Crítica de “Una nena muy blanca”, de Mariana Komiseroff

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Cuatro años pasaron desde la primera novela de Mariana Komiseroff, De este lado del charco, que contiene algunos de los temas y de los rasgos de estilo que reaparecen en Una nena muy blanca. Más que hablar de similaridades entre ambos textos, prefiero señalar la existencia de una voz propia, aquella que buscan todos los escritores y las escritoras, y que Mariana encuentra en una prosa despojada, en la que no sobra ni falta nada.

A partir del epígrafe de María Galindo, la novela asocia lo familiar con lo clandestino. Lo que está oculto, censurado, pesa, molesta, irrumpe cada tanto hasta que necesariamente estalla. En este caso, hay una madre que vive con sus dos hijas, Ely y Jésica, pero también se habla de una hermana que ya no está, Verónica, y de un padre muerto. No es casual que en este microcosmos femenino que es la casa, las mujeres deban pelear solas contra un destino diario de miseria, marginación, dolor y abandono. Simbólicamente, la casa es el centro del universo, pero además representa lo femenino en el sentido de refugio, madre, protección o seno materno. Asimismo, se relaciona con el ser interior, y cada una de sus partes se conecta con distintos estados o con distintos sentimientos de quienes en ella habitan. Lo que esta casa tiene de refugio, en tanto lugar donde protegerse del afuera, también lo tiene de peligro como espacio cerrado que esconde secretos. Es también un espacio donde no existe la privacidad: “Porque en esta casa, intimidad, ni en el baño (…). Así que me meto en el cuarto de al lado del pasillo, el que era de Verónica y que ahora se usa para guardar porquerías”. Desde que arranca la historia, la presencia/ausencia de esa hermana mayor se relaciona con lo oculto y lo secreto, y su habitación –sucia, desordenada, llena de porquerías– se transforma en una metonimia de todo lo que rodea a esta familia.

En la novela, la casa es lo que quedó del padre, alguien que conocemos a través de referencias sueltas que describen a uno de los tantos “machos” que circulan por la vida de estas mujeres. Están el Rodrigo, el exnovio de Jésica, una mezcla de chamuyero de barrio con estudiante del CBC; el jefe que aprovecha su situación de poder; el médico que mira “con la seguridad del que nunca va a estar sentado de nuestro lado del escritorio”, y tantos otros que ejercen su condición de hombres que agarran lo que necesitan sin preguntar demasiado. Es que ser mujer no es fácil nunca porque “aunque todo salga bien, la vida es una mierda, y nada va a cambiar”. Sin embargo, en medio de todo este desamparo, hay algunas relaciones que se salvan, como la de Ely y Jésica, unidas por su deseo de llegar a la verdad, que no es más que la pregunta acerca de la propia identidad.

Hablaba al comienzo de la prosa despojada, un sello de Mariana Komiseroff. Ella es capaz de narrar las situaciones más terribles con una economía de recursos que impacta más que si se regodeara en detalles escabrosos. Sorprende cómo define a los personajes con dos o tres pinceladas, y cómo da cuenta de lo siniestro y lo abyecto a partir de oraciones cortas, de diálogos concisos o de descripciones donde el decir y el mostrar consiguen un equilibrio perfecto. No voy a spoilear nada de la novela, pero en cada página se pueden encontrar ejemplos de lo que digo: “Rodrigo me secó el pecho con la funda de la almohada para que la línea que iba a armar entre mis tetas no se humedeciera con la transpiración. Se la tomó toda de un saque, una inspiración precisa y después esa mirada alucinada y hermosa que sólo le dura un segundo. El amor dura lo que duro duro, me decía, porque no le importaba irse en seco”.

Una nena muy blanca consagra a Mariana Komiseroff como una de las voces más originales y potentes de su generación”, dice Claudia Piñeiro. Como lectores, desde las primeras líneas, descubrimos esa potencia y nos involucramos en una historia que va creciendo en crudeza y que, a modo de una tragedia griega, se mueve hacia esa revelación final que estalla como la bomba de tiempo de la que hablaba María Galindo. Lo que queda después del estallido es la reconstrucción, con lo que se tiene y con lo que se puede.

Una nena muy blanca, Mariana Komiseroff, Emecé, 2019, 160 págs.