#Biennale2019: El nombre de un país, de Mariana Tellería

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Hay algo que no pudimos ver en la obra de Mariana Telleria, seleccionada para representar a Argentina en la Bienal de Venecia, que comenzó hace menos de 10 días.

Tal vez algo de su explicita ambición, o su desproporción, o la oscuridad en la que la obra está inmersa. La alineación abstracta de formas gigantescas que apenas recuperan rasgos de lo figurativo con sus fragmentos de piezas reconocibles que se van acumulando, a su vez, en altura. Una instalación recorrible que rechaza el recorrido y se niega a sí misma, tanto como a su barroquismo.

No tiene que ver con lo comprensible este algo que se nos escapa, sabemos bien que el arte no debe ser comprensible. Quizás por lo que retacea su visibilidad que bien puede leerse como luminosidad, aquella que la hace atractiva para construir un posible universo.

Se habla de un desfile de monstruos que se ordenan en torres verticales con focos de luz teatrales que, al contrario, apenas podemos verle las costuras. Se vislumbran partes de autos, ruedas, grandes telas, marcos de cuadros (o son ventanas?) Debemos decir que es una constante en esta Bienal los montajes a oscuras o en semi-penumbra y la poca previsión de seguridad para el espectador: el espectacular pabellón de Filipinas (el más peligroso de todos por sus plataformas en alto sin baranda ni señalización), el excelente pabellón de Rusia.

El espacio argentino es una sala de casi 50 metros de largo por 10 u 11 de ancho y unos 5 y medio de alto. El nombre de un pais, accede a a esta Bienal por concurso abierto, primera vez que sucede con el envío a Venecia (recordemos que en la edición anterior la obra de Claudia Fontes se selecciona a traves de un concurso cerrado), y lo hace además a través de un jurado de notables. Su título estrecha los significados, aquellos que la propia artista se niega a entregar.

El nombre de un país bien le habría caído a a aquel Problema del caballo de Claudia Fontes, representante argentina de la Bienal anterior, obra que también elegía la monumentalidad y que,  al contrario de la de Tellería, apelaba a lo hiperreal aunque mostrando la plenitud del símbolo y hasta la fragilidad del significado.

Aunque sé que es difícil generalizar, ¿no será tal vez que al arte argentino se le dificulta identificarse con obras de gran tamaño? Otra constante de esta Bienal: la monumentalidad, el fuera de la escala humana casi acorde con muchas de las iglesias que hay que atravesar para llegar al Arsenale. Quizás también sea el arte argentino un arte al que todavía le falta mucha práctica para pensar estos espacios gigantescos.

Preguntas que se irán contestando, pero que está bien hacérselas. Este pabellón argentino 2019 nos deja muchas preguntas pero también la certeza de una necesidad: la de seguir debatiendo proyectos y ampliando concursos, ajustando aún más los protocolos para la selección, la de buscar entre los jóvenes y las nuevas propuestas, para que haya un arte argentino que realmente nos guste a todos.

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