#BAFICI2019: Crìtica de Claudia, de Sebastián De Caro

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Miercoles 3 de abril, fuera del Gaumont la convocatoria realizada por un conjunto de entidades y organizaciones de cine tuvo una discreta presencia en la puerta de la inauguración del 21BAFICI. Los lemas #Endefensadelcineargentino y  #NoAlVaciamientoDelCineylaCultura habian circulado con fuerza durante el da anterior y son los que siguen circulando hoy para poner atención a la grave situación que atraviesa el sector, tanto en la producción como en la distribución como en la exhibición. Contra el recorte y la censura. “Sigamos la pelea por un INCAA al servicio del cine independiente nacional. Vamos por una asamblea abierta de la comunidad audiovisual.” 

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Mientras tanto, dentro de la sala comenzaba una desangelada presentación oficial para  esta muy polèmica 21 edición del BAFICI, que dio rápidamente lugar a la exhibición en premiere de la última película del realizador argentino Sebastiàn De Caro, Claudia.

Si partimos de la idea significativa que en todo Festival (incluso en los de menor jerarquía), una película de apertura debe marcar de alguna manera cierta temperatura de la programación de ese Festival, con Claudia estamos en problemas. El director del BAFICI, Javier Porta Fouz, la presentó como una película inusual, y pienso que si los amigos del Festival de Cine Inusual la hubiesen programado como película de apertura, quizás hubiera sido un boom. Pero en BAFICI no: el tono que tiene Claudia no se mueve como pez en el agua, sumado a que ese fuera de registro está más dirigido hacia algo bizarro que convence poco.

La Claudia del tìtulo, encarnada por Dolores Fonzi, lejos lo mejor que propone esta película, es una wedding planner con look de azafata de aviòn, obsesiva y perfeccionista que cuando reemplaza a una compañera de trabajo en la organización de una boda, reorganiza la fiesta y la ceremonia religiosa con cambios que, tanto la familia como la empresa organizadora, comienzan a reclamar.

El espacio es una casona de fin de siglo XIX principios del XX de las que suelen encontrarse en zonas ricas del conurbano bonaerense, donde sucede lo que desde el guión se plantea como una serie de extrañas situaciones pero que en realidad es una inconexa sucesión de eventos, que en realidad no tienen demasiado asidero.

La novia no quiere casarse, el padre de la novia tiene otros intereses que no son precisamente románticos, el novio es algo especial, algunos amigos y parientes son sospechosos de un complot que se irá desenredando con el correr de los minutos. Así, la actitud detectivesca de Claudia se alternarà con sus reflexiones sobre ideales de actitudes en la vida, sobre el amor y la muerte.

En el principio, la muerte de su propio padre parece movilizar algo de la dureza con la que Claudia suele enfrentar las cosas; el corte entre ese momento y el tema central de la película que es esta boda bueñuelesca (seria demasiado adjetivo quizás) donde principalmente se altera el orden impuesto de Iglesia-Fiesta por el de Fiesta-Iglesia, es bastante rotundo, y podría haber sido mejor explotado. Eso sì, el funeral del comienzo tendrá un cierre hacia el final.

La extravagancia puede ser una marca autoral, en Claudia hay algo que ni siquiera alcanza esa categoría: un tema entre obvio y absurdo, una fiesta con 12 invitados (no eran 60??), un jardín con dos autos en la puerta, un show de tango payasesco improbable, situaciones que no conducen a ninguna parte. En medio de todo eso, Dolores Fonzi hace un personaje que sale al salvataje. Pero no mucho màs.