#BAFICI2019 Crítica de: “Aquarela”, de Víctor Kossakovsky

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El agua cubre alrededor del 70 % de la superficie del planeta Tierra, un nombre que a raíz de estos datos, podría parecer una contradicción. Un elemento al parecer tan escaso en el Universo y tan omnipresente en nuestro entorno. Y precisamente en este elemento en particular, el director y multipremiado documentalista ruso Víctor Kossakovski —Belovy (1994), Pavel e Lyala (1998), Tishe! (2002), entre otros— centró su última obra cinematográfica para desarrollar una idea de absoluta belleza. Aunque carezca de hilo narrativo no podemos dejar de asombrarnos, tanto con la tranquilidad como con la furia del agua, en un experimento fílmico que fascina y sorprende.

Aquarela (2018), no es un documental propiamente dicho. Como ya dijimos, no existe una historia que seguir o una voz en off que plantee un argumento. Si bien se pueden apreciar dos pequeñas historias dentro de la monumental abstracción que es la película en sí —al principio, cuando se realiza el rescate de un automóvil que se sumergió accidentalmente debajo de una capa de hielo y, más adelante, las maniobras marítimas que realizan una pareja a bordo de un yate en medio de un temporal— es cierto que cada uno puede interpretar cada secuencia como un gran poema visual, como le gusta decir al propio director.

“Busco la emoción en el agua. Puede ser pacífico en un instante y matarte al siguiente”, fue mucho más específico cuando se le preguntó a Kossakovsky por qué había puesto al agua como foco de atención para su último documental. Un elemento clave en la historia de la humanidad, tanto desde el punto de vista de su propia supervivencia, como parte de su destrucción con huracanes, tifones, tsunamis e inundaciones mediante.

Deudora indiscutible de esa obra monumental que fue Koyaanisqatsi (1983) de Godfrey Reggio, Aquarela se centra en la otra parte de nuestro planeta: precisamente en ese 70 % de superficie que está cubierta por el agua o por el hielo. El film de Reggio —subtitulado: Vida fuera de Balance— hacía hincapié en los territorios desérticos, en sus grutas, en las nubes, en las ciudades populosas y, al fin, en el espacio. Es por eso que la obra de Kossakovsky bien podría formar parte de un binomio con el de Reggio, a pesar de que luego de Koyyanisqatsi vinieron dos secuelas: Powaqatsi y Naqoyqatsi —todos términos de la lengua hopi de los nativos de los Estados Unidos de América— y que también estaban centrados en la tierra como elemento preponderante.

Aquí, por el contrario, vemos la inconcebible superficie helada del lago Baikal, en Siberia, la infinitud de los océanos; escuchamos incrédulos el sonido del hielo resquebrajándose, el retumbar a lo lejos de bloques enormes desprendiéndose de murallas heladas y la furia incontrolable del huracán Irma en Miami con sus terribles secuelas.

Filmada a la velocidad de 96 fotogramas por segundo, nos sorprende ver la lluvia en gotas y no en líneas difusas de agua; un mecanismo de filmación superior —cuatro veces más rápido— al que había sido utilizado Peter Jackson en la saga de El Hobbit y que es utilizado por algunos cineastas para darle más definición a la imagen. Por también coexisten la cámara lenta —siempre bienvenida en este tipo de filmaciones— que nos hipnotiza con el movimiento de olas de centenares de metros de altura, y la imagen estática del Salto del Ángel, en Venezuela, que nos mete de lleno en la quietud de la contemplación.

Aquarela es una experiencia visual y auditiva exuberante, y digo exuberante por la majestuosidad de sus imágenes y la virulencia de su música, porque la música también juega un rol importante en esta catarata —nunca tan bien utilizado el término— de tantas imágenes líquidas.

Si en Koyaanisqatsi, Godfrey Reggio había utilizado el minimalismo de Philip Glass, Kossakovski apeló a Eicca Toppinen, un compositor y violonchelista de la banda de heavy metal Apocalyptica para dotarle de un dramatismo en estado salvaje. Es así que, si en la película de Reggio la caída lánguida y lenta de un cohete espacial funcionaba a la perfección con la música monocorde de Glass, aquí la fuerza arrolladora de un temporal en alta mar, se ajusta a la perfección con el sonido salvaje de Toppinen.

Quizás el único defecto sea el pasaje abrupto entre secuencias, es decir, no hay un fluir armonioso entre los diferentes segmentos que componen el filme, como sí lo había en Koyaanisqatsi, pero claro, al no haber una historia —no es ese el fin, por cierto— es más factible sentarse y dejarse transportar por la cadencia del agua en todas sus facetas. Y, vale decirlo, por ver al cine en su estado más puro: como experiencia estética que tiene la misión de deslumbrar, desorientar y perturbar.

Funciones:

Domingo 14, Lugones – 19.30 hs.