#BAFICI2019: Crítica de “Spice it up”, de Lewis/Lewis/Thomas

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Spice it up (2018) —literalmente condiméntalo o dale chispa, según la traducción que vemos en la pantalla— es una de las primeras películas que abrieron la Edición 21 del BAFICI. Una historia realizada por tres directores canadienses —Lev Lewis, Yonah Lewis y Calvin Thomas— que se encuadraría en lo que comúnmente se denomina “cine dentro del cine”. Y es que de eso se trata.

Así como en su momento nos maravillamos con La película del Rey (1986) de Carlos Sorín, en donde nos adentrábamos en los entretelones y las peripecias de un realizador cinematográfico para llevar a cabo su primera película —la historia de un francés que se autoproclamaba el Rey de la Patagonia—, aquí también podemos encontrar dos narraciones en una. Por un lado la que lleva a cabo Rene (Jennifer Hardy), una estudiante de cine que trata de llevar a cabo una película para aprobar su Tesis Universitaria —titulada precisamente Spice it up— y por el otro, la historia que encierra ese proyecto: la vida de siete amigas inseparables que luego de reprobar los exámenes para ingresar a la secundaria, deciden alistarse en las fuerzas militares de Canadá.

La historia que plantea Rene va sufriendo cambios, agregados, derivaciones hacia un costado más político, hacia el misterio, hacia lo realmente absurdo y a veces, hasta lo estrafalario. Lo que ocurre es que la directora en ciernes —muy buena actuación de Jennifer Hardy— va encontrando obstáculos a medida que presenta los diferentes retazos de su proyecto. Su consejero, si bien le da buenas ideas para que su historia adquiera más coherencia y linealidad temporal, no es lo que ella espera escuchar. Una obra a la que quiere mucho pero a la que también empieza a transformar para que sea finalmente aprobada. Ya desde el mismo título Rene empieza a tener problemas con su proyecto. “Dale chispa a que”, le preguntan en un momento, a lo que ella no sabe qué responder.

Rozando la comedia —hay algunas escenas con mucho humor, eso sí, un humor muy sutil— y el siempre bienvenido  descubrimiento del work in progress que conlleva toda obra artística, Spice it up es una buena y refrescante historia; una historia —dos en realidad— en que podemos presenciar las vicisitudes que todo creador debe sufrir para llevar a cabo una idea. Sin ir más lejos, la quinta parte de La Flor (2018) de Mariano Llinás, que ganó el Premio Competencia Internacional en el BAFICI del año pasado, hacía el mismo planteamiento: cómo llevar a cabo una película, cómo capturar el sonido, cómo buscar escenarios para los exteriores, cómo compaginar, cómo editar, en fin, todo lo que se encuentra detrás de bambalinas y que nosotros como espectadores, desconocemos.

En ese sentido, este tipo de films, más allá de ser un merecido homenaje al cine como producto de orfebrería que requiere de miles de manos, es una disección al complejo y descomunal esfuerzo que requiere este tipo de arte. El de René, si bien es un humilde proyecto de tesis, podemos encontrar en él el germen que está presente en todos las producciones cinematográficas.

Como así también una denuncia palpable a la mirada comercial que prima por sobre el riesgo de elaborar una idea a contrapelo de lo establecido, una crítica a la adulteración de obras que no concuerdan con el mainstream, una fina ironía sobre la incorporación de elementos que están de moda para que sea más digerible al público o la lisa y llana eliminación de todo lo que implica una ruptura a lo que, supuestamente, el público no está en condiciones de apreciar o entender.