Entrevista a Cristian Palacios: “Hacemos teatro político por sus modos de intervención en lo social”

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Vientos del levante es una obra de la dramaturga española Carolina África, que se suma a la creciente colaboración que hay entre nuestro país y España en lo que concierne al teatro. Es una historia que aborda dos temas: el de la enfermedad, y el de los límites entre la cordura y la locura.

Cristian Palacios, director, escritor, actor e investigador, se ocupó de la adaptación y de la dirección de un texto cuya universalidad permite que sea significativo para cualquier público. Conversamos con Cristian quien, además de hablar de la obra, reflexiona sobre el teatro en general y sobre su función social horas antes del estreno.

Hace un tiempo se viene dando una cooperación interesante entre España y la Argentina a nivel teatral. ¿Cómo se da tu vinculación con esta obra y con el Centro Cultural de España en Buenos Aires?

La iniciativa nació del ciclo Dramaturgia Española Contemporánea del CCEBA (Centro Cultural de España en Buenos Aires) curado por Guillermo Heras, en el marco del cual realizamos el año pasado una lectura dramatizada de esta obra. A diferencia de otros años, en los que se convocaba a actores, el año pasado el CCEBA decidió convocar compañías. Ya en ese entonces decidimos seguir adelante con el proyecto y estrenar el montaje este año. El CCEBA nos dio su apoyo y nos permitió además vincularnos con la obra de una dramaturga a la que hasta entonces desconocíamos. Creo que la cooperación entre España y Argentina a nivel teatral es sumamente interesante, porque es una cooperación que se da por lo general entre iguales y no como en otros casos donde se da una suerte de importación de una forma de teatro gestada en Europa, como es el caso del vínculo con Alemania, por ejemplo. En el caso del intercambio entre Argentina y España, se trata realmente de una conversación interesantísima entre creadores y creaciones que se encuentran en un mismo nivel de calidad, compromiso y experimentación.

Leí un comentario tuyo acerca de la mayor virtud del teatro del siglo XXI, que es la de contar pequeñas historias, ¿qué implica esta afirmación comparando este teatro actual, por ejemplo, con los grandes clásicos?

Respecto de la idea de que una de las mayores virtudes del teatro actual es el de permitirnos contar historias, no solo pequeñas, sino también enormes tiene que ver con rescatar para el teatro contemporáneo el arte de narrar, un arte que no solo tiene que ver, como en el cine o en la televisión, con el hecho de tramar tramas y desarrollarlas a gusto, sino también con el modo en que se captura la atención de la audiencia en el aquí y ahora del espacio del tiempo. Siempre hacemos el chiste de que el teatro tiene la gran ventaja de que no se puede descargar pirateado de internet y ese chiste encierra una gran verdad, la del encuentro, el choque, la comunidad que se produce entre el espectador y el actor en el momento efímero del teatro. Es un arte de lo íntimo, predominantemente social, en el que se juegan, creo yo, los modos siempre problemáticos en el que nos concebimos a nosotros mismos. Respecto de los grandes clásicos del teatro, previos al siglo XX, ahí había una conciencia mucho menor, por no decir desdén (como en el famosísimo caso de Aristóteles) por la puesta en escena. Es decir, Shakespeare, Calderón, Lope, Moliere escriben tramas que tienen una gran potencialidad escénica, en las que el espectáculo per se es algo secundario respecto de esa trama que se desarrolla ante nuestros ojos. Desde el siglo XX en adelante, el teatro ya no es más ese género literario predominantemente mimético, sino que es principalmente el arte de la puesta en escena, el arte de dar cuerpo a esas historias. Es muy significativo en ese sentido el corrimiento del teatro más contemporáneo, el del siglo XXI, hacia formas narrativas no-miméticas, lo que algunos llaman narraturgia, que si bien siempre existieron (los prólogos en el teatro español del siglo de oro, por ejemplo) no tuvieron nunca el protagonismo que alcanzan en la escena actual

¿De qué manera planteás una puesta que acompañe una obra como esta en la que la sencillez y la profundidad van de la mano?

Vientos de levante es una obra que cuenta una historia sencilla, y la idea fue contarla sencillamente. Evité deliberadamente cualquier construcción escenográfica, no solo porque los cambios abruptos de escenario hubieran complicado el planteo escenográfico, sino porque quise que fueran los actores, con sus cuerpos, con sus gestos y su manera de hablar, los que situaran al espectador en cada uno de los ambientes donde la historia se desarrolla: un micro camino a Bahía Blanca, un hospital neuropsiquiátrico, una playa, una puesta de sol. Y si bien es una obra bien diferente de otras obras que he dirigido (la mayoría de dramaturgia propia), en eso conserva el sello de nuestros espectáculos que tratan de explotar el recurso por excelencia del teatro, que es el de la capacidad de evocar ambientes a partir de las actuaciones y la posibilidad de que un actor interprete, con los mínimos cambios, más de un personaje. O sea que el acento está puesto en las actuaciones y el resto de los recursos están al servicio de esas actuaciones.

¿En qué consistió la adaptación a nuestra realidad?

Principalmente se trató de pasar el original al castellano del Río de la Plata, quitar el neutro, los tiempos verbales, pero también adaptar a nuestra realidad sudamericana el espectáculo. Teníamos una ventaja: el levante en España es un viento que como nuestro viento norte tiene la fama de volver locas a las personas y el levante, además, viene también del norte. La obra original sucedía en un balneario aledaño de Cádiz, nosotros la emplazamos en Monte Hermoso, al sur de la provincia de Buenos Aires, que es el balneario aledaño a Bahía Blanca, donde el viento norte se hace sentir. Sucedió algo interesante con el carácter de uno de los personajes (¡alerta de spoiler!) del que termina develándose que es policía. Y ser policía en España es una cosa, pero en Argentina el policía tiene otro peso social, mucho más oscuro. Por lo demás la historia que se cuenta es un poco universal y en ese sentido da igual que suceda en España, Argentina o Colombia. Se adapta bien a casi cualquier latitud.

Sos uno de los fundadores de la Compañía Nacional de Fósforos y dirigís el Festival Internacional de Teatro Pirologías, ¿en un contexto de crisis como el actual, cómo se gestionan estos emprendimientos colectivos?

En momentos como estos, es justamente la grupalidad la que nos salva. Lo colectivo es lo que nos permite seguir haciendo y generando cosas. Sería mucho más difícil para mí lanzarme a producir un espectáculo del que es probable que, por más genial que sea, nos cueste mucho traer al público (la crisis impacta en la posibilidad para los espectadores de pagar una entrada directamente), sino estuviera sostenido por un proyecto más global. Después seguimos haciendo festivales y tratando de generar cosas, porque en cierta forma es la manera de sobrellevar la crisis y en cierta medida combatirla. Y es muy emocionante ver como eso impacta en las personas y se replica. Una vez escuché a un reconocido director nacional decir que el teatro no le cambia la vida a nadie. Seguramente el teatro que él hace no le cambie la vida a nadie. No es nuestro caso. Nosotros hacemos un teatro que apuesta por lo político en el sentido no de decir a quién tenés que votar o dejar de votar en las próximas elecciones (que también lo hacemos, a nuestra manera) sino mucho más con sus modos de intervención en lo social. A eso apostamos, aunque perezcamos en el intento.

Funciones: sábados a las 20 h; Dónde: Del borde Espacio Teatral; Dirección: Chile 630, CABA