Crítica de “Fortunata en el jardín de las delicias”, de Judit A. Gutiérrez: teatro para la niñez

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No estamos acostumbrados a leer teatro, y menos teatro para chicos y chicas. Más allá de los clásicos que se siguen reeditando, las nuevas obras que se producen pocas veces pasan al libro. Fortunata en el jardín de las delicias es, en ambos sentidos, una obra atípica. La denominación de “teatro para la niñez” resulta, además, acertada porque saca este género de ese lugar secundario en el que queda ubicado a partir de ciertas producciones que atienden más a lo comercial.

Judit Anabela Gutiérrez es una joven actriz y directora. Al comienzo del libro, habla de su llegada a la escritura y se define como escritora: “Se me ocurren historias para contarles a los adultos e historias para contarles a los niños. Cuando hago foco en la infancia, aparece ante mí un mundo luminoso, ese mundo en el que todo puede ser mejor, uno en el que nada está perdido, porque todo está por hacerse…”.

Escribir para ese público tan abstracto que es la infancia siempre fue difícil porque se mezclan varias finalidades: entretener, enseñar, educar, invitar a la reflexión. ¿La literatura infantil tiene que enseñar algo?, ¿es necesario educar a través de un libro? Las respuestas no son obvias. Durante mucho tiempo, leímos cuentos o asistimos a obras teatrales en las que cada línea y cada parlamento destilaban un mensaje y una enseñanza de manera explícita. Al chico y a la chica había que educarlos como fuera. Sin entrar a fondo en esta discusión que aún hoy está en vigencia, pensamos que la literatura infantil puede enseñar o educar a través de un texto que estéticamente sea valioso y que ponga como eje la función poética que lleva al goce de aquel que la disfruta.

En Fortunata…, hay una anécdota simple que parte de unos juguetes que pierden a sus dueños: Fortunata y Coco, los muñecos de trapo; Felpa, el conejo de peluche; Robi, el robot de madera, inician una aventura, un viaje iniciático que los llevará a conocerse más a sí mismos, pero también a aprender a relacionarse con los otros. Lo bueno de Judit Gutiérrez es que su obra tiene una gran profundidad: habla del amor, la solidaridad, la comprensión, la generosidad y la amistad sin dejar de valorar la palabra como hecho estético. Entonces, abundan los juegos de palabras, las rimas, la musicalidad: “Fortunata: ¡Espérame, co… conejo! Voy a viajar / sentada aquí no me voy a quedar, / hoy es el día en que valiente seré / ya es hora, Fortunata. ¡Creceré!”.

La obra, además, trabaja la intertextualidad con Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll ya desde el personaje del conejo que anda con su reloj a cuestas, pero también a partir de cruces más sutiles. En ambas conviven humanos, animales y objetos que cobran vida, y ambas se ubican en una realidad que nos obliga a dejar de lado la lógica habitual de tiempo y espacio, y entrar en un mundo simbólico que apela directamente a la imaginación como parte esencial de nuestra vida. Entonces, el jardín por el que transitan los personajes se puede convertir en un río y una simple araña en un monstruo del que hay que huir.

Fortunata en el jardín de las delicias es una obra que también podemos leer los adultos porque todos podemos realizar el mismo viaje que los personajes, que no es más que el viaje de la vida misma en el que, como dice María Mercedes Sanz en su excelente prólogo, finalmente encontraremos nuestra propia epifanía.

Fortunata en el jardín de las delicias, Judit Anabela Gutiérrez, Nueva Generación, 2018, 74 págs.

La obra está ilustrada por Anabel Piñeiro y se estrenó el 18 de julio de 2018 en el Teatro Argentino de Mercedes, provincia de Buenos Aires.