#BAFICI2019: Crítica de Ray & Liz, de Richard Billingham

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Una mirada sobre el desasosiego que genera el desamor

…El trascender en nombre de un quehacer superior una verdad ^baja^, experimentada en toda su crueldad: esa es la verdadera misión del arte, que en esencia es algo casi religioso, una toma de conciencia sagrada de alto deber espiritual…

Esculpir en el tiempo. Andrei Tarkovsky, 1991.

Ray & Liz es un film que reafirma la concepción del cine como arte. Luego de su consagración como fotógrafo, y gracias a su libro Ray’s A Laugh (1996), donde había documentado a Ray, su padre alcohólico, y a Liz, su madre obesa llena de tatuajes, Richard Billingham, vuelve a la ficción de corte autobiográfico. Estrenada en Locarno (2018), y ópera prima como guionista y director. Por lo que en el film se cruzan por una parte, las impresiones subjetivas del autor, y por otra, el intento de representar objetivamente la realidad. Porque también está el contexto de esa Britania de los 80 y 90, perteneciente a esa clase media baja sin trabajo, que subsiste gracias a la ayuda social. Este es su contexto, sus condiciones de origen, y esas personas, -lo quiera o no-, han sido determinantes en su percepción y en su perspectiva del mundo. Relaciones tan brutales, como sutiles, son las que dan cuenta de los secretos de una familia, que excede lo disfuncional. Y eso se refleja en el espejo de lo privado. Y se confronta con lo que no pudo dejar atrás, en una especie de catarsis vital.

Ray & Liz esta narrado con una exquisita solidez estética y dominio técnico, usando a la repetición como estrategia. Hay tres  fragmentos autobiográficos, a modo de flashback, que dan cuenta de su asfixiante infancia, y que retornan a la misma escena: un cuarto sucio y lleno de moscas donde Ray en la cama, ya anciano y devastado, se dedica a dormir y beber varios litros al día de cerveza casera. Mientras repite que esa es la vida que lo hace feliz. Lo terrible de la respuesta es que es real. Esas son las ambiciones de un padre pasivo y dependiente, que no ha tenido ningún tipo de poder dentro de la escena familiar. El primero de los recortes muestra a los padres rondando los 40 años,  en un ambiente siniestro,  donde la suciedad, el maltrato, la abulia y la violencia son moneda corriente. Allí Richard intenta encastrar sus bloques, con un inmenso cuchillo en las manos, que le ha dado otra persona que no se sabe si es otro de los tíos. Lo cierto es que parece que el mundo explota y se derrumba. La sensación que predomina es la impotencia. Es que hay una potente miseria emocional, y algunos actos hablan de un potencial de maldad inesperada. Luego aparece el niño, ya más grande, durmiendo en una casucha abandonada, más consciente de que está desprotegido y abandonado. Mientras una vecina lo pide en adopción, la madre continúa impasible, con el descontrol de la obesidad, y sus rituales de jugar con sus enormes rompecabezas y fumar, enfrascada en un mundo propio. Y esto se ve reforzado por una cámara que va y viene por la casa haciendo foco en cada uno de los detalles, que se repiten una y otra vez. Donde la existencia de los dos hijos, transcurren en un absoluto desamor.

La elección de filmar en 16 mm granulado le aporta un look vintage, y la idea de usar una pantalla casi cuadrada, acentúa la sensación de agobio. Un retrato insoportable, que la mirada de su director reafirma y lleva al extremo.

Billingham recrea su historia personal, en tres períodos concretos de su vida. Y lo hace desde la conciencia de la naturaleza fugaz de la historia y la memoria. Sabemos, que las trampas del recuerdo son peligrosas. Aunque el espectador perciba la característica del pacto autoficcional, que se da entre guionista, director y personaje. La identificación siempre será ambigua. Esa representación con que el artista da cuenta de su conflicto interno genera en el espectador una reflexión, que remite a la idea de pensar a este film, como un proceso de reconciliación con ese pasado doloroso, de una crueldad enfermiza e involuntaria. Y a la vez intuir un reconocimiento de su parte para llegar a digerir sus propios fantasmas, los cuales entendemos, ha logrado trascender. Y en este sentido, comprobamos como el arte incide en nuestras propias emociones, ya que esa visión del mundo está allí, para que la miremos con nuestros propios ojos, y podamos sentir misericordia.