Entrevista a Carlos Polo, autor colombiano y promotor cultural

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Carlos Polo nació en Barraquilla, Colombia y se define a si mismo como contador de historias. Acaba de publicar la novela Es de noche cuando los gatos son pardos, un policial sobre una serie de femicidios que suceden en una ciudad del caribe colombiano. Allí, un joven periodista investiga los hechos y se encuentra que desde el propio periódico para el que trabaja –presionado por el poder político– le impiden enhebrar los asesinatos en un conjunto y hasta censuran sus publicaciones. 

La novela avanza con la noche como una protagonista más, ya que es en ese territorio donde además de los crímenes horrendos, el velo de la oscuridad permite que afloren las miserias humanas y eso es caldo de cultivo para mostrar el lado b de una sociedad desigual e injusta.

La potencia del relato de Polo estriba en la contemporaneidad del tema de los femicidios y de una pluma equipada con un espectro de colores muy abarcativo, capaz de iluminar y sombrear con variedad de matices a los distintos personajes que completan la trama: los investigadores oficiales, los familiares de las víctimas, toda la fauna que conforma la redacción de un periódico y hasta el antológico informante barrial que le sirve de fuente de primicias al protagonista.

La música de fondo acompaña en cada situación a la escritura y no son pocos los pasajes donde se infiere más por su presencia –letras de composiciones intercaladas entre el texto–  que por la descripción de los escenarios o la psicología de los personajes.

En este diálogo con Leedor, el autor habla de su reciente libro y de su otra pasión: la promoción cultural, tarea que lleva a cabo en diferentes instituciones de su país.

La novela se presenta como un policial negro, con un misterio (serie de asesinatos) y un investigador (el periodista), pero que no se resuelve del modo clásico. ¿Por qué tomó ese modelo y cómo fue el proceso de resolverlo de manera no tradicional?

El modelo clásico de novela negra para mí fue solo un pretexto, una especie de excusa para decir lo que tenía que decir acerca de la impunidad, en nuestro país cerca del 98% de los asesinatos quedan sin resolver. Yo quería hablar acerca de la ineficacia de nuestro aparato policial, acerca de los pocos recursos tecnológicos con los que cuentan los mismos para resolver los crímenes. También quería contar sobre esa terrible enfermedad que padece esta sociedad aún patriarcal, donde cualquier pelele que ostenta así sea un mínimo de poder lo ejerce de manera despótica, atrabiliaria y este modelo me funcionó perfectamente como pretexto para poder decir todo lo que quería decir. Ahora no lo dejé tal como el canon lo exige justamente porque no estoy interesado en ninguna camisa de fuerza,  llevo muchos años evitando los hospitales mentales.

¿Es la noche un territorio más prolífico para la literatura policial que el día?  ¿La noche nos iguala de alguna manera y todos somos pardos?

La noche, la eterna celestina oscura, hogar de  conspicuos selenitas, la noche no necesita de espejos. Qué más nocturno que un gato pardo que hurga entre los tanques de basura. Sin duda la novela se  mueve mucho más en la absorbente atmósfera nocturna, en donde pese al exceso de maquillaje y el ropaje que luzcas, terminamos todos pareciéndonos, quizás demasiado. Es difícil de distinguir en la noche el verdadero color de la piel, del alma, de la esencia, por eso es en la noche justamente cuando todos parecemos pardos gatos maullando desde el tejado.       

En Argentina se considera que todo policial es en verdad un género político, ya que aquí casi siempre el victimario es la policía (el estado) ¿Es similar la situación allí en Colombia? ¿Qué matices particulares puede agregar la cultura Caribe?

En la novela el victimario es la sociedad entera, es la indiferencia, la ineficacia, la normalización de  la miseria, de la exclusión y le inequidad. Las jóvenes asesinadas todas provienen de un mismo municipio olvidado por todos, por Dios, por el Estado, por los representantes de la ley y como no provienen de familias prominentes y privilegiadas, importan muy poco, importa más suavizar la noticia, darle manejo, cuidar la imagen de la Administración de turno. Cada vez que un asesinato queda impune creo que todos somos un poco culpables. A lo mejor no cambia mucho que los hechos contados se den en el Caribe, a lo mejor solo cambia algo en la atmósfera, la música, la gastronomía, los paisajes, el color y el ritmo de los diálogos.  El clima también por aquello del calor, las lluvias, los mosquitos, las moscas, incluso el mismo desparpajo de algunos de los personajes.

¿Cuánto de estereotipado y cuánto de real tiene la violencia social en Colombia? ¿Ha disminuido o ha aumentado luego de apagarse las grandes figuras del narco?

Colombia ha sido y sigue siendo un país violento, es histórico y tristemente real. Nuestra violencia muta, se mimetiza y encuentra nuevos rostros, nuevas causas, nuevos pretextos. La violencia partidista, la violencia paramilitar, la violencia subversiva, la narco violencia, la violencia de Estado, la violencia intrafamiliar, la violencia callejera, de género, la violencia ideológica… En fin la violencia en mi país no ha dejado de cambiar de rostro pese a los avances en materia de paz, de desmantelamiento de  estructuras conectadas al narcotráfico, al paramilitarismo y a la subversión. Un triste ejemplo es el asesinato sistemático de líderes sociales.

¿Hasta dónde considera que es posible narrar lo abyecto de una sociedad? ¿Hay para usted algún tipo de límite en las descripciones a utilizar en literatura?

No lo he pensado con profundidad y seriedad, pero en términos generales no soy amigo de los límites, ni de ningún limitante. Eso hay que dejárselo a los opresores profesionales. A los cuadriculados, a los que se la pasan mirando dónde supuestamente están las rayas, las fronteras, los supuestos cruces indebidos.

La novela habla de los femicidios, una figura recientemente introducida en el Código Penal Argentino, ¿Cómo es la situación allá en Colombia respecto del tema?

Colombia presenta unas cifras alarmantes con respecto a los femicidios y violencia contra la mujer. El caso Rosa Elvira Cely, ocurrido el 28 de mayo de 2012, no solo sacudió el territorio nacional debido al nivel de sadismo y la extrema violencia empleada. Este caso en especial conminó a las autoridades a crear la Ley Rosa Elvira Cely, en donde se contempla al femicidio como un  delito de  tipo penal autónomo que se integra al Código Penal colombiano. En esta ley se consagra la comisión de un delito: a quien causare la muerte a una mujer, debido a  su condición de ser mujer o debido a su identidad de género.

El periodista-protagonista quiere contar la verdad de los sucesos y se enfrenta con sus jefes. ¿Es una suerte de alusión a la tarea que debe acometer el periodismo? ¿Cómo lo vivía en sus tiempos de reportero?

Claro que sí, aunque también juegan un papel importante la ficción y las necesidades narrativas, hay mucho de autocensura y de censura en los medios debido a la falta de independencia o la dependencia del poder. Ese es algo que lastimosamente no podemos desconocer.

Otro tema al que alude es la crisis que el sector de la prensa escrita atraviesa en la actualidad con cierres de diarios y menos empleo, ¿cómo se manifiesta en Colombia este fenómeno?  ¿Cómo concibe al futuro del periodismo?

El panorama no es diferente acá que en cualquier lugar de nuestro continente. El mundo cambió, cambiaron las necesidades y las formas de consumo y eso ha terminado afectando claramente no solo el oficio sino también la forma de abordarlo, de ejercerlo. Pienso que el periodismo como tal nunca se ha visto ni se verá amenazado, quizás algunas formas o contextos, pero igual el oficio como tal ya encontró la manera de adaptarse a los nuevos formatos e incluso de sacarle mucho más provecho a los mismos y amplificar el público. Creo que una buena historia siempre encontrará la manera de abrirse camino sea en el formato que sea. Una historia bien contada siempre tendrá lectores.

¿Qué importancia le atribuye a la música en su novela?

Hace parte del mismo ADN de  la historia. La música integra la historia desde el primer capítulo hasta el último y no solo como referencia o banda sonora, no, la música es un personaje, va integrada a las atmósferas mismas de la historia y a los estados de ánimo, a la tensión y a la misma distensión de la narración y es por eso que tanto los géneros como los aires musicales referenciados, son tan variados, salsa, cumbia, bullerengue, rock, blues, champeta, tango, bolero, balada, música tropical y un poco más…

García Márquez decía que era imposible que en cualquier reunión donde hubiera más de tres colombianos no se armara una parranda, ¿Es efectivamente el espíritu de los nacidos en Barranquilla?

El barranquillero tiene fama de extrovertido, arrebatado, bailador y parrandero. Quizás hay mucho de eso o tal vez solo un poco y ese es el problema de las generalizaciones, no podría responder por todos, pero sí hay una especie de espíritu caribeño que nos hace proclive a la risa, a la fiesta, a hablar fuerte, a la sinceridad y a la misma exageración. Gabito fue un gozón, un confabulador que supo manejar la dosis necesaria para equilibrar muy bien el trabajo duro y la parranda.

Usted lleva adelante ahora tareas de promoción de la cultura ¿Considera que la cultura puede ayudar a transformar la realidad de las personas? ¿Cómo?

Me gustaría ser categórico y decir que sí, ser rotundo en la respuesta. Digamos que lo intentamos, que  pretendemos llegarle a la gente con literatura, con arte, con artes plásticas, con teatro, con narración oral y escrita. Lo que se busca generalmente es tocar corazones, es llevar un mensaje y cuando encontramos oídos prestos y dispuestos sentimos que sucede el milagro y eso nos hace el día. Aún así  nunca es sencillo, cada vez hay más distractores, más indiferencia, más alienación, más mentes formateadas con intereses puntuales. Y demás que es muy difícil pensar y gozar la cultura con las necesidades básicas aún sin resolver, pero también está esa otra cara, la de la gente receptiva.

Finalmente, usted se define como contador de historias y no como escritor ¿En qué radica la diferencia?

No me gustan los rótulos, lo que si he disfrutado toda mi vida es del placer de contar historias, sea en el formato que sea. Además que me produce una reacción casi que alérgica, esa cosa solemne que muchos portan en la camisa como un cartel de neón, “soy escritor, soy el putas, un santo en el abismo”, no, eso me revienta las pelotas. Nunca me he sentido bien con eso porque entre otras nunca he encajado en la tradición, lo contrario, siempre he buscado la manera de contar las historias a mi antojo y placer, no como dicta un formato o un molde y respeto mucho los clásicos y esa belleza demoledora que los ha hecho perennes, pero yo quiero contar mi tiempo y dudo mucho que lo que hago se asemeje a ese molde a ese canon establecido. No creo que merezca ese rótulo tan grande, tan pesado, tan solemne, tan conservador.

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