Crítica de “Perón vive. Cuatro obras peronistas”, de Daniel Dalmaroni

0
60

El peronismo ha sido –es– una fuente de inspiración inagotable para escritores y dramaturgos. Como fenómeno político, social y hasta cuasi religioso, ha dado tanto que hablar que a veces resulta difícil advertir nuevos ángulos desde donde abordarlo. Lo sorprendente es que continúen surgiendo narraciones originales que, desde la ficción, permitan interpelar nuevas facetas de un movimiento político que roza la atribución de ser casi un sinónimo de argentino.

En esta oportunidad, Daniel Dalmaroni compila en Perón Vive, cuatro obras de teatro que están unidas por el hilo conductor del movimiento político creado por el caudillo, o mejor dicho, de cómo la vida de decenas de personas es atravesada por el peronismo, por su historia, que es –de nuevo– la historia de nuestra patria. Veamos.

La primer obra, Estado del tiempo, empieza con ribetes costumbristas: un patio de barrio, el mate circulando entre una pareja con años de casados, el recuerdo de un baile donde uno de los personajes conoció a una novia de antaño. Pero la trama se enreda y con esos juegos de lenguaje que con tanta pericia trabaja Dalmaroni, nos deslizamos al lado b de una historia que deja atrás lo mundanal y se interna en la densa oscuridad del drama argentino. Rodolfo, el protagonista, ha perdido la memoria y su pasado de prisionero del régimen que derrocó a Perón, ha trocado en su mente por un romance idealizado y nostálgico. En vez de prisión, el protagonista dice que se fue a vivir a una pensión. En una escena temporal posterior, y bajo otro régimen que ha derrocado nuevamente a otro gobierno peronista, las examantes de Rodolfo lamentarán su ausencia y jugarán a la intriga hablando entre costura y costura de la desaparición de una tijerita. Las palabras, para Dalmaroni, carecen de inocencia.

La segunda pieza arranca como un policial: una pareja de ladrones de poca monta huyen con su botín y se alojan en un hotel de la provincia. El hotelero es un voyeur fetichista que se dedica a escuchar lo que hablan sus clientes y hasta se entromete en sus secretos. El tema de Juego de manos, tal como se llama esta pieza, es que estamos en 1987 y la pareja ha robado las manos del General Perón del cementerio. Su idea es extorsionar al Partido para obtener a cambio una suma millonaria. Aquí entra en juego la dimensión mítica del peronismo: el símbolo de las manos del gran conductor, el perverso manejo de los restos físicos de sus muertos claves (recordar el tortuoso periplo del cuerpo de Eva), la clave secreta en el anillo o las huellas del líder para acceder al oro oculto en Suiza. Entre la pareja de ladrones y el hotelero y su mujer, que logran arrebatarle el botín, irá desarrollándose la trama de idas y vueltas que reflejará como un espejo buena parte de la conducta irracional que acompaña el desamparo de los argentinos.

La comunidad organizada es la tercera composición del volumen. Un grupo de jóvenes militantes integrantes de una Orga escindida de Montoneros, intenta desvalijar la casa de una familia patricia cuyos habitantes han formado parte de todos los golpes militares. Los diálogos de Chuzo y Marcos, los protagonistas, saltan de lo trivial anecdótico a lo doctrinario filosófico, siempre enredados en la maraña de un lenguaje que, a la luz de todo lo vivido, transcurre en clave de comedia lo que en la historia ha alumbrado como tragedia. La presencia de un familiar de los propietarios (Tía de una de las integrantes del grupo armado) complica el traslado de los objetos. No puede haber algo mas desorganizado que la comunidad de estos imberbes que han abjurado de su líder y han abrazado la causa armada sin medir las consecuencias futuras. La crítica a las organizaciones juveniles de los 70 no es solapada por el autor, sino que debe ser leída en función del epígrafe que encabeza la obra: una frase de Perón que presagia que lo hecho en el presente, determinará nuestro futuro.

Finalmente, la cuarta obra de Dalmaroni, El secuestro de Isabelita es el corolario de este interesante repaso por la pasión que ha despertado y despertará ese modo de vida de ser peronista. Los mismos personajes de la obra anterior, sumados a otros integrantes de la orga escindida de Montoneros, deciden secuestrar a Isabel Martínez de Perón cuando está a cargo de la presidencia para presionar y evitar el golpe militar. El tema es que se equivocan de persona y se llevan a la mucama de Olivos. Un enredo llevado al absurdo por la caracterización de los militantes, sus discusiones y un desarrollo en el que todo el andamiaje termina desvaneciéndose por la sospecha de la identidad real de cada una de las personas. Acá, según el relato que el jardinero de la Quinta de Olivos le hace a uno de los secuestradores, Perón murió hace años en Puerta de Hierro y fue reemplazado por un doble paraguayo. El tono farsesco aplicado a este cuarto texto es el ideal para la única de las situaciones que no tiene visos de realidad, pero que no deja de ser un símbolo del alcance imaginario al que puede aspirar la representación de situaciones ligadas al peronismo: como el deseo, casi todo está permitido.

Alejado de toda pretensión didáctica o moralizante, las obras peronistas de Dalmaroni buscan dar una más, sólo una más, de tantas miradas sobre el fenómeno social y político mas potente de nuestro país. Su pericia narradora, su evidente contacto con la materia con la que trabaja, le confieren una nitidez casi palpable a las situaciones que relata y dosificando todo con un humor fino y delicado que uno hasta puede presentir en la platea del teatro donde se lleve a cabo su representación

Perón vive. Cuatro obras peronistas, Ciccus, 2019, 192 págs.