Encuentro con Samanta Schweblin: “La literatura es absolutamente visual”.

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La autora de las novelas Kentukis y Distancia de rescate, que se filma en Chile producida por Netflix, y nominada al Man Booker Prize por su libro de cuentos Pájaros en la boca, fue entrevistada por Cecilia Szperling en el Festival Leer de San Isidro.

“No son mascotas, ni fantasmas, ni robots”, se dijo de ellos, los Kentukis, al momento de la aparición del último libro de la escritora argentina samanta Schweblin, que lleva ese nombre. Una máscara de kentuki conejo presenció desde el centro del escritorio la charla que mantuvieron la autora con Cecilia Szperling el último sábado, uno de los grandes atractivos de la segunda edición del Festival Leer, Literatura en el río, realizado el 16 y 17 de marzo en el Centro Municipal de Exposiciones de San Isidro.

En un auditorio repleto de interesados en ver y escuchar de cerca a la novelista y cuentista argentina radicada en Berlín, consultada acerca de cuál fue el germen de los kentukis, Schweblin contó cómo la idea de estos dispositivos tecnológicos con cámaras internas que algunas personas adoptan en sus casas, mientras otras los manejan desde puntos alejados del planeta, surgió a partir de un trabajo de escritura a cuatro manos. “Estábamos haciendo con Claudia Llosa el guión de Distancia de rescate y me la pasaba trabajando cinco o seis horas por día a través del Skype, ella en Barcelona y yo en Berlín”, contó Schweblin en referencia a la tarea de adaptación de su novela anterior a película, que se filma actualmente producida por Netflix y dirigida por la realizadora peruana, con quien escribió el guión. “Cuando terminaba el día yo me quedaba sola en el living de mi casa y pensaba: ¿Será todo un invento? ¿De verdad hice cosas, de verdad trabajé con alguien? Era estar conectadas pero a la vez no estarlo. Además todo lo que hace Claudia es muy interesante, mientras está escribiendo un guión está haciendo otra cosa, y yo quería mover la cámara. De pronto se iba y quedaba el living solo, yo quería mover mi Skype apenitas a la derecha”.

En cuanto a la tecnología, Schweblin confesó que, como lectora, descubrió que se trata de “un problema enorme” para la literatura. “Cualquier texto en el que empiezan a nombrar demasiados teléfonos, códigos, pareciera ser una novela tech o futurista, cuando en realidad nuestra vida está rodeada de todo eso. Entonces es como que hay tecnología hipernaturalizada, con la que nos movemos sin hacernos preguntas acerca de lo maravillosa y lo terrible que puede ser a veces”, expresó, y agregó que sin embargo, al llevar estas temáticas al papel, el resultado parece ser una novela de ciencia ficción. “Creo que la literatura es un espacio en el que nos pensamos, nos probamos, nos ponemos límites y nos hacemos muchas preguntas, pero me parece que todavía falta pensar al respecto de la tecnología. Avanza más rápido de lo que la literatura puede ir pensándolo”, reflexionó la autora.

Schweblin contó también que durante el proceso de escritura de Kentukis realizó “un casting de personajes”, hasta seleccionar los que finalmente quedaron en la novela, y otro de ciudades. “Por ejemplo, la ciudad donde está Alina, que es Oaxaca, es una ciudad donde yo misma viví tres meses en una residencia de escritores. Y esa residencia es central. Geográficamente se mueve en un recuerdo mío muy amplio, lleno de detalles y cosas para contar. Y después surgieron ciudades a las que nunca fui, como Surumu, que queda en el límite entre Brasil y Venezuela, que tenía que ser esa ciudad, porque contaba el problema del tráfico entre personas entre esos dos países”.

Un conflicto con el que se encontró, contó la autora fue la diferencia horaria que mantenían los personajes con sus respectivos kentukis, que en algunos casos eran de 8 o 9 horas. “Estuve haciendo mucho relevamiento en Goggle Earth pero también entré a redes sociales y a su vez empecé a contactar gente. En un lugar de Noruega contacté a un tipo que tenía una ferretería a la vuelta de una de las escenas. Entonces le conté todo y le hice preguntas, por ejemplo: Si yo tengo un muñeco con ruedas que está circulando por la calle, ¿puede subir la vereda en la esquina tal? Y él me decía: Mañana te lo contesto. Después me decía: Yo creo que sí, se puede. Como en Goggle Earth están las fotos de la gente que vive por ahí y sacó las fotos, entonces mucha gente se prendía. No sé si las ciudades que no conozco se reflejan en el libro como son, pero sí hay una cosa del verosímil y de lo que la gente dice cómo son esas ciudades. Ante las consultas casi todas las personas te responden, tuve mucha suerte con eso. A cualquier usuario le preguntaba y estaba disponible”.

Ya en referencia a Distancia de rescate Szperling quiso saber cómo fue el proceso de escritura del guión de la película basada en la novela, “más que nada porque mucho de lo que conmueve en la lectura tiene que ver con todo el dispositivo sensitivo y sensorial”.

“Vamos a ver qué pasa”, respondió Schweblin. “Fue un gran trabajo, nos llevó casi un año. Y los desafíos más importantes me parece que tenían que ver primero con un tema de voz en off, para entrar en código cine. La novela es un diálogo entre dos personas. Y no queríamos perder esa voz, no queríamos perder a David diciendo Esto no es importante, hay que volver al jardín. Nos parecía que si no estaba eso se desarmaba todo. Pero la voz en off es muy peligrosa en el cine. Cansa, distrae al espectador, que está en otro código. Entonces lidiar con eso es todo un tema. Porque no perdimos la voz en off. Y el otro desafío es que es una novela que aunque parece ser muy visual creo que en realidad lo visual es lo que se construye en la cabeza del lector. La novela es muy abstracta. De hecho físicamente no sucede en ningún lado. Ya eso es un problema, porque hay que pensar dónde están parados los personajes. Llevar todo eso a un espacio concreto, material, como es el del cine, fue buenísimo. Aprendí muchísimo”.

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La autora se refirió al carácter “absolutamente visual” de la literatura. “Me extraña cuando se dice este autor es muy visual y el otro no porque la literatura trabaja todo el tiempo con eso. Si yo les digo por ejemplo ahora Los zapatos de tu madre están sobre la almohada, todos eligieron un par de zapatos. Y eso es lo más maravilloso que tiene la literatura. Y esos zapatos que eligieron saben cuánto pesan, saben si son de cuero o no, saben si son los zapatos de su madre o son unos que se quisieron comprar y no pudieron, cómo huelen. Esa imagen que invoca la palabra es única en ustedes y eso es lo que la hace tan visual. Cuando pasás eso al cine vos tenés que elegir ese único par de zapatos. Y la conexión emocional que tiene el espectador acaba de empezar con ellos, hay que construirla. En realidad es lo más concreto y lo único a lo que no podés renunciar, eso es lo que es sagrado. Cómo llego a este estado emocional puntual, particular, único pero desde un lenguaje completamente distinto”.

Ante un auditorio que seguía su relato en silencio y con total atención, la autora compartió una revelación: “Durante mucho tiempo yo pensé que lo importante para mí era lo argumental. Tenía una imagen, me la pensaba un montón, y ahí pensaba cómo contarla. Y ahora con el tiempo me doy cuenta de que no funciona así. Cuando hice ese click me ayudó un montón en la escritura. Es algo muy personal, en realidad lo que me pasa es que tengo como un dolor emocional muy, muy ajustado, no es cualquier cosa. Cuando entendí que lo único importante en el texto era esa emoción final, que la estaba sacando de adentro mío y se la estaba dando al lector, me dio una libertad enorme. Porque me di cuenta de que todo lo demás lo podía destruir y cambiar hasta llegar a ese lugar. Y ahí me desaté de todo, dejé de tener esa relación a veces tan complicada de enamorarte de lo que escribís y aceptar lo que no sirve y tirar, como que todo perdió su peso. Para mí fue muy revelador. Ese sentimiento es como que me muerde alguna parte del cuerpo y ahí queda hasta que me lo saco de encima”, contó Schweblin y provocó una ovación de los espectadores.

Szperling celebró también la belleza del secreto compartido y quiso saber si la autora había podido presenciar parte de la filmación de la película –que se realiza en Chile con los papeles protagónicos a cargo de la actriz española María Valverde y la argentina Dolores Fonzi- y qué sensaciones le había provocado.

-Vengo del set, estuve allá hace unos días, fue muy impresionante- relató Schweblin. – Porque supongo que siempre que un escritor hace una adaptación de un libro el guión implica una relectura, no tiene por qué ser igual al libro. Pero claro, como escribimos el guión a cuatro manos, del guión a la peli no hay distancia. Es ajustadísimo. Entonces vi las imágenes y me quería morir. Incluso estando en el set, lo más loco, lo que más me consternaba y me tenía alucinada fue ver a cincuenta, sesenta personas trabajando cada una en una cosa específica, poniendo un amor en eso pequeño que le tocaba a cada uno, a partir de una historia que una se inventó una tarde de la nada. Y eso llevado a un extremo: cuando a mí se me ocurrió que ese personaje se llamara Amanda o Carla hubo un azar enorme en eso. O no, no lo sé, pero es caprichoso. Y en el set por ejemplo pasaba el continuista preguntando ¿Dónde están las ojotas de Carla? Y Carla pasaba por atrás con su bikini dorada, porque tenía que ir a ducharse, y era una sensación similar a la de la isla de Morel. Vos te imaginaste algo y sucede, sigue sucediendo como reflejo de eso.

– Sigue sucediendo porque ya está impreso- consideró Szperling, quien también reflexionó sobre la obra de la entrevistada: “Es interesante cómo se va armando la maquinaria la literatura tan visual como vos decís y a la vez vas proyectándole al mundo real por ejemplo Kentukis o la frase Distancia de rescate, yo creo que en la literatura pasa como con Un cuarto propio (de Virginia Woolf), que tal vez nadie leyó, pero sí se sabe qué quiere decir, o la magdalena de Proust, que quizás nadie leyó los siete tomos (de En busca del tiempo perdido) pero sí hay una idea de lo que evoca. Es decir, cómo vas acuñando ideas que toman vida por fuera de tus libros”. Después preguntó a la autora qué sentía ante la reciente nominación de su libro Pájaros en la boca al Man Booker Prize, destacando que entre los títulos finalistas es el único libro de cuentos, que además bordea géneros como el fantástico o la metafísica, y la ubican en relación con la literatura argentina. Y citó a Rodrigo Fresán –presente en la sala luego de su presentación en la conferencia anterior- quien en una oportunidad se había referido a la presencia del género fantástico en el canon literario argentino, en las obras de Borges, Bioy Casares, Cortázar o Silvina Ocampo.

“Con la nominación al premio estoy muy contenta, por supuesto, pero creo que el hecho de que sea un libro de cuentos es maravilloso. Es muy raro ver un libro de cuentos ahí. Y creo que también eso abre puertas, sienta precedencia. Un cuarto de los nominados es latinoamericano, además, y la mayoría son mujeres. Creo que hay una longlist que está diciendo muchas cosas, es muy interesante. Sí estoy de acuerdo con lo que dice Fresán. Para mí cualquier gran autor argentino ha sido sobre todo un buen cuentista. Borges, Cortázar, Antonio di Benedetto, Bioy Casares. Tenemos enormes cuentistas”.

“No solo son grandes cuentistas sino que es la única literatura en español seguro y en el planeta tierra seguro y en la galaxia en la que el 99,9 por ciento de sus autores canónicos bordearon el fantástico o lo extraño”, agregó el escritor radicado en España desde el sector ubicado al costado del escenario en el que presenciaba la charla.

– Todo eso ya lo sabíamos, lo que nos estamos preguntando es por qué- planteó Schweblin entre risas.

– La realidad argentina es tan agobiante que hay una tendencia casi refleja a buscar lo fantástico- respondió Fresán provocando otro gran aplauso del público.

Casi sobre el final del encuentro, la escritora contó que antes de instalarse en Berlín los espacios en donde ella vivía aparecían desdibujados en sus textos, pero todo cambió con la distancia.

“Al llegar a Berlín vuelvo a la ciudad por primera vez, y en el libro Siete casas vacías, que es en lo que trabajaba en ese momento, aparecen las calles y las avenidas de Buenos Aires, el mate, cosas que pueden sonar a lugar común pero era adonde yo quería ir.  Me acuerdo por ejemplo cuando escribí el cuento Salir, que el personaje baja a la avenida en la noche y camina por Corrientes hacia Chacarita, en bata, con el pelo húmedo. La sensación, el placer de salir a caminar por Buenos Aires caluroso, sentir el subte pasando por debajo, todas esas cosas que para mí antes no importaban aparecieron en los textos.

Aprovechando las referencias geográficas, Szperling quiso saber si la autora de Pájaros en la boca tiene pensado volver a Buenos Aires o si va a quedarse definitivamente en Berlín.

-No sé contestar bien esa pregunta porque no lo sé yo misma. Estoy en Berlín, muy contenta, muy cómoda. A veces cuando me preguntan por qué vivo ahí doy respuestas como románticas, “Es tan amplio, pluricultural, tengo muchos amigos de toda Latinoamérica”. Hay una realidad mucho más cruda y que hasta siento culposa desde allá y es que yo en Berlín tengo tiempo para escribir. Mi trabajo vale más, compro más tiempo libre, que es carísimo. En Argentina no me alcanzaba el dinero para comprar ese tiempo. Lo digo con culpa porque hablo a diario con amigos escritores y me doy cuenta de lo que luchan para comprar ese tiempo libre. Es una guerra terrible, injusta, tristísima. Allá yo tengo tiempo. Y eso es impagable. Y hay libertad también. Por ejemplo: cuando me fui a Berlín y empecé a salir en la noche sola me di cuenta de que yo quería tener el derecho de quedarme hasta las tres de la mañana con amigos y volver sola en bicicleta de noche y cruzar uno de los parques más peligrosos de Berlín. Era un derecho, y lo puedo hacer. (Aplausos). Como ciudadana. Pero bueno, cuando escribo soy una escritora argentina escribiendo desde Berlín, lo siento absolutamente así, este sigue siendo mi mundo y aunque estoy cómoda allá no siento que sea una ciudad donde me quedaría para siempre. Estoy pasando por ahí.

-Dijiste lo de cruzar libremente el parque a las tres de la mañana- intervino Szperling- y no puedo no contar que cuando hicimos con Claudia Piñeiro la carta para presentar en Diputados para que aprueben y apoyen la Ley de la IVE (Interrupción Voluntaria del Embarazo) Samanta creo que fue la primera firma y la primera foto que recibimos. Así que quiero agradecerte- dijo la entrevistadora y el público lo celebró.

– Ese aplauso está equivocado, porque es muy fácil desde afuera ponerte el pañuelo y sacarte una foto; las que pusieron el cuerpo y lo siguen poniendo en las marchas son ustedes- devolvió la autora.

– Lo que mostró de vos fue una increíble conexión y sensibilidad. Fue muy hermoso- cerró Szperling la charla sorora, amena y profunda, muy celebrada por quienes se acercaron hasta el auditorio ubicado a orillas del Rio de la Plata en esa soleada tarde de fin de verano.

Fotos Gentileza de Festival Leer de San Isidro, Ph: Carlos Furman