Crítica de Dolor y Gloria, de Pedro Almodóvar

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Luego de haber integrado la Selección Oficial de Cannes (en donde Antonio Banderas se alzó con el premio al Mejor Actor), se estrenó el último opus de Pedro Almodóvar, Dolor y gloria (2019), considerada -con toda justicia- como una de sus mejores películas.

La primera imagen de Dolor y gloria nos presenta a Salvador Mallo (Banderas) sentado y sumergido en una piscina. La quietud -veremos con el correr del metraje- lo acompaña aún fuera del agua. Aquejado por múltiples dolores, Mallo ha visto su carrera como cineasta agotarse, quedarse anclada en los títulos que lo convirtieron en un artista valioso. Hasta que un día el pasado golpea su puerta: la Cinemateca lo busca para rendirle un homenaje, a partir de la exhibición de Sabor, una de sus primeras películas. Dubitativo al comienzo, finalmente decide presentarse luego de la proyección para dar un coloquio, pero para eso debe reencontrarse con Alberto Crespo (Asier Etxeandia), el actor que protagonizó aquel film. El detalle –no menor, por cierto- es que con él las cosas terminaron muy mal. “Desavenencias artísticas” que los alejaron e hicieron que no se volvieran a dirigir palabra. Treinta años atrás.

Dolor y gloria se conecta temáticamente con La ley del deseo (1987) y La mala educación (2004), dos películas que también hacían foco en el derrotero de un cineasta. Las tres tienen como epicentro el deseo (nombre de la productora de los hermanos Almodóvar y Esther García) en sus múltiples estadios: desde la infancia (con el descubrimiento del placer merced a la contemplación del otro), la adultez joven y el acercamiento de la vejez, en donde -a partir de los recuerdos y del tránsito por el arte- el placer  perdido puede ser recuperado. Desde este punto de vista, tal vez Dolor y gloria sea la película más proustiana del director de Todo sobre mi madre (1999). Con esta última también guarda puntos de conexión, vinculados al tiempo en el que el personaje protagónico formó su personalidad y sus afinidades afectivas, en una niñez austera que lo encontró rodeado de mujeres. La presencia de la madre (compuesta aquí por Penélope Cruz) retorna también en la adultez, en uno de los flashbacks más justificados en términos dramáticos de toda su carrera.

Almodóvar encuentra en esta película (que tiene mucho de sinfonía, porque cada elemento resulta significativo y entabla un vínculo sensorial con el entorno) un equilibrio notable. Por un lado, recupera su pasión por el melodrama sin dejar de sellar su estilo en cada fotograma (están, claros, esos acordes tan almodovarianos y la predilección por los colores primarios), pero por otra parte se contiene en pos de no correrse de la subjetividad de su criatura. Banderas está estupendamente bien; preciso, sobrio cuando debe estarlo y más álgido cuando el dolor o el placer tocan su cuerpo. Pero sería injusto no decir que está estupendamente bien dirigido. Con esa economía (gestual, pero también de puesta), la película entrega secuencias conmovedoras, como por ejemplo la inicial (de gesta lorquiana), en donde un grupo de mujeres cantan mientras lavan la ropa en la orilla del río; o el momento del reencuentro de Mallo con un ex amante interpretado por Leonardo Sbaraglia, una muestra de cómo puede haber erotismo a flor de piel sin necesidad de exponer cuerpos al desnudo.

Dolor y gloria resulta, finalmente, un film hecho de reminiscencias, de segundas oportunidades, pero también de “autoficciones” (como se dice en determinado momento) que ligan inevitablemente a Mallo con su creador, Almodóvar, un realizador que también supo vivir y explotar la “movida” y coquetear con el infierno de los excesos. Es también un relato sobre cómo instalarse –pese a todo- en la cordura, aún cuando debajo haya un volcán a punto de estallar. Como dice el personaje de Banderas a su otrora enemigo, “no es mejor actor el que llora, sino el que logra contener las lágrimas”; una máxima que bien podría graficar la esencia de esta delicada y sentida película.