien el trabajo de la actriz belga Virginie Efira es sencillamente insuperable, las diferentes personificaciones de Chantal —de niña (Ambre Hasaj), de adolescente (Estelle Lescure) y de adulta (Jehnny Bet) — acompañan con exactitud tanto a su madre —que va envejeciendo— como a su padre; un siempre a la defensiva e hiperactivo Niels Schneider.

El vestuario y la fotografía acompañan el paso del tiempo. No solo a través de las diferentes modas que van mudando sus protagonistas, sino en el color de la fotografía; de un levemente saturado de los años ´50 y ´60 al ligeramente oscuro de los ´90 y el nuevo milenio.

Un amor imposible es mucho más que una película “de amor”; es una compleja travesía a través del tiempo y los diferentes estados de ánimo; el que va de la inocencia a la pasión sin límites, de la desesperación a la resignación, de la superación al franco abatimiento. Y por sobre todo, de la relación de una madre y una hija que luchan por sobrevivir llevando a cuestas tantos demonios internos, así como tantas ilusiones perdidas.