Crítica de “Vox Lux”, de Brady Corbet

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El subtítulo de Vox Lux es: “el precio de la fama”. Así como en 1980 el slogan de la película Fama de Alan Parker era “la fama cuesta”, todos sabemos que llegar al pináculo de la gloria no es nada sencillo y que trae aparejado sangre, sudor y lágrimas —en el caso de Vox Lux, algo más escalofriante— en esta ópera prima de Brady Corbet, quien dejó por un momento sus papeles de actor para subir la apuesta y convertirse en director de cine. Pero si bien es sabido que lograr el reconocimiento del público trae aparejado un sinfín de renunciamientos que no todos están dispuestos a soportar, al parecer el precio a pagar siempre es muy alto.

La historia de Vox Lux se desarrolla en dos partes —Acto I, Génesis (2000-2001); Acto II, Regénesis (2017) y en ambos extremos, un Preludio y un Final. Hay que destacar que el Preludio, acontecimiento que se ambienta en una escuela secundaria de New Brighton en 1999, tiene una potencia y una carga de dramatismo que uno espera ver en el resto del film. Eso no sucede, por lo que el trabajo de Corbet se va desdibujando a medida que se van hilvanando los sucesos futuros.

Ese fatídico año, fue para Celeste Montgomery —no para sus compañeros de estudios que no tuvieron su suerte y fueron masacrados con un rifle automático por Cullen Active (Logan Riley Bruner) un estudiante de su misma clase— el momento en que su vida da un giro de 180 grados. Herida en el cuello, afectada su columna vertebral de por vida, logró restablecerse y compuso junto a su inseparable hermana Eleanor (Stacy Martin) una canción que interpretó en homenaje a todos los chicos muertos un año más tarde; un tema con leves tintes religiosos y que se convirtió en una especie de himno generacional de todo el país. Ese fue el puntapié inicial para que de ahí en más empezara una carrera musical en el ambiente pop con la sangre como primera ofrenda de esa trilogía que luego, y muy a su pesar,  acompañaría con el resto: el sudor, las lágrimas y algo más.

La adolescente Celeste Brighton (Raffey Cassidy) interpreta dos papeles: como la Celeste del Acto I, y como la hija de la cantante —más de veinte años después— que es interpretada por Natalie Portman, tanto en el Acto II como en el Final.  Siguiendo muy de cerca nos encontramos a un algo tosco y mal hablado productor interpretado por Jude Law (muy desaprovechado en este film) y Josie (Jennifer Ehle) la encargada de Relaciones Públicas.

En medio —Acto II— otra matanza cobra varias víctimas —esta vez en una playa europea— con un pequeño detalle que deja estupefactos a Celeste y sus colaboradores. Todos los asesinos llevaban puestas máscaras iguales a las que ella había lucido en uno de sus famosos videoclips. ¿Casualidad? En un mundo tan globalizado nada puede ser casual. Claro que deciden hacer caso omiso a esta tragedia —conferencia de prensa mediante para calmar las aguas— y continúan con los preparativos para la presentación de Vox Lux en un megarecital que ya había agotado todas las entradas disponibles.

Corbet utiliza varios recursos cinematográficos que elevan la historia muy por encima de lo que realmente es. Es decir que si bien no hay mucho de interesante en la trama —más allá del infierno propio que conlleva ser un ídolo de la masas con el alcohol, las drogas y un temperamento irascible para con todo su entorno y que ya vimos en infinidad de películas— el manejo de la cámara lenta en algunos pasajes en donde la voz en off de William Defoe va narrando la trama; algunos planos secuencia; la cámara rápida para graficar el descontrol o, incluso, el utilizar, al principio de la película, las herramientas propias del documental, hacen de Vox Lux una obra interesante.

Sumado a esto, nos encontramos con la siempre increíble actuación de Natalie Portman, que da vida a un personaje altanero, insufrible y siempre al borde del estallido y que parece lograr cierta paz y complicidad con su hija, demostrando así, como casi siempre sucede, que detrás de ese disfraz de arrogancia y pedantería, se esconde una fragilidad y vulnerabilidad apabullante.

Un film desparejo —fue preestreno en el último BAFICI— pero que tiene algunos aciertos: el clima apagado que le da el grano que tiene toda película en 35 mm —fue el soporte utilizado en detrimento del digital— que demuestra una gran apuesta en cuanto a la estética cinematográfica, pero que no logra conectar con acierto los sufrimientos de un ídolo pop, a pesar del desempeño de Natalie Portman que está muy lejos de la empatía que logró en esa obra maestra que fue El Cisne Negro (2010) de Darren Aronofski, pero que aún así sigue siendo una de las mejores actrices de su generación.