Crítica de La escuela contra el margen, de Diego Carabelli y Lisandro González Ursi

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Otra grieta más. Como en el reciente documental De acá y acullá de Hernán Kohurian, las cámaras se meten en una escuela.
En este caso, de Villa Lugano. Para mostrar al espectador, ese de izquierdas o progre que va a la calle Corrientes del Centro Cultural de la Cooperación, cómo son las cosas. Más allá de la guerra de pobres contra los que no lo son. Sino descubriendo a nuestros ojos (los ojos de ese espectador), cómo es vivir de un lado u otro de la frontera, al sur de la Ciudad, en límite con el Conurbano. Cuando un vecino de Cildáñez les grita desde el auto “asesinos” a los padres de un alumno, el espectador (como nosotros) abre los ojos y para las orejas. En una escuela secundaria , la docente se enfrenta con esa realidad de agresión, desinterés, discriminación hacia el distinto como los bolivianos o los paraguayos, rencor por las muertes en el parque Indoamericano. Heridas difíciles de cerrar. Y la docente comienza a despertar el interés, las ganas de participar, las ganas de decir.  orrijo, la necesidad de decir, tan olvidada y dada en esos chicos como perdida. Un año de trabajo se registra en el documental. Día a día, clase a clase.
El objetivo puede ser presentar un trabajo grupal en Chapadmalal, junto a otros colegios. Tal vez hubiéramos deseado que no hubiera sido así, el factor movilizador, pero es así como funcionó para motivar a un grupo de chicas y en menor medida chicos, a hacer una presentación, con mapa invertido incluido, a sorprenderse (La verdad, Chapadmalal me sorprendió, dice uno de los más rebeldes) , a tomar conciencia y manifestarse. La docente llorará cuando le hagan una cartulina llena de firmas. Los compañeros verán en ese mapa, el trabajo en equipo (y dato no menor: la concreción del mismo) que los visibiliza. El silencio toma el lugar de la falta de respeto inicial hacia la docente. El documental, en el esquema tradicional de mostrar un proceso de punta a punta, se suma a las páginas -hoy que las de papel casi no existen-que contribuyen a narrar una antropología social de nuestro ser. Una de esas que cumplen con el propósito de que ese espectador de la Calle Corrientes, abra los ojos a una realidad más de nuestra compleja y muchas veces dolorosa identidad actual.