Crítica de Entre la Razón y la Locura, de P. B. Shemran

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Entre la razón y la locura (2019) es la historia de una obsesión; una obsesión de querer abarcarlo todo, una mirada enciclopedista del mundo —como en su momento lo fue La Enciclopedia de Diderot— y tanto o más compleja porque, así como el mundo material va proporcionando nuevos conocimientos día tras día, el lenguaje, como todo ser vivo, también muta, se transforma y adquiere nuevas connotaciones y significados. Esto hace que este tipo de emprendimientos nunca llegan a ser completos ni definitivos.

Basada en el libro “The Surgeon of Crowthorne” de Simon Winchester, Mel Gibson había comprado los derechos editoriales para filmarla allá por los años 90. Entre idas y vueltas, se abstuvo de dirigirla y se la ofreció a Ferhad Safinia, el coguionista de Apocalypto (2006), la tercera película de Mel Gibson como director. Entre idas y vueltas y algunos conflictos con la productora, Ferhad Safinia fue desafectado del proyecto y la terminó dirigiendo Todd Komarnichi, el guionista de Sully (2016). Ante este estado de cosas, Gibson se desmarcó de Voltage Production y es así que los créditos de la dirección recayeron en un nombre ficticio: P. B. Shemran. Nadie parece querer hacerse cargo de semejante monstruo.

Y es una película monstruosa en el sentido de su temática: la creación de un Diccionario de todos los vocablos en lengua inglesa utilizados a lo largo de su historia, con sus etimologías, sus usos y su primera aparición en textos literarios. Una historia de por sí apasionante, claro que llevarla al cine es otra cosa. Dos horas viendo como se buscan, se compaginan, se archivan y se analizan todas las palabras del idioma inglés, no parece un buen entretenimiento para una sala de cine, a no ser que uno sea un filólogo o un filósofo del lenguaje. Pero el director, sea quien sea que haya sido, lo logra y lo hace a fuerza de inventar algunas historias paralelas a lo que realmente sucedió y, por supuesto, gracias a las interpretaciones increíbles de sus protagonistas: Mel Gibson como el profesor Murray y Sean Penn como el doctor W. C. Minor.

La historia, aunque parezca increíble, está basada en hechos reales. Y esto es lo que le da una vuelta de tuerca a lo que en principio era solo un gran esfuerzo erudito entre académicos. Cuando eligen a Murray para emprender semejante tarea titánica, este decide abrir el juego a toda la población de habla inglesa que quieran colaborar enviando palabras con su historia, la cita correspondiente y su etimología. De esta manera el trabajo de décadas podría acortarse a seis o siete años. Muchísima gente se pliega a esa búsqueda de lo que luego va  a ser el Diccionario Oxford de la Lengua Inglesa, cuyo primer volumen se publico en 1884. Lo curioso es que una sola de esas personas aportó más de 10 000 citas que fueron incorporadas automáticamente al Diccionario debido a su impecable erudición. Esa persona era el doctor W. C. Minor, que había luchado en la Guerra de Secesión de los Estados Unidos y que se encontraba en Inglaterra. Ante tamaña dedicación, Murray decide concertar una cita con él. Y para su sorpresa, se entera que Minor está alojado en una Institución Psiquiátrica después de haber sido declarado insano por haber cometido un crimen en su país.

Esto fue lo que al parecer sedujo a Gibson, y por eso se empecinó en llevar el libro a la pantalla. Bueno, no le resultó nada fácil. Muchas de sus películas fueron verdaderas cruzadas contra el establishment. Recordemos que Apocaypto estuvo hablada en el idioma nativo de los mayas y La Pasión de Cristo en arameo, hebreo y latín. En este sentido, Gibson parece tener una gran predilección por la lengua y su evolución al paso del tiempo.

Hay un gran trabajo de producción —vestuario, iluminación y caracterización de los personajes—, pero se destacan sobremanera las actuaciones de Gibson y Penn. Si bien ya le conocemos sus mohines y gestos, aquí se encuentran bastante medidos. Penn, a pesar de haber sido criticado por una sobreactuación que no lo es —no olvidemos que personifica a un asesino destruido emocionalmente— lo hace de manera convincente. Gibson, por su parte, se cuida de parecerse al siempre hiperactivo Martin Riggs de Arma Mortal. Ambos se cargan con la película en su totalidad y lo hacen con el talento de largas trayectorias en su haber.

Una gran película para los amantes de los libros, pero por sobre todo, para pensar en que nos pasamos la vida diciendo y escribiendo palabras —naturalizadas e incorporadas a nuestro léxico— y que en verdad sabemos muy poco sobre ellas. ¿Quién la inventó? ¿Por qué? ¿De dónde proviene? ¿Qué significa? Todas esas respuestas fue las que quiso responder el profesor Murray y, así como en su momento la gran lexicógrafa y filóloga aragonesa María Moliner también dedicó gran parte de su vida a confeccionar el Diccionario del Uso del Español, ambos lograron su cometido. Claro que no el definitivo. Los diccionarios van creciendo y avanzando tanto como va creciendo y avanzando el habla del género humano.