Reseña de “Perro muerto”, de Martín Tufró

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El cazador ha perdido un perro; “con lo difícil que es conseguir un perro”, nos dicen los personajes. El llegado y la llegada (no sabemos sus nombres) son los primeros que vemos en el escenario, tras escuchar en la oscuridad, los ladridos de un perro. Al parecer hubo una pelea canina y uno de los animales debió morir. Es que los perros abundan en gran parte de los territorios rurales, pero este lugar es distinto: aquí solo llegan los que se animan a vivir en soledad. No sabemos mucho acerca de dónde transcurre la acción y esto contribuye a crear el clima de misterio que envuelve al argumento, como también a pensar que esta historia no apuesta al realismo sino más bien a la exploración psicológica de los personajes y a poner de relieve la dimensión mítica del relato, que nos abre a varias interpretaciones.

La historia que presenciamos está llena de elipsis y recupera elementos del teatro absurdo. Ella y él nos dicen todo con sus miradas, con palabras que se repiten u ojos que esquivan. La pareja llega a este lugar intrigante, que parecería ser un campo o un bosque, con la intención de cultivar girasol, col y zanahorias. El cazador prefiere comer conejos y chanchos.

La violencia por la propiedad es el tema que subyace a esta trama mínima, en la cual el perro nunca es visto y adquiere una potencia simbólica. Como bien lo señala Cynthia Edul Perro muerto narra la violencia que implica ocupar un territorio.

La trama puede relacionarse con Terrenal de Mauricio Kartún (la libre elaboración del relato bíblico), donde Caín es propietario capitalista y Abel un nómade que vende isocas en la banquina. El tema de la propiedad privada es el centro de las dos obras y cómo conseguirla, imponiéndose ante otro de la manera más salvaje, será lo que selle esta historia con brutalidad.

Diego Starosta y Sofía Humala componen una pareja donde se dice poco y se intuye demasiado. Con el cuerpo lo expresan todo; sus movimientos condensan el miedo a perder el pequeño lugar que han conseguido, el perro y los cultivos. Pablo Rinaldi como el lugareño y Julio Molina como el cazador también utilizan el cuerpo como la herramienta que permite comunicar lo esencial mediante gestos. El cazador parece un perro por momentos; su presencia y la del lugareño nos hacen sentir lo inminente de una desgracia que sucederá aunque no sabemos cómo.

Están todas las piezas allí, de a poco se irá armando el rompecabezas. En un escenario despojado, el poder de las pocas palabras que se repiten suena fuerte en el oído del espectador. Las escenas tienen lo indispensable, ni más ni menos. Martín Tufró con esta obra que dirige y escribe, nos intranquiliza, nos hace pensar, nos hiere un poco para que salgamos de la sala con cierta incomodidad que no viene de otra cosa más que da la indagación de la naturaleza humana. Un elogiable trabajo de todos hace de esta pieza un hallazgo en nuestra cartelera, para debatir y habilitar las preguntas luego de ver la obra.

Ficha artístico-técnica

Autoría: Martín Tufró; Actúan: Sofía Humala, Julio Molina, Pablo Rinaldi, Diego Starosta; Vestuario: Martina Nosetto; Escenografía: Martina Nosetto; Iluminación: Matías Sendón; Redes Sociales: Nahomi Martínez; Comunicación: Nahomi Martínez; Asesoramiento De Movimiento: Mirella Carbone; Asistencia de dirección: Violeta Pugliese; Producción ejecutiva: Leandro Rosenbaum; Dirección: Martín Tufró

El portón de Sánchez

Sánchez de Bustamante 1034

Sábados 17.30 h