Crítica de “Tolkien” de Dome Karukoski

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Pensar en J.R.R. Tolkien es pensar en un mundo de leyendas; de guerreros, de castillos y de batallas épicas; de hobbits, elfos y princesas; de anillos, dragones y seres maléficos. Pensar en Tolkien es pensar en bosques encantados, magos y hechizos, en definitiva en un universo creado en la era moderna pero que bebió del folclore anglosajón y escandinavo de épocas antiguas. Porque si bien Tolkien incorporó una lengua nueva en su monumental trilogía de “El Señor de los Anillos”, toda la imaginería que se encuentra plasmada en ella —con “El Hobbit” como primer acercamiento a la Tierra Media, y “El Silmarillion” como una especie de Enciclopedia de ese mundo de fantasía— ya estuvo delineada en las sagas nórdicas, en las mitologías celtas, finesas y griegas, en simbolismos de la religión católica y en toda la fauna fantástica que acompaña a la humanidad desde que los relatos orales comenzaron a dispersarse de generación en generación.

El dato curioso en la película Tolkien (2019) de Dome Karukoski es que el foco de atención no está puesto en toda esa maravillosa explosión de creatividad de un escritor que comenzó a escribir “El Hobbit” como un mero libro de aventuras para sus hijos y desde allí a su posterior obra magna, sino en todo lo precedente, es decir, en la antesala a una obra literaria que fue considerada en 1997 —según una encuesta de la librería Waterstone y el Canal de Televisión Channel 4 de Gran Bretaña— el mejor libro del Siglo XX.

Karukoski, a pesar de no ser tan conocido en nuestro país, es un popular director finés que ganó importantes premios en Europa y que ya lleva realizado varias películas con diferentes galardones y reconocimientos. La belleza y el bastardo (2005), La casa de las mariposas oscuras (2008), Fruta prohibida (2009), Odisea de Laponia (2011) y Corazón de León (2013) son algunas de ellas. Un director que filma con superlativa prolijidad, con tomas que si bien no asombran, son las correctas y esperables, y con un gran sentido de la narración pura, sin grandes sobresaltos y sin las ambiciones de ser parte de esa cofradía de realizadores que mueven millones de dólares en superproducciones.

Parte de eso es mérito de los guionistas David Gleeson y Stephen Beresford que, basándose en el libro “La vida de J.R.R. Tolkien” de Humphrey Carpenter, nos presenta la niñez y la adolescencia de Tolkien, interpretado por Nicholas Hoult; su paso por la Universidad, su grupo de amigos —a quienes se consideraban así mismos una comunidad fraternal—, su primer amor con Edith Brett (Lily Collins), el alistamiento para ir a lo que luego se llamó la Primera Guerra Mundial, su vuelta e interés por la filología y las lenguas antiguas y su posterior vida académica y familiar.

Toda esta serie de acontecimientos —principalmente las penurias y horrores que padeció en el campo de batalla— fueron el caldo de cultivo para crear una de las obras más increíbles e importantes de la lengua inglesa. A esto apunta el film de Karukoski, a tratar de comprender cuál fue el magma creativo que hizo erupción en la mente de un académico que según el imaginario colectivo, vemos siempre sentado detrás de un mullido sillón en una biblioteca atiborrada de libros y fumando su pipa. Podemos decir entonces, que la vida de Tolkien estuvo signada por las masacres en las trincheras de una contienda que está considerada como una de las más cruentas de la civilización humana en la era moderna. Entonces, por deducción, es fácil trasladar esas columnas de humo con formas de demonios, esos vapores de gas mostaza con caballeros oscuros y la caída de miles de soldados por la guadaña de la muerte a esa obra épica que es “El Señor de los Anillos”, una obra que, a pesar de estar teñida con los colores de la guerra, tiene un mensaje esperanzador y luminoso.

Tolkien no será un film para la posteridad, pero sí ayuda a querer volver al libro o, por qué no, a las maravillosas películas de Peter Jackson, porque más allá de ser una biografía de uno de los autores más respetados del mundo literario, es también una película para los que conocen su obra, de lo contrario no podría apreciarse gran parte de su contenido.