João Gilberto: Mejor que el silencio, solo João

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¿Puede un disco cambiar la cultura de un país, de una región, del mundo? Tal vez para las generaciones más jóvenes eso parezca imposible, inviable. Pero hubo discos que revelaban una revolución, entre giros y giros del vinilo.

Lugar especial tiene “Chega de saudade” (1959) de João Gilberto, que provocó un movimiento sísmico en la cultura popular de Brasil. Un disco que anunciaba una nueva etapa, el fin de una era e inicio de algo nuevo. El futuro llegando. Ese fue el primer disco del género Bossa Nova que luego vendrían a engrosar su discoteca Tom Jobim, Vinicius de Moraes, Carlos Lyra, Gal Costa, Maria Bethania, Ronaldo Bôscoli, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Chico Buarque y un largo etcétera.

Transformó la canción brasileña, acompañado de Tom Jobim e Vinicius de Moraes. Aunque fue la forma de tocar o violão y la voz de João Gilberto las que marcaron a fuego esa revolución. Si Elvis Presley transformó a los Estados Unidos con su aparatosa forma de bailar, cantar y tocar, João Gilberto hizo lo mismo, y con más tesón, en Brasil: su ritmo; su indiscutible riqueza melódica; el canto suave al estilo Chet Baker, claro, justo y necesario. Lo que João Gilberto hizo con su batida de guitarra es equiparable al invento de la rueda o al descubrimiento del fuego.

Para Caetano Veloso João Gilberto no es sólo el artista más importante: su arte es mejor que el propio silencio. En su batida de guitarra resumió toda una escola de samba brasileña. João liberó, en un solo gesto, a la nueva generación de músicos de cantar con el vozarrón alto y gritón que caracterizaba a los grandes intérpretes de la época (Orlando Silva, Ângela Maria, Nelson Gonçalves y otros). Para hacer bailar al país carioca, João sólo precisó susurrar, sentado con una guitarra y un micrófono.

 

Personaje exquisito

Es habitual verlo a Chico Buarque por las playas de Ipanema, avistar a Caetano Veloso por las calles de Salvador de Bahía, a Gilberto Gil en los carnavales, y así. Con JG eso no pasa. Es una misión imposible cruzar miradas con João Gilberto.

En torno a su figura hay varios mitos y rumores. Dicen que practicaba con su guitarra en el baño; que cuando grabó su famoso disco blanco, en Nueva York, pidió que se reprodujera la acústica de aquel baño de Diamantina (Minas Gerais) donde él tocaba casi enajenado, como si fuera un mantra.

En internet hay un video de un noticiero carioca que en el marco del cumpleaños número 80 del músico, la producción manda a la hoguera a un notero (en YouTube como “Onde esta João Gilberto no dia do seu aniversario?”). El periodista interroga a los vecinos de João, a los taxistas de la zona, va al restaurant al que suele ir a cenar. Y nada. Del bahiano sin noticias, nadie lo vio, nadie sabe nada de él. Un capítulo aparte de ese vídeo es la breve entrevista que le hacen al cadete de supermercado del cual João es cliente. El cadete cuenta que entró con el pedido de la compra a la cocina del músico, saludó bom dia, boa tarde, dejó las bolsas en la mesada y JG le contestó bom dia, boa tarde. Fin.

Otra anécdota que pinta de pies a cabeza la fama excéntrica de JG es la frase de otro gran músico, Tim Maia, que dijo que “João Gilberto es un genio. Lástima que no es una persona. Es un teléfono”.

 

El padre de la bossa

La Bossa Nova existe por João, en João. Gracias a sus manos la música brasileña se expandió por el mundo. A lo largo de cinco décadas de carrera alcanzó, por momentos, la perfección. Entre sus discos más destacables están “Getz/Gilberto”“João Gilberto”“Amoroso”, “O Amor, o Sorriso e a Flor”, que confirmaron al nacido en Juazeiro (Estado de Bahía) como al artista más influyente de Brasil y, también, como un nombre fundamental en el samba y el jazz.

Además de influenciar naturalmente a los artistas de su propio país, João afectó a músicos de todas las latitudes. David Bowie, Frank SinatraElla FitzgeraldMiles DavisMadonna, Eric Clapton, Bob Dylan, y la lista es larga. Incluso, los filósofos Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, cayeron ante sus encantos. Clapton dijo que “João es Dios”.

La música brasileña es poderosísima. Seguramente su sincretismo y su mistura tengan algo que ver con ello. Existe una idea de que si el mundo fuera un país, ese sería Brasil, a lo que se podría agregar que si la música del mundo fuera una, esa podría ser la brasileña y podría serlo porque asimila, no excluye ningún elemento de fuera. Y esos procesos siempre son más ricos y complejos. En eso que se conoce como música brasileña, JG es el pilar central.

Es imposible entender la cultura brasileña sin bucear en su música, en la canción popular. Y en esas profundidades es imposible no ver el corte que el monje bahiano indujo. Una revolución con términos contradictorios: suave y delicada, al mismo tiempo que fuerte y profunda.

El 10 de junio, este patrimonio histórico de la humanidad, cumplirá 88 años.