Crítica de “Leto”, de Kirill Serebrennikov

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Leningrado, principio de los ´80. Con estos subtítulos comienza esta maravillosa película de Kirill Serebrennikov, un lugar y una época para contextualizar lo que durante dos horas este director ruso tratará de evocar: la historia de una revolución musical acaecida en un país que nos parece tan ajeno y alejado del rock que nunca lo tenemos en cuenta, un error que esta película se encarga de subsanar. Un movimiento artístico y cultural que siempre estuvo dominado —aún lo sigue estando—por los grandes centros de habla inglesa, más precisamente Inglaterra y los Estados Unidos; “el enemigo”, según se despacha uno de los pasajeros del tren que aparece en una de las escenas más memorables de la película.

No deja de ser curioso que Serebrennikov —Ragin (2004), Jugando a la víctima (2006), Día de Yuri (2008), Traición (2012) y El alumno (2016), entro otros filmes — haya dirigido una película que habla de los cambios libertarios que empezaron a soplar en la Rusia de la Perestroika y la Glasnot de Mikail Gorvachov a mediados de los años ´80, estando bajo arresto domiciliario desde el 2017. Si bien su causa no era por cuestiones ideológicas sino por una supuesta malversación de fondos de la Academia Gogol que preside, este director multipremiado con el Golden Mask Award por Mejor Dirección y Nominado a la Palma de Oro en Cannes y al León de Oro en Venecia,  hoy en día y desestimadas las acusaciones, ya se encuentra libre, aunque sin poder abandonar la capital rusa.

Así y todo, Leto (2018) —verano en ruso— y sea como sea que la haya filmado con semejantes restricciones, es una deliciosa y melancólica película que nos retrotrae a la nouvelle vague de los años ´50, y lo hace por muchas referencias a saber: está filmada en un blanco y negro que si bien no es el exquisito y artísticamente inmaculado de un Pawel Pawlikowski, es funcional a la historia; retrata a un grupo de jóvenes ansiosos de la libertad, la búsqueda personal y espiritual que les brinda el arte; entre los dos personajes principales aparece una bella y fotogénica Natasha (Irina Starshenbaum), que nos recuerda a una de las musas inspiradoras de Jean Luc Godard como lo fue Anna Karina, tanto en su parecido físico como en su estética; la utilización de planos secuencia —el mejor ejemplo es esa especie de videoclip que transcurre dentro del vagón de un tren, mientras suena el tema Psycho Killer del grupo Talking Heads, que los cineastas franceses habían empezado a utilizar en su momento y la frescura y una cuidada improvisación en las escenas más logradas, como las que supuestamente nunca ocurrieron, como reza un cartel que aparece luego de cada secuencia. La del tren es una, la del ómnibus —aquí la música es de Iggy Pop y su fantástico tema The Passenger— es otra y una de las actuaciones en vivo de Zoopark que se descontrola dentro de un teatro, es la tercera.

Pero esto no es todo. Leto puede ser una película que atraviesa varias estéticas narrativas como el videoclip, la utilización de color en las partes en donde se “documentan” las grabaciones de la banda y un acercamiento al más puro género musical, pero también es una biografía sobre la vida de unos de los músicos más icónicos de la Rusia de los ´80: Víctor Tsoi, personificado por Teo Yoo, un músico amante de Talking Heads, Led Zeppelin, T-Rex, Iggy Pop, Velvet Underground, The Doors y demás bandas británicas, que conoce a Mike Naumenko (Roma Zver) que lidera el grupo Zoopark. A partir de este encuentro comienzan a interactuar y a compartir su música, sus estilos y algunas actuaciones en vivo, todo esto en medio de la efervescencia del punk de Sex Pistols y el desembarco de la música disco de David Bowie.  En el medio, la bella Natasha —esposa de Mike—, aparece como un punto de unión entre estos dos creativos que no dejan de ver a la música de rock como un escape hacia la libertad con las consabidas restricciones y censuras de un régimen que recién se estaba abriendo al mundo occidental.

Hay claros homenajes y guiños que el más avezado melómano no puede dejar de advertir como la pose de Mike, Víctor y Natasha como si fuera la portada de un disco de Blondie, Víctor y Natasha besándose como en el disco Double Fantasy de John y Yoko; caminando como Los Beatles en Abbey Road, de espaldas como en el disco My Generation de The Who o Mike y Víctor dándose la mano como en Whish You Were Here de Pink Floyd.

Por todo esto, y mucho más, Leto no deja de ser un filme sorprendente, con una banda musical increíble, una fotografía de un “desaliñado” blanco y negro; rayas, dibujos y carteles en esas especies de actos musicales que son una maravilla por su espontaneidad y frescura, con una historia de amor sutil —muy parecida a Melody de Waris Hussein en cuanto a su ingenuidad— que nunca desemboca en melodrama alguno y por ofrecer dos horas de genuina sorpresa y auténtica alegría; la que provoca la música y, claro, la buena dirección de una historia entrañable con personajes de la contracultura rusa de los ´80 —en pleno período de Leonid Brézhnev y monitoreados por la KGB y el Partido Comunista —  inolvidables. Mientras tanto, no estaría nada mal apostar a un Perfect Day, uno de los momentos emotivos de Leto que tiene a Lou Reed como protagonista musical.