Camila Sosa Villada y Claudia Rodríguez y el desborde la lengua en el Contracongreso

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Los congresos, las conferencias, los talleres, los paneles que tuvieron lugar en esa semana que podemos pensar como la semana de la lengua en abril pasado, significaron una mirada detenida en la cultura, la diversidad y la puesta en discusión de elementos complejos abordados desde diferentes perspectivas. No son solo exponentes de la literatura, la teoría y la sociedad, es un juego político, discursivo e imaginativo. Claro es que las interpretaciones no siempre van a coincidir, pero en esta ocasión podemos decir que dominó la comprensión, la crítica desde los argumentos fundados; una búsqueda dirigida al conocimiento.

En esta oportunidad, queremos acercarles un espacio de diálogo e intercambio que se dió a la perfección en el marco del I Encuentro internacional: derechos lingüísticos como derechos humanos, en el Sindicato de Luz y Fuerza. Entre las actividades propuestas y organizadas en conjunto con la iniciativa Malas lenguas, una convocatoria abierta, transversal y autogestionada impulsada por un grupo de artistas, se llevó a cabo el encuentro “Desbordar la lengua II” con la invitación especial de Claudia Rodríguez y Camila Sosa Villada, con la mediación de Noe Gall. Ellas son poetas, escritoras; la primera viajó especialmente desde Chile, donde nació y donde reside, sus libros de poesías son poco conocido en el círculo argentino, pero gracias a un contacto anterior con miembros de la organización, se pudo concretar la invitación; Camila es cordobesa, también escribe poesía, y recientemente publicó su primer novela Las malas en la editorial Tusquets, la cual está recibiendo críticas muy positivas.

Ellas son travestis y desde ese lugar se pararon para participar de este espacio donde el objetivo es dar cuenta de la riqueza de la diversidad. Ambas prepararon algo especialmente para el congreso. Primero, luego de una presentación, leyó Camila su poesía. Leyó desde su celular una poesía sumamente rítmica, musical en su cadencia, recitada casi teatralmente. La atención fue total, mediaron las risas causadas por la ironía de sus palabras, por el sarcasmo de sus anécdotas. El público era amplio y variado, el espacio era un teatro grande con tres cuerpos de butacas. Su voz era dulce, sus ropas entre elegantes y casuales; leía y miraba al público, acompañaba con gestos sus palabras. Repetía muchas veces la palabra travestí, resultaba una manera de insistir en esa identidad que a ella no le molestaba, que aceptaba y exponía con orgullo y, al mismo tiempo, marcaba como una condición de la que no podía escapar, pero no en un sentido trágico, sino como un elemento que la diferenciaba y necesitaba decir para autoafirmarse. Algunas de las frases que no se borran tan fácilmente de la memoria: “Saber mentir y sobre todo saber callar”; “Me queda la palabra incongruencia, la palabra despropósito”; “Soy la palabra escándalo, delicia y rencor”; “Me escribo, es mi derecho; escribirme y no saber”

Siempre una interpretación no deja de ser en concreto una forma de subjetividad, pero seguramente también la forma de transmitir lo más acabadamente posible una realidad vivida, un algo fugaz que se intenta reescribir.

Claudia Rodríguez nos dió a conocer, primero, un video de Youtube de una travesti que fue a un programa de talentos y que canta como caballo. Lo cual fue una forma grata de ganarse el público; la travesti vestida con ropas llamativas, de ojos saltones y pelo despeinado cantaba y relinchaba efectivamente como un caballo; el público del programa reía, aplaudía porque realmente era algo impresionante, casi satírico. El video lo pasaron con un proyector, bajaron las luces y el sonido estaba alto como en un cine. Seguidamente, Claudia leyó un texto narrado tan rítmica como la poesía de Camila, en la cual conversaba con otra travesti sobre el video. También su forma de transmitir rozaba lo teatral, tanto el video como el texto se encuentran por internet, la vitalidad de sus palabras movilizaba; su amiga travesti, en el relato, criticaba ferozmente a esa cantante que le resultaba fea, india, repulsiva y no digna de ser travesti, una vergüenza para ellas en su lucha de visibilidad. Era una travesti marginada a la que le causaba rechazo una que, en realidad, se le asemejaba a ella. La narración en primera persona se vuelve un monólogo interior que repiensa esa situación. Luego, la artista siguió leyendo poemas que llevaba impresos en hojas desordenadas y que resultaban siempre muy atrapantes.

Luego de sus exposiciones, se abrió un segmento para las preguntas, una particularmente permitió a las artistas reafirmar su posición de comunicadoras trans. Una mujer de unos 50 años preguntó acerca del porqué de diferenciarse, de crear tantas formas de llamar, de que podamos hablar de transexual, homosexual, bisesxual, heterosexual, queer, asexual, intersexual o de mujer, hombre, travesti, etc y, simplemente, no hablar de seres humanos en el mundo. En primer lugar, la pregunta causó risa en las interlocutoras y entre los espectadores, pero no como una forma de burla, sino siguiendo un clima distendido y enmarcado en la ironía, el sarcasmo y el humor negro. Enseguida, Camila habló de la necesidad de nombrarse para existir, porque lo que no se puede nombrar no es, no puede concebirse como un siendo; todo objeto, toda realidad, fenómeno debe tener un nombre para poder hablar de él, y en este juego de definir la identidad, ¿como existir si no me puede uno nombrar, si nadie puede referirse a mi? ¿Por qué no significa un problema la dualidad mujer/hombre y sí lo es una terna, la invención de un tercer género que problematiza los ya aceptados y los vuelve vulnerables en sus límites?

En este artículo no utilizo el lenguaje inclusivo, no por una decisión de cómo contar un espacio que justamente dio lugar a dos artistas trans, sino porque ellas no lo utilizaron en ningún momento, por lo cual, quizás usarlo era travestir una lengua y, en ese sentido, no creo que fuera un problema. De todas maneras, esto llamó mi atención y quise preguntar, pero los oyentes que se quedaron con la intención de tomar el micrófono fueron muchos. El público era muy multitudinario y que amplifiquen tu voz, una limitación. Aún así, se puede decir que no había dudas, sino ganas de compartir opiniones, de seguir un diálogo que podía ser infinito a causa de la armonía del ambiente, la sensación de ser parte de un espacio en el cual no parecía haber posibilidades de sentirse fuera. Para completar la idea, al visitar sus redes sociales podemos ver que usan constantemente el lenguaje inclusivo, así como el normado.

Para cerrar, podemos compartir una frase de Camila que el público acompañó con una carcajada cómplice y es que hace falta sólo una travesti para detonar una familia.