#BAFICI2019: Crítica de “Aniara”, de Hagerman / Lija

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Basada en el poema del mismo nombre del sueco Harry Martinson —Premio Nobel de Literatura en 1974—, Aniara (2019) es una monumental obra épica y existencialista que los directores Pella Hagerman y Hugo Lija desarrollan en casi dos horas de duración. Parecería poco, si se tiene en cuenta que el poema de Martinson consta de 103 cantos y que narra la odisea de una nave espacial durante cientos de años por los confines del Universo. Pero Hagerman y Lija lo lograron, y el resultado no podría ser más promisorio.

Alejada de la parafernalia de efectos especiales a los que nos tiene acostumbrados Hollywood, Aniara se centra en los perfiles psicológicos de los pasajeros de una nave que viaja a la deriva; una especie de crucero de lujo que solo tiene por delante el espacio infinito. Y no solo se enfrentan a eso, sino a la imposibilidad de volver a su hogar. No importa cuál sea, lo inquietante es que de un momento a otro desaparece todo anclaje a lo conocido y la espera de tres semanas —la duración del viaje desde la Tierra hasta el planeta Marte en donde iban a asentarse— se vuelve incierta y, como sabemos, toda incerteza produce inquietud y toda inquietud, tarde o temprano se manifiesta en comportamientos incontrolables.

Los dos directores suecos vienen trabajando a la par desde hace más de diez años. Han llevado a cabo películas como The Unliving (2010), The Swedish Supporter (2011), The Swedish Empire (2014), entre otras, por lo que esta nueva producción es, no solo un nuevo desafío que asumen juntos, sino un claro homenaje a un escritor al que admiran y que, por si fuera poco, comparten su nacionalidad.

La historia es un tópico de la ciencia ficción de todos los tiempos: una distopía en donde la tierra es devastada —o está a punto de hacerse inhabitable— y los humanos se aprestan a colonizar otros mundos. Marte siempre parece ser la mejor opción. Es así que por medio del transportador Aniara —que en griego antiguo significa triste o desesperado, nombres bastantes desalentadores, por cierto— los humanos se trasladan al planeta vecino para seguir con una vida lo más parecida a la que llevaban en la Tierra. Esta ilusión de que las cosas no cambien se encuentra patentizada en una máquina de Inteligencia Artificial llamada MIMA, que no es otra cosa que un simulador que proporciona imágenes de paraísos terrestres —bosques, ríos, lagos, cielos luminosos, praderas floridas, cascadas— que extrae de las mentes de los que se someten a dicha prueba para que se sientan otra vez  en casa.

La que está a cargo de esta simulación virtual es la llamada Mimaroben (increíble actuación de Emelie Jonsson) que durante el viaje de tres semanas a Marte —está muy bien hecha la ambientación del viaje y la recepción en la plataforma de vuelo— invita a que pasen a esa sala que casi siempre está vacía. Los viajeros no quieren perder el tiempo y se dedican por espacio de tres semanas en consumir todo lo que Aniara les ofrece: salas de juegos, restaurantes de lujo, paseo de compras, salones bailables, piscinas, como si de un crucero de lujo se tratase o como un gran shopping de cientos de metros de largo en donde todo es posible. Un gran metáfora sobre el estilo consumista de una civilización —la nuestra— que huye de un planeta víctima de la depredación de sus recursos naturales. Pero así como en la Ley de Murphy, cuando algo puede salir mal, sale mal, Anira sufre un catastrófico desperfecto ocasionado por basura espacial que daña el casco. Para que la nave no se desintegre en una explosión mortal, el capitán Chefone (Arvin Kananian) decide expulsar todo el combustible al vacío. De esta manera la nave queda a la deriva, sin posibilidad de retomar el trayecto que la llevaba a Marte. Para que los colonos no entren en pánico, los que manejan la nave deciden informarles que esperarán a estar cerca de un cuerpo celeste para que les proporcione la gravedad suficiente para volver. Eso les llevaría dos años. La gente entra en un estado de conmoción. Claro que eso no es lo peor, como ese cuerpo celeste no existe, la vuelta es imposible, pero nadie lo sabe…aún.

De pronto, los ocho mil habitantes de Aniara empiezan a requerir los servicios de MIMA. Al no tener una perspectiva de futuro, quieren pasar el mayor momento posible caminando sobre prados o pisando las hojas secas de otoño o nadando en lagos cristalinos. La nave puede tener todo lo necesario para evadirse, pero carece de naturaleza y de todo lo que los conecte con la Tierra.

Es así que pasan veinticinco años en el espacio. En medio —la película esta segmentada en varios episodios que como capítulos van titulando cada secuencia narrativa— suceden todo tipo de cosas. La más significativa y dramática es la autodestrucción de MIMA. Así como la computadora HAL 9000 de 2001, Una Odisea en el Espacio (1968) de Kubrick, entraba en un estado de paranoia por no poder cumplir dos órdenes a la vez, en este caso la inteligencia artificial de MIMA se ve colapsada porque a la par que proporciona escenarios idílicos también recibe como contrapartida los temores y pesadillas de todos los que se someten a sus imágenes. Entra en pánico y en una profunda tristeza. Es así que pide ser desconectada para descansar. Como el capitán se niega, se autodestruye.

Luego de esto, ya sin la posibilidad de acceder a ese mundo ilusorio pero gratificante, los colonos se abandonan a su suerte. Los pasillos antes iluminados y pulcros, se vuelven oscuros y llenos de basura; se crean sectas religiosas, se revelan amores ocultos, se producen nacimientos, es decir que Aniara se convierte en un nuevo planeta que depende de los pocos recursos que tiene a su disposición para sobrevivir.

Hay muchísimas lecturas posibles dentro de esta película tan ambiciosa como cautivante. Hay tramas y subtramas que se desarrollan en paralelo. Pero por sobre todas las cosas, siempre está presente el factor humano, sus debilidades, sus miedos, sus fobias, su dependencia de un ser superior, su sentido de existencia y su añoranza por un pasado que ellos mismos supieron destruir. Así como Solaris (1971) de Tarkovski se basaba en la memoria y en el recuerdo, Aniara se basa en el miedo a lo incognoscible, el horror a la oscuridad del espacio que inunda todas las ventanas de la nave y el sentirse preso en un sarcófago de lujo con la fe quebrantada por saberse lejos y más lejos de un verdadero hogar.

Con un final para nada complaciente, Aniara es un film que podría convertirse en el transcurso del tiempo en un clásico junto a los ya mencionados Solaris, y 2001, Una Odisea en el espacio. Podría parecer algo arriesgado decirlo, pero si bien el film de Kagerman y Lija es impecable en muchos aspectos —fotografía, montaje y una banda sonora que en algunos momentos nos remiten a Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (1977)—  trae por debajo un soporte literario poderoso: el gran poema de un Premio Nobel de Literatura que hizo una radiografía despiadada del ser humano como especie y a la vez de una gran belleza poética en cuanto a sus emociones y sensibilidades.

Funciones:

Miércoles 10, Multiplex Belgrano 4 – 14.35 hs.

Viernes 12, Gaumont 1 – 20.40 hs.