Entrevista a Marcelo Caruso, “La vida secreta de Jesús”

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Marcelo Caruso nació en Buenos Aires en 1958. Cursó estudios de Letras e Historia de las Artes. En 1988 recibió el primer premio del Concurso Hispanoamericano de Cuento de Puebla, México, y el primer premio ex aequo de cuento en la Bienal de Arte Joven de la Municipalidad de Buenos Aires. Ha publicado Un pez en la inmensa noche (cuentos, 1988) y Brüll, primera novela con la que obtuvo el premio de novela Fortabat y fue finalista del premio Planeta Biblioteca del Sur en 1995. Obtuvo también el primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires en la categoría novela en 1996. Sus cuentos han sido publicados en México y en España. Actualmente tiene dos novelas inéditas, El Verdugo y Los años Perdidos, un libro de cuentos titulado “La Llanura”.

Lo descubrí esa noche: los libros no llegan a su lector porque hayan ganado premios o los suplementos literarios les dediquen benévolas críticas a doble página durante algunos meses. Y dije a su lector y no a sus lectores porque pienso que cada libro está destinado a encontrar su lector ideal. Y todo lector ideal busca sus cómplices. Algún día voy a escribir largamente sobre lo que pienso al respecto. Ahora quisiera referirme a esa noche y no porque tuviera algo en especial en sí misma: no éramos otra cosa que un grupo de jóvenes aprendiendo a escribir y conscientes de que, por mucho que lo deseáramos, nos encontrábamos lejos de convertirnos en una generación dorada. Con los años aprendimos otras cosas también, no existe tal generación sino individualidades que pertenecen a ella. Como no teníamos dinero para inscribirnos en un talleres literarios, decidimos crear el nuestro, de modo que nos leíamos y corregíamos mutuamente; mal sin duda, pero al menos teníamos una condición: para poder participar de la reunión había que llevar un hallazgo, un libro que hubiese resultado revelador por algún motivo. Y esto último había que argumentarlo lo suficiente para resultar sino persuasivo al menos convincente. La muestra del tesoro estaba destina al final de la noche. El libro en cuestión debía ser apoyado en el centro de la mesa y el portavoz, después de una mínima introducción donde repasaba en las circunstancias azarosas que lo habían llevado al descubrimiento, debía confesar los motivos de su elección. Uno de esos libros fue Brüll, del escritor Marcelo Caruso. Aquella noche quedé tan impactado con los comentarios sobre el libro que, al otro día, me las arreglé para conseguir el dinero suficiente como para comprarlo. Ya no recuerdo cuántas veces releí esa maravillosa novela; pero sí sé perfectamente lo que me motivaba hasta el día de hoy: aprender a escribir así, adueñarme de una prosa que resultara poética desde lo más profundo, como emergiendo del río. Y generar una trama perfecta que mantuviera tenso al lector hasta la última página. Brüll, el artista, como El último verano de Klingsor, de Hermann Hesse, me deslumbró. Hasta que no conocí al genial artista san pedrino Fernando García Curten, no pude resolver el misterio. Brüll es una de las grandes novelas de la literatura argentina contemporánea. Hace algún tiempo, por intermedio de amigos en común, me puse en contacto con Marcelo Caruso. Luego de contarle lo que su libro había significado para mí y toda aquella anécdota de las jóvenes reuniones literarias, le pregunté si estaba escribiendo. Me habló de sus libros inéditos y en especial de una que trata sobre un período bastante enigmático sobre la vida de Jesús. Me atreví a preguntarle si podía leerla. Unos días más tarde me la envío por correo electrónico. Voy a decirlo sin eufemismos: que Los años perdidos aún permanezca inédita me parece un despropósito. Ojalá que los lectores sientan lo mismo una vez que lean la entrevista que tan cordialmente Marcelo Caruso accedió a darme.

Tu última novela trata sobre Jesús. ¿Por qué el título Los años perdidos?

Así se denomina al período que abarca desde los doce años hasta los treinta de Jesús, cuando reaparece en los escritos cristianos, ya enteramente volcado a desarrollar su ministerio. Se conocen relatos de su nacimiento y su infancia. Algunos episodios están en los cuatro evangelios que conocemos como canónicos, y otros (que tomé para el libro, como ciertos pasajes del evangelio de Tomás), de los evangelios apócrifos. Pero entre estos doce años y los treinta hay un hiato, no se sabe absolutamente nada de su vida, lo que dio pie a teorías más o menos fundadas, como que fue esenio, o que siguió a Juan el Bautista; y también a algunas quizá estrafalarias: que lo mandaron a la India, a Cachemira, donde se nutrió de filosofía brahmánica.

Personajes asaltados por visiones, patriarcas nómades, criminales del desierto, pescadores fanatizados, mujeres repudiadas y mujeres pecadoras, niños delincuentes, buscadores de tumbas de profetas, una judía trans y apóstata, santos mutilados, personajes que duplican y hasta triplican a Jesús y se autoproclaman como el Ungido, hombres consagrados a leyes divinas insondables… Un mosaico abigarrado y complejo.

Es una descripción bastante acertada de lo que pudo ser la sociedad de la Palestina del siglo primero. A tu enumeración hay que sumarle las espadas romanas, los saduceos, los macabeos, los fariseos, todas esas facciones tremendamente conflictivas y extremas, y la sed de milagros producida por la crueldad de ese mundo. Cómo no creer en los milagros si el más evidente debía ser el de estar vivo. No hay que olvidar que cuarenta años después de la muerte de Jesús se da la destrucción del templo, y una masacre a escala gigantesca.

¿Qué te impulsó a tratar un personaje como el de Jesús, teniendo en cuenta lo mucho que se ha dicho y escrito acerca de él?

Por un lado, es innegable que la figura de Jesús contiene en sí misma una riqueza, una complejidad, una coincidencia de opuestos y contradicciones que la hacen universal, incluso en el plano religioso, tanto para su afirmación como para su negación. Puede pensarse su vida como “la construcción Jesús”, algo que se viene urdiendo hace dos mil años. Y que pasó por gran variedad de estados. Pero una respuesta posible es que me intrigaba la idea de destino en él, no como hijo de Dios, sino como hombre, el joven de carne y hueso que no nació sabiendo quién era o quién debía ser. Un palestino pobre, habitante de una tierra oprimida violentamente, que oscila entre lo que quiere ser y lo que le dicen que debe ser, y peor todavía, lo que le aseguran que está destinado a ser.

¿Los padres de tu Jesús son los autores de ese mandato?

Es sobre todo María. José está omnipresente desde su ausencia. Todos nos debatimos entre lo que creemos que somos, lo que creen que somos y lo que algunos pretenden que seamos. No creo que haya ser humano en el mundo que logre evitar estos conflictos. En el caso de Jesús, una situación de esta naturaleza se planteaba tan extrema que me llevó a imaginar una historia posible para él. Pero confieso que comenzó más como un juego privado que como un propósito explícito. Si lo hubiera pensado y planificado de antemano, creo que me había acobardado.

Si todo libro es un diálogo con otros libros, ¿cómo fue tu experiencia, teniendo en cuenta novelas como las de Saramago, Kazantzakis o Mailer?

A diferencia de esas grandes novelas, mi trabajo hace pie, mucho más modestamente, en la duda de Jesús. La duda como método de comprensión y de vida. En un pasaje en el que es instruido dentro de un monasterio, a diferencia de lo que asegura el sumo sacerdote, Jesús comprende que la certeza es la madre de la falsedad, la que niega y rechaza, la que permite errar con liviandad y ser cruel con argumento. La duda, en cambio, detiene los puñales, frena los látigos y calla los insultos. En la novela esto salpica todos los órdenes de la vida de Jesús. También el teológico. En Saramago, en cambio, hay un Dios y un Diablo presentes, pero todo termina siendo ficción, marcado con la palabra “Pessoa”, algo que en cierto modo decepciona después de haber recorrido tantas páginas junto al protagonista (a los protagonistas, porque gran parte del libro, para mí la mejor, se la lleva José), y termina cargando las tintas más en lo que creía el autor que en lo que era exigencia del propio texto. O quizá haya sido mi lectura, la de alguien que necesita siempre creer en lo que lee. Parece infantil, o por lo menos débil, el argumento de Dios de concebir y martirizar a su único hijo para que dos mil años después dejara de ser un minúsculo dios del medio oriente y se entronizara como un Dios ecuménico. Sobre todo para alguien que afirma que es todo ficción. Me parece tan débil el argumento de la no existencia de Dios como su contrario. En Kazantzakis, en cambio, Jesús está escindido entre su vida de hombre y la de hijo de Dios. Pero cree desde el vamos, y termina acatando la ley paterna. Vence la tentación.

Otra diferencia es que tu novela está escrita en primera persona.

Si, y creo que, además del personaje, es lo único que la acerca a la novela de Mailer, porque también está narrada por el propio Jesús. Pero el Jesús de Mailer es trascendente, habla desde el trono del cielo, una vez que todo sucedió, y relativiza pasajes de los evangelios, diciendo que Marcos o Juan exageraron algunas cosas, etc. Los evangelios ya han sido escritos. En cambio, mi novela comienza cuando Jesús tiene veinticinco años y termina cuando decide asumir su papel, no por motivos religiosos sino de otra índole. Entre estas puntas no hay nada escrito y, a través de la narración, creo que el lector bien puede sospechar que todo lo dicho posteriormente sobre él es en efecto, no palabra revelada, sino construcción humana.

Pero tu personaje parece condenado, más bien, a aceptar su papel.

Creo que también podría haberse negado, porque sacando el discurso de su madre y cierta voz enigmática que lo taladra continuamente, no hay en el personaje nada que lo vincule directamente con el Padre de Los Cielos; no lo ve, no lo escucha, no lo presiente ni intuye; Dios es un misterio para él, como para nosotros; sin embargo el periplo, todo ese viaje de iniciación vital, la gente que conoció y que ve en él algo perturbadoramente singular, la gente que amó, los relatos que escuchó, el sufrimiento que vio, el martirio de carne y espíritu, lo llevan a un estado de profunda piedad por lo humano, que va mucho más allá de lo que después se construirá sobre su figura.

Sin embargo algunas cosas externas a él se dan de modo tal que parecieran dirigidas por una mano superior.

Claro, es que esas correspondencias secretas son enigmáticas, se entrelazan de modos que nos negamos a considerar arbitrarios o caprichosos, pero no podemos afirmar o negar la existencia divina, ni la existencia de un “plan” a partir de ellas porque no son otra cosa que la complejísima trama de lo que llamamos “realidad”.

Hay un personaje, el anciano de extraño perfil, hacia el final del libro que, sin haber aparecido antes, parece conocer la trama.

Bueno, todos pueden sospechar acerca de quién sea, incluido el propio Jesús. El viejo dice sugestivamente en un momento: “He venido a ver cómo se muere la vida mientras yo sigo viviendo”. Pero otra vez, lo único indudable para Jesús es el mar de seres sufrientes ante él, la humanidad profundamente sumergida en pozos de amargura. Y es a partir de esta única certeza, que tiene una verdadera revelación.