Crítica de Badur Hogar, de Rodrigo Moscoso

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BADUR HOGAR, la segunda película de Rodrigo Moscoso (luego de una larga pausa de ocho años tras su ópera prima Modelo 73) es una comedia romántica de embrollos. Y una película federal, un relato descentralizado que se sitúa al norte de nuestro país, Salta. Hemos visto hartas veces el retrato de la idiosincrasia salteña, sobre todo el de familias acomodadas. El escenario siempre muestra terratenientes y empleadas con cofia. La diferencia social en medio de idílicos paisajes. Aquí también veremos un poco de eso, desde el tamiz melan-cómico.

En dicho film, Juan Badur (Javier Flores) hijo cuarentón y heredero de un ex emporio electrodoméstico, vive su cotidiano en el confort más impasible. Aún convive con sus padres. Su destino incierto le permite algunos estímulos caprichosos. Es su labor de limpia piscinas junto con su gracioso humilde amigo y empedernido metalero lo que lo cruzará con un ex compañero del colegio al que le fue mejor en creces. Allí se origina una mentira, la mentira azul francia. La mentira del progreso. Sin embargo, quien realmente quebrará el stato quo en la vida de Juan será Luciana (Bárbara Lombardo) una joven porteña de carácter aguerrido que elige Salta para escapar de su anterior vida. Casi compartiendo igual condición que su flechazo, también se sumará al juego de fingir apariencias frente al tercero indeseado, poniendo en práctica una especie de ejercicio teatral desenfadado e inocente con el único fin de recrear un otro lúdico. En ese transcurrir, el amor nace genuino y se legitima en el cristalizado comercio heredado. Un espacio anquilosado en el tiempo. Decorado alegórico de lo viejo frente a lo nuevo. Lugar que pide refundarse tanto como Juan Badur.

¿Cuál es el precio que se paga por la bondad de lo que se adquiere? El amor le señala a Badur afrontar la realidad y deshacerse de la inmadurez que lo silencia de sus temores, para así darle rienda a lo que se presenta como inédito.

Badur lo sabe, aunque niega su responsabilidad. Lo que empezó siendo un juego consensuado de micro ficciones, es ahora un impedimento para construir un porvenir.

Una vez disipado el ruido, habrá un re-comienzo tanto para él como para ella. Un destino que se sugiere compartido.

El director propone un elenco variopinto con fuerte presencia local, entre ellos Nicolás Obregón, como el secundario entrañable y Cástulo Guerra, actor salteño que desembarcó tiempo atrás en Hollywood, realizando papeles en películas de corte mainstream como Terminator y Los sospechosos de siempre. Bárbara Lombardo, la coprotagonista, como la foránea porteña que exhibe otro sonido de la misma lengua.

La dupla protagonista derrama buena química y conduce los malos entendidos en medio del folclore local. Una comedia universal con tintes dramáticos y tonada salteña, pequeña y precisa, sin pretensiones innecesarias y con un personaje femenino que lejos de ornamentar, conjuga y acciona, escapando así de la configuración tradicional sobre los roles femeninos en los relatos románticos.