#BAFICI2019: Crítica de El diablo blanco, de Ignacio Rogers

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En los últimos años, varios realizadores han llevado a la pantalla relatos vinculados al terror en los que, de alguna forma u otra, se materializaban aspectos locales; ya sea por la recurrencia a situar las historias en contextos autóctonos (muchas veces rurales o de pueblos pequeños) o mediante la inclusión de leyendas o historias de circulación en espacios reducidos. Sírvase como ejemplo los casos de La araña vampiro (Gabriel Medina, 2012) o Los olvidados (Luciano y Nicolás Onetti, 2017). En El diablo blanco (2019), ópera prima del actor Ignacio Rogers, encontramos estas mismas características, insertadas en un modelo reconocible, identificable, “genérico”, lo que justifica su inclusión en la sección competitiva Vanguardia y género de este 21 BAFICI.

Cuatro amigos treintañeros (Ezequiel Díaz, Violeta Urtizberea, Julián Tello y Martina Juncadella) se toman unas vacaciones que los llevan por las rutas de los bellos paisajes tucumanos. En una de las primeras paradas llegan a un complejo de cabañas en cuyos alrededores se gestó una masacre hace decenas de años, de consecuencias inesperadas. La aparición de un extraño personaje será la clave para comprender qué pasó allí, por qué hay tantas cruces con fotos invertidas en los espacios circundantes y –sobre todo- por qué habría que huir en vez de quedarse. Una primera muerte es la señal de que los asesinatos bien podrían reactivarse; pero quien advierte esto (el personaje de Díaz, de alguna forma el “conductor” hacia las entrañas del misterio) no gozará de la credibilidad inmediata.

Rogers es consciente de con qué herramientas juega. La banda sonora reafirma su búsqueda por generar suspenso, algo que no encuentra en las secuencias de persecución su mejor inspiración. El diablo blanco tiene, como punto a favor, un acertado grupo de intérpretes y una fotografía que recupera lo mejor de los ambientes naturales sin caer en el maniqueísmo turístico. Como principal problema, encontramos la indecisión de jugar con las reglas del género de manera más fiel o bien apelar a una transgresión más marcada. En este caso, la mención a cuestiones locales no alcanza a aportar algún rasgo más distintivo. Por otra parte, el guión no explota de forma pormenorizada los déficits del grupo, juega todas sus cartas a la puesta en duda de lo que ocurre en la mente de uno de los personajes y de esta manera relega la ambigüedad a un segundo plano. En consecuencia, la película no es ni un ejercicio de estilo ni tampoco una suma de los mejores y más reconocibles elementos (ya sea del gore, del slasher, o del relato de terror a secas), debiendo contentar al espectador con algunos momentos de tensión que, al menos, le dan la adrenalina necesaria para llegar a un final de impacto.

Próxima función: Miércoles 10, Gaumont 2, 22:55