Duchamp y Pollock en la esquina de tu casa

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Ya nadie sabe qué cornos es el Arte y mucho menos qué es el Arte Contemporáneo. Pero lo bueno de todo esto, es que no es necesario saber de Arte para poder disfrutarlo. Tal vez el Arte sea sólo esa actitud de asombro frente a lo conocido y de experiencia frente a lo novedoso. O bien sean sólo esas ganas de experimentar la sorpresa, de saborear una cucharada de impacto estético. No sabemos (me escondo en el plural para ocultar mi propia e individual ignorancia) y por ahí ni queremos saber y por eso se arma tanto embrollo intelectual.

La ruptura de los límites, la mixtura de géneros, el innecesario sofisma de la justificación, el cambio de sentido, el objeto ready-made, la serendipty artística, el azar y la necesidad combatiendo palmo a palmo, así parece que es la cosa, así parece que lo concebimos hoy día, así parece que más vale disfrutarlo que pensarlo. Ya no son “objetos buenos para pensar”, sino “objetos buenos para sentir”. Y ojo, porque hay que tener ojo, que este hedonismo estético no nos lleve a una irracionalidad, ya que de allí, no se vuelve. A tenerlo en cuenta.

El otro día caminando por la calle Independencia, en el barrio porteño de Monserrat, algo llamó la atención al rabillo de mi ojo. Unos instantes después reaccioné y tuve que detenerme y apuntar la mirada directamente al/los objeto/s en cuestión. Simplemente no lo podía creer. Seguramente muchos pensarán que estoy exagerando y que toda esta perorata es para crear una suerte de clima de suspenso, que estoy haciendo abuso de la tiranía de quien escribe. Admitamos que algo de ello puede haber, pero en cualquier caso, lo que vi, me dejó de una pieza.

Bueno tanta intriga, tanta intriga y ya todos vieron la foto que ilustra este malogrado texto y leyeron el título. Como creador de suspenso soy un buen spoiler. En fin, ¿no es sorprendente que en una casa que vende sanitarios, los hayan decorado con un claro estilo action painting?. La fuente y el ritmo del otoño. No se puede ser más escatológico y a la vez, sublime. Como la descripción que hace Joyce en el Ulises, de su paso por el trono, donde un solo papel cumple las dos funciones. El Arte Contemporáneo de tan cercano, como la confianza, da asco. Ese asquito de lo cotidiano, de lo familiar y a la vez de lo extraño; lo habitual convertido en exótico y lo exótico en habitual, un clásico de la antropología del siglo XX (en el XXI ya andamos en otras cosas jijij).

¿Es acaso un guiño de los dueños de la casa de sanitarios a todos los fanáticos del Arte o es una pura casualidad?. En cualquiera de los dos casos, el objetivo se cumple y uno puede llevarse a su casa un inodoro pintado a la manera del expresionismo abstracto; o colocar el artefacto en el medio del living, y convertir esa sala en una galería de arte. Incluso usted puede hacer alarde de cierto vanguardismo e invitar a los comensales que se acerquen hasta su casa, a emular la película de Buñuel “El fantasma de la libertad”, al grito de “llevemos el Arte a la vida cotidiana”. No sé si su reunión será un éxito, pero seguro va a dar que hablar. Al fin y al cabo estos tiempos se rigen por la máxima que el Obispo de Berkeley acuñara entre los siglos XVII y XVIII: “Esse est percipi” (ser es ser percibido).

Para agregar dramatismo a la situación, si uno avanza por la avenida Independencia, pero para en sentido contrario, hacia el poniente, se encuentra, pasando la avenida Boedo, un lavadero de autos que se llama Mondrian. Sí, Mondrian, y que por supuesto, tiene en su logo, unos rectángulos coloridos al estilo del pintor holandés. Ah y por si faltaran redundancias, aclaran que el lavado es ARTEsanal (bueno, las mayúsculas son mías). La verdad, si tuviera auto, lo llevaría a ese lavadero. Puestos a elegir, siempre es mejor ir a lugares donde se realiza alguna expresión artística, sea por casualidad o causalidad. Aunque más no sea como una señal publicitaria o aún un argumento de venta. A Warhol seguro, le gusta eso.