Entrevista a Lucas Santa Ana: “Conocer el pasado para entender el presente e imaginar el futuro”

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Saudade es la historia de dos familias en dos tiempos históricos diferentes, pero atravesadas por la dictadura de Brasil. Los vínculos familiares y sociales, y la identidad sexual y personal son los temas centrales de esta obra que ya va por su quinta temporada.

Lucas Santa Ana –guionista, director y productor, y en este caso, coautor junto con Francisco Ortiz– nos habla de la génesis de la obra y también de su trabajo como director en la puesta en escena.

Hay algunos temas que se instalan más allá de que siempre estén vigentes, en este caso el de la identidad. ¿A qué atribuís la vuelta a esta temática en muchas de las obras que se están dando actualmente?

En mi caso, creo que ese regresar a la temática de la identidad tiene que ver con algo generacional. Soy nacido en el año 1977, época signada por la desaparición sistemática de personas y apropiación de niños por la dictadura militar. Hay una carencia de identidad que nos sobrevuela. Todos esos hijos que no saben quiénes son por la mentira en la que viven; siento que hacen que, de alguna manera, todos los nacidos en esa época padezcamos de falta de identidad. A veces pienso que, como sociedad, todos los nacidos en esos años deberíamos hacernos el test de ADN, incluso ante la certeza de saber de dónde venimos, solo para asegurarnos de que podamos encontrar a todxs aquellos que no saben quiénes son. Y en cuanto a la generalidad de obras que hablan de esta temática, posiblemente sus autores, sean coetáneos míos. Pero esto es solo una teoría.

Comenzaste en el teatro, pasaste al cine y volviste al teatro, ¿cuánto de cinematográfico podés reconocer en Saudade

Me gusta jugar entre los dos medios, el cinematográfico y el teatral. Me gustan los cruces. Cuando pensaba en Saudade antes de hacerla, imaginaba el dispositivo narrativo, que me resulta eminentemente teatral, el cruce en escena de dos tiempos, algo muy poco visto en el cine y que reconozco en la obra La muerte de un viajante, de Arthur Miller. Siempre me fascinó esa obra (que también fue llevada a la pantalla). Las historias de padres e hijos son mi fascinación. En Saudade, me gusta pensar que lo cinematográfico se da en la imagen visual de la obra más que en el dispositivo narrativo: cuidamos los detalles como si fuera a ser filmada, la actuación intimista, los vestuarios, la escenografía, la utilización de la música compuesta por Coiffeur especialmente para la obra y para reforzar los climas que el relato propone.

Si bien cada obra tiene su individualidad, ¿cómo es tu proceso de escritura en general y cómo fue el proceso de escritura de Saudade? ¿Cómo nace la historia?

Siempre digo de mí mismo que soy un escritor lento. Me llevó cinco años poder concretar Saudade, y no pude hacerlo solo. Me acompaña en la dramaturgia Francisco Ortiz. La idea original nació de dos imágenes que tenía separadas y que al principio no sabía que pertenecían a lo mismo. La primera es un hombre llega a su casa de infancia, y los fantasmas de una vida pasada emergen desde los rincones, casi como en La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares; la diferencia es que en la novela las imágenes son proyecciones reales y en la obra son proyecciones mentales. La segunda imagen era un grupo familiar viendo diapositivas a ambos lados de un proyector: gente del pasado y del futuro viendo las mismas fotos y comentando intercaladamente. Con esas dos imágenes, empecé a deshilvanar la creatividad, a imaginar personajes, sus historias, sus biografías, sus relaciones, y poco a poco fue tomando forma. Por momentos sentía que la historia me atravesaba mucho y me angustiaba, lo que me bloqueaba para poder seguir escribiendo. Fue ahí que entró a jugar Francisco como un eje de resonancia. Charlábamos de la obra, le contaba lo que imaginaba. Él empezó a crear más allá de lo que yo tenía; proponía nuevas ideas, recortes, cambios, nuevas escenas. Luego todo fue llegando al papel y a la escena. La obra se terminó de escribir mientras íbamos ensayando las primeras escenas.

La crítica alaba la sobriedad de la obra, esto de que no le sobre nada, ¿cuánto hay de estilo personal en esa característica? ¿O es más bien algo que se fue dando a partir de la puesta?

Coincido en la sobriedad que tiene, aunque a veces la siento plagada de mil cosas, casi barroca de objetos que aparecen, cada uno con su significado y su objetivo dentro de la obra. Hay algo que podría ser “estilo personal” que es que todo lo que está en escena debe ser utilizado, nada puede haber que no tenga un objetivo. Las cajas, las diapositivas, el proyector, la guitarra, la melódica, las cañas de pescar, todo absolutamente todo se usa y a la vez tiene un sentido más profundo que subyace a su utilidad. Ojalá los espectadores puedan encontrar esos sentidos ocultos que los objetos de nuestro pasado traen.

Es la quinta temporada de la obra, ¿qué cambios se fueron registrando pensando, en especial, en cómo se fue modificando la mirada de la sociedad sobre ciertos temas como el de la identidad sexual?

La obra tuvo su estreno en 2014 y pasaron ya cinco años. Cuando pensamos en volver a hacerla ahora por quinta temporada, nos pusimos a pensar si había que hacerla, si la obra le sigue hablando a este contexto histórico. Y yo creo que sí; que, si bien la evolución y la mirada de la sociedad sobre esos temas han evolucionado, aún tiene mucho por crecer. La obra narra historias lejanas de los 60 y de los 90, que creo que siempre van a dialogar con el presente. Conocer cómo era el pasado nos ayuda a comprender y entender nuestro presente y, a la vez, poder imaginar las utopías a futuro.

Domingos 17.30; Espacio Polonia, Fitz Roy 1477 (CABA)

Lucas