#BAFICI2019: Crítica de “Koko-di, Koko-da”, de Johannes Nyhlom

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Uno de los elementos más escalofriantes en las películas de terror o de misterio es el uso de canciones para niños —las llamadas rondas infantiles— para crear un clima que nos envuelve con la inocencia más pura —fueron compuestas con ese propósito—, pero que enmarcadas dentro de una narración  totalmente opuesta a lo esperable (elementos de tortura, oscuridad, apariciones fantasmagóricas, castillos embrujados o cementerios nocturnos), produce el efecto contrario y el peor de los terrores al que podamos ser sometidos: la candidez como vehículo hacia el temor más profundo, tanto del cuerpo como de la mente, que no es ni más ni menos que nuestra propia muerte.

Ejemplos hay muchos y hacer un listado de todas las películas de género que utilizaron este recurso sería interminable, pero a manera de ejemplo podría nombrar a un clásico de todos los tiempos como lo es Suspense (Los Inocentes, 1962) de Jack Clayton basada en un el cuento “Una vuelta de tuerca” de Henry James.

La segunda película del director suizo Johannes Nyholm —la primera fue Jatën (El Gigante, 2016) — apela a este recurso con la salvedad de que lo hace de una manera sistemática, es decir, como hilo conductor o leit motiv que articula toda la historia y no como un mero recurso efectista.

Koko-di, Koko-da es el estribillo de una ronda infantil que tiene una letra ya de por sí algo oscura —“Mi gallo ha muerto, ya nunca cantará cocorocó”— que preanuncia lo que está por ocurrir: quedarse atrapado dentro de una “inocente” canción infantil con personajes encantadores como Mop (Peter Belli) como maestro de ceremonias, Sampo (Morad Katchadorian), un simpático y robusto leñador  y Cherry (Brandy Litmanen) una esbelta campesina de largos cabellos negros. Claro que estos tres personajes salidos de un cuento de hadas se vuelven siniestros y macabros dentro del bosque en donde fueron a acampar Tobías (Leif Edmund) y su esposa Elin (Yiva Gallon). Pero no nos adelantemos a los hechos.

La historia del director Nyhlom —también es el guionista— comienza en un restaurante adonde vemos a Elin, Tobías y su hija Maja (Katarina Jacobson) de ocho años de edad. Una intoxicación con mejillones le produce una reacción alérgica a Elin y deben hospitalizarla de urgencia. Ya en la clínica, va recuperándose poco a poco, pero queda pendiente el festejo del cumpleaños de su pequeña hija y el regalo que habían comprado el día anterior: una pintoresca caja musical en forma de carrusel con los personajes Mop, Sampo y Cherry pintados sobre un paisaje bucólico. Es por eso que quieren despertarla —había dormido en una cama preparada al lado de su madre dentro del mismo hospital— con la sorpresa del Feliz Cumpleaños para luego entregarle el regalo. Pero la niña no despierta. Al parecer los mejillones que también había ingerido junto con su madre hicieron su efecto letal tardíamente. Sus padres horrorizados se dan cuenta de que está sin vida. A partir de entonces, tendrán que lidiar con ese drama personal que el director elide para conectarnos con la pareja tres años más tarde.

Es así que ahora vemos a Tobías y Elin por una ruta, en las afueras de Suiza, para ir a pasar unos días de campamento en el bosque. Un poco para curar las heridas de un duelo que los tiene algo distanciados y otro poco para tratar de encontrar un poco de felicidad a una vida que se les está presentando vacía y dolorosa. La comunicación entre ellos —que en la primera parte de la película era cálida y cómplice— se ha vuelto agresiva y fastidiosa luego de la muerte de su hija. A regañadientes logran instalarse en un claro del bosque en plena oscuridad. Un lugar desconocido —“solo se necesita un pedazo de tierra para acampar”, le dice Tobías a su esposa que está en completo desacuerdo con esa idea algo descabellada— que va a ser el escenario de sus futuras pesadillas.

Se despiertan en mitad de la noche, primero ella, luego él y aquí comienza una secuencia que se repetirá una y otra vez con resultados diferentes. En este sentido nos hace acordar a la película Hechizo del Tiempo (1993) de Harold Ramis, en que un mismo día se repetía infinitamente para el protagonista de la historia, Bill Murray. Aquí no es un día, es una hora como mucho, en donde serán atacados por Mop convertido en una figura siniestra y lasciva, por Sampo que ahora es un leñador de mirada torva y demente, por Cherry, quien les apuntará todo el tiempo con una pistola y por un perro que los morderá hasta matarlos una y otra vez. Cada vez que Tobías despierta de su pesadilla —una pesadilla que los involucra a ambos, pero que Elin desconoce y por eso se sorprende cada vez que su marido despierta asustado y quiere arrastrarla hacia la salvación— tratará de torcer el resultado de lo que va a ocurrir. No solo no logra hacerlo, sino que cada vez que vuelve a ese sueño espantoso el resultado es más espeluznante. Atrapados en ese bucle de tiempo, sus vidas parecen depender en hacer las cosas de a dos, sutil metáfora de lo que era su vida hasta ese momento, cada uno por su lado y en su propio mundo.

Paralelamente, Nhylom, nos deslumbra con una historia que se desarrolla a través de un teatro de sombras, un medio muy original para desarrollar la idea del duelo por la muerte de Maja. Esta historia dentro de la historia, retrata a una familia de conejos  —hechos con figuras de papel—  que se transforma en una gran metáfora sobre la pérdida y el desconsuelo que todavía sobrellevan en su vida diaria como una carga que no pueden sostener. Es así que a través de esta funcionalidad poética que se desarrolla entre sombras, la película nos da un respiro ante tanta carga ominosa que como una letanía se repite en ese claro de bosque.

En un reportaje, el director suizo dijo que su película es una historia oscura o una pesadilla irreal. Son las dos cosas. Y podría agregar algo más, es también un cuento de hadas fantasmal con leves toques del mejor cine de David Lynch —el maestro de ceremonias Mop, bien podrá haber estado en la serie Twin Peaks—, con un clima sádico e imprevisible de un Lars Von Trier o la simbología desmesurada de un Darren Aronofski, pero tamizado con la impronta de Nyhlom que le da una estética muy particular que, si bien abreva en todas estas referencias, logra crear algo novedoso.

Todo este cóctel de influencias producen un resultado exasperante, una película que dura solo noventa minutos pero que parecen mucho más por la tensión, el clima de asfixia y por la angustia que nos provoca la idea de imaginar el Infierno como una existencia en que la repetición del horror sería  infinita, como tan bien los describió Dante Alighieri en su “Divina Comedia”. Y mucho peor sería con una música para niños de fondo.

Funciones:

Lunes 8, Multiplex Belgrano 4 – 14.10 hs.

Miércoles 10, Gaumont 2 – 14.45 hs.