Crítica de “El Cisne”, de Asa Helga Hjöleifsdóttir

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Basada en la novela del poeta, novelista y traductor Guobergur Bergsson, la directora islandesa Asa Helga Hjöleifsdóttir, realizó un filme —opera prima, para mayor dato— de una belleza deslumbrante, propia de este tipo de películas ambientadas en escenarios naturales de la región nórdica, pero sin descuidar la trama, la narración y el folclore nacional en cuanto a leyendas, fábulas y la mitología que, como un hilo conductor, atraviesa toda la historia. El gran escritor Milan Kundera dijo sobre esta obra de Bergsson: “El enigma de la edad: Nueve años. La frontera entre la infancia y la adolescencia. Jamás he visto esta frontera mejor expresada que en esta novela”. Podemos decir que Hjöleifsdóttir lo ha logrado plasmar en El Cisne (Svanurinn, 2017), un film realmente maravilloso.

La pequeña Sól (Grima Valsdótir) es trasladada a la casa de unos tíos de su madre para que pase unas semanas en contacto con la naturaleza y la vida rural. Esta estadía forzada se debe a que Sól, al parecer, ha robado algo que nunca sabemos qué es ni el cómo ni el por qué. “No pareces tener ojos de ladrona”, le dice su tía cuando llega a esa especie de confín en donde la majestuosidad de las montañas parece avasallarlo todo. Nunca más nadie habla del tema, pero al parecer Sól tiene algunos problemas de conducta, como el de socializar, por ejemplo. “Eres rara”, le dicen en más de una oportunidad. Y esa especie de extrañeza que siente hacia los demás, las traslada a su entorno: las praderas, los caballos y los lagos se convierten en su compañía; una compañía que se acrecienta con la llegada de un huésped que comparte su habitación porque la suya no está en condiciones; un huésped que no solo ayuda en las tareas rurales y que se convirtió en una presencia rutinaria dentro de esa familia distante y apegada a las viejas costumbres, sino que además es escritor.

Y es aquí en que los mundos de Sól y de Jon (Thor Kristjansson), se imbrican a través de la contemplación, la imaginación y la soledad. Se hacen amigos y confidentes y, a pesar de la diferencia de edad —Sól tiene 9 años— su amigo escritor le da lecciones de vida de una belleza poética pocas veces vista. No solo le regala sus cuadernos en donde año tras año fue retratando la vida de ese paraje idílico y a la vez salvaje e indiferente —como la vida de sus propietarios: Karl (Ingvar Eggert Sigurosson) y Ölof (Katla Pogeirsdóttir)— sino que después de un beso que deja atónita a la pequeña Sól, le dice: “ahora eres solo una niña, pero cuando crezcas y te cases y tengas hijos y lleves un matrimonio rutinario que se desgasta con el tiempo y al que tratas de salvarlo sin lograrlo, siempre te acordarás de este beso con gusto a tabaco que tuviste en un establo en la casa de tus tíos, y ese será el recuerdo más dulce y hermoso al que volverás una y otra vez como una tabla de salvación”.

El desbalance de este equilibrio será roto ante la llegada de la hija de Karl y Ölof. Proveniente de Berlín, se instala en la casa de sus padres para descansar después de haber ido a rendir unos exámenes en la Universidad. Ásta (Puriour Blaer Jóhannsdóttir), es la imagen de la modernidad, en contraposición a la imagen de la bohemia de Jon y la imagen de la inocencia de Sól. También hacia la actitud intransigente de sus padres que llevan adelante su granja con métodos de producción propios dela Edad Media.

La cineasta islandesa amalgama todas estas cuestiones de manera inteligente a través de la metáfora y de la mitología —muy profusa y profunda como la islandesa— en una voz en off que cuenta la historia de un monstruo que vive en los lagos y que convertido en cisne arrastra al desprevenido para mirarlo a los ojos y mostrarle quién es realmente. Un cisne que se le aparece a la pequeña Sól y que puede verse como una bisagra en su caótico y confuso pasaje de la niñez a la adolescencia. El cisne actuando como metáfora de ese paso tan conflictivo.

En el medio de la historia hay dolor —cuando Ásta decide interrumpir un embarazo no deseado de alguien que desconoce— y que Jon, quien se siente atraído por esa joven que va y viene mientras él escribe y trabaja en la casa de sus padres, le confiesa a Sól: “Sería muy fácil seducirla ahora, diría que sí a cualquier cosa. El dolor la convirtió en un ángel”; el sacrificio de un ternero al que Sól ayudó a nacer y por quién llora desconsoladamente aferrándose a su cuello, “es momento en que empieces a aceptar cómo son las cosas”, le dice su tío o cuando después de una fiesta en el pueblo, Ásta decide terminar de manera radical con la vida de Jon teniendo a la propia Sól como testigo.

Una Islandia que sobrecoge por sus paisajes bucólicos, pero que también esconde su lado abrupto, cruel y tan inaprensible que al parecer solo los dioses escandinavos podrían hacer uso de esas tierras tan maravillosas; nosotros, simples mortales, nos dejamos encantar con sus praderas siempre verdes, sus picos nevados y sus ríos transparentes, solo que siempre parece haber un monstruo mitológico acechando detrás de tanta maravilla.

Una maravilla  que es retratada de manera sublime por la fotografía de Martin Neumeyer y que la directora aprovecha al máximo. Como así hizo con la pequeña Grima, que a partir de simples gestos nos regala una actuación tan real y contundente como la de ese cisne blanco que le proporciona, como si de un viaje iniciático se tratara, una vuelta a su casa totalmente transformada.