Crítica de “Lo que trae la niebla”, Marcelo Rubio

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Un periodista con miedo a perder su trabajo termina en un pueblo perdido al sur de la Provincia de Buenos Aires buscando entrevistar a un exboxeador. Con este punto de partida, Marcelo Rubio logra una muy buena novela que combina suspenso y humor, en medio de una narración que limita también con lo fantástico y lo policial.

Se cumplen cuarenta años de la pelea entre Muhammad Ali y Ruiz, y el director del diario encarga a Oscar Raimondi que obtenga declaraciones exclusivas del argentino. Ahí comienza un viaje hacia Laguna Profunda –un lugar aislado y sin señal de teléfono–, y como en todo viaje, el trayecto recorrido no solo es real, sino también simbólico: un camino hacia uno mismo. El protagonista llega a este “pueblo de ausencias”, según lo define el conserje del hotel, un lugar habitado por personajes que resignifican sus fracasos personales a través de una espera que les da sentido a sus vidas.

La gran ausencia del pueblo es el agua que se retiró hace cuarenta años, los mismos años que transcurrieron desde la gran pelea. Si la leemos como un símbolo, el agua es fuente de vida, fuerza vital fecundante, y su ausencia, por el contrario, implica la muerte: Laguna Profunda es un pueblo muerto que solo sobrevive por la espera de aquello que los lectores iremos descubriendo a medida que armemos el rompecabezas con las piezas que nos ofrecen los distintos personajes. No es casual que Raimondi llegue a este pueblo, un hombre cuyos “contactos con la fe siempre resultaron paupérrimos”, alguien que no tiene demasiada iniciativa al comienzo, pero que irá creciendo y que torcerá el rumbo de su propia vida.

En ese lugar donde “nunca se sabe lo que trae la niebla”, habitan seres extraños como el comisario Aluminé, también remisero y escritor de haikus en la superficie de los fósforos. Es, además, un filósofo que, por ejemplo, resume toda una poética de la escritura en sus afirmaciones: “Yo creo que el arte debe ser así, breve, efímero. Los libros, escritos en barras de jabón o en tabletas de barro, para leerse solo una vez. El arte siempre es mejor cuando uno lo recuerda, porque la mente selecciona lo que la conmovió. Releer es descubrir desencantos”.

También están Doña Julieta, la curandera, a la que hay que pagarle sus servicios con conejos; dos parroquianos “encerrados” en un bar siempre vacío; una prostituta que cultiva bonsáis; dos cazadores borrachos; un nostálgico campeón de pesca: todos, además, grandes contadores de historias. Contar es una de las actividades preferidas de los personajes, y nunca terminamos de saber si esas historias son verdaderas, aunque es lo menos importante porque, como dice el pescador: “Nos inventamos historias porque es la única forma de forjar nuevos sueños. A un tipo se le puede prohibir todo, le aseguro, todo. Desde no ser feliz, no ser libre; le pueden desordenar la mente, pero no le pueden quitar los sueños”.

Los relatos se van desplegando en diálogos que acentúan la atmósfera fantástica. En este sentido, son absolutamente poéticas las diferentes versiones que intentan explicar el porqué de la ausencia del agua y que hablan de la llegada de un barco a esa laguna vacía. Es que la escritura de Marcelo Rubio tiene un dejo de poesía, pero también traduce una clara influencia de Osvaldo Soriano. Imposible no descubrir algo de los cuentos de este gran autor o de alguna de sus novelas, como es el caso de Cuarteles de invierno. El estilo despojado, el humor, la nostalgia que todo lo invade y la presencia de una filosofía de lo cotidiano son características que unen a estos dos escritores.

“Cuando perdemos el rumbo, lo único que nos ata a la tierra es lo cotidiano, esa abulia de la que tratamos de huir hasta que se nos vuelve indispensable. (…) Es necesario atarse a una esperanza, para sobrevivir, para apostar por otro mañana”, dice el comisario. Leer o escribir son una de las tantas maneras de sobrevivir: Marcelo Rubio lo sabe, y los lectores se lo agradecemos.

Lo que trae la niebla, Marcelo Rubio, Indómita Luz, 2018, 66 págs.

Marcelo Rubio es licenciado en Comunicación social. Es el autor de Fútbol sin tiempo, Nueve relatos atravesados en la garganta, Bajo el signo de Eva y Cuentos de La Strada. También es el conductor del programa radial Kriminal Mambo, en AM530.