Cruces y mixturas en tres museos de Roma

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Exclusivo para Leedor desde Roma

 

Roma, la ciudad eterna, la piu bella, la más amada, la ciudad clásica y barroca, la ciudad de las mil iglesias y los mil museos. La ciudad donde los objetos nunca son objetos olvidados, sino que siempre son reconvertidos en alguna operación museística.

Museologías implicadas, que se presentan en mixturas ideales: el arte clásico y helenístico y el pop en el Palacio Massimo; el arte romano clásico y las máquinas de la ex central eléctrica de Montemartini en el Museo que lleva su nombre; y las fotografías de Mapplethorpe en medio de obras del barroco romano y el manierismo florentino en el Palacio Corsini.

Hipótesis claras para el espectador más lego pero también para el más improvisado: la palabra pop de la muestra del Palacio Massimo no tiene que ver, al menos directamente, con el arte pop de los 60 sino con la idea de repetición serial de los objetos para la producción de souvenirs, según el taller de un artista del siglo XVIII llamado Volpato, inventor de este tipo de recuerdos con los que los turistas (palabra que podríamos asociar al gran tour de Roma) pueden llevarse una copia pequeña (y por supuesto barata) de su escultura o su arquitectura favorita. El museo que alberga una de las copias mas famosas de la escultura griega: el Discóbolo de Mirón le dedica una sala a las 5 copias con las que cuenta. La copia romana del original griego en bronce fue hallada en 1781 en Roma; otros torsos que fueron confundidos por un guerrero y dos figuras nióbides. En la sala que esta muestra le dedica al Discóbolo se ve irrumpida por proyecciones que atraviesan los cuerpos y se mueven sobre las paredes: la piedra es imagen en blanco y negro. Más que un recuerdo los romanos saquearon a los griegos y llevaron sus esculturas primero para fundirlas y usar los metales para el ejército y luego las copias las llevaban para adornar sus casas y sus jardines. Fueron coleccionistas de copias en aquella otra versión del imperio en todo caso.

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A esta muestra no se le escapa esa idea de reproducción. En una sala con espejos deformantes en paredes y techo dos esculturas (el Apolo de Belvedere) incorporadas a ese espacio comparten con el espectador una idea de reproducción voluntaria: la muerte del autor de la posmodernidad, invita a pensar el texto de sala. Favorecer la redención estética de la copia: los artistas romanos reformularon formal e iconográficamente las imágenes creadas e Grecia para adaptarlas a su propio contexto según un nuevo criterio de Decorum que libera a la copia de su connotación negativa en relación al original.

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La reconversión en Museo de la fabulosa Central Montemartini, una empresa eléctrica que dió luz eléctrica a la ciudad de Roma desde 1909 y que hoy albergar la obra que no podía exponerse en el Museo Capitolino. Una historia que empezó con una muestra que se convirtió en permanente: Las maquinas y los dioses de 1997, convertida en permanente en el año 2001.

La arquitectura industrial y la arqueología industrial escenifican el espacio que las esculturas ocupan: diosas, dioses, ediculas, altares, sarcófagos, cabezas, rostros. En el medio, y como si fuera poco, entremezcladas las fotografías de Luigi Spina en la muestra las “Caras de Roma” que inauguró el 18 de abril pasado y que presenta en riguros blanco y negro primerisimos primeros planos de rostros clasicos romanos. Y es verdad, todos son diferentes.

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Por ultimo L´obiettivo sensibile, fotografías de Robert Mapplethorpe en el Palacio Corsini que yuxtapone dos ideas estéticas bien lejanas, pero y asimiladas aquí a nuestra mirada contemporánea: la de la obra recogida por un cardenal del setescientos y la de este artista genial de la fotografía que vivió a fines del siglo XX y que era tan controvertido y profundamente clásico. Coleccionista de estampas, fotografias y esculturas de ángeles y demonios Mapplethorpe, educado en la fe católica, siempre sintió su influencia. El cardenal Corsini también fue un coleccionista que marcó el horizonte estético de su época: el manierismo florentino, el barroco romano, flamenco y español. Carracci, Lanfranco, Murillo, Rubens, cuelgan de las paredes de este palacio que competía en su época con la Villa Farnesina vecina a pocos metros. Desde la entrada, el visitante descubrirá esa colecciion antigua alterada por la presencia de alguna fotografía a la que se invita a integrar por formas, temas o historias al resto de la pared. Una sala al final despliega una generosa cantidad de las fotografías más polémicas, extraordinarias muestras de otro gran visitante del gran tour romano.

Museologías de cruces que revitalizan las colecciones, les otorgan nuevos sentidos y convocan a todos los pasados de Roma para ser releídos por este presente, alternando intereses visuales y urbanísticos. Público le sobra.

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