Crítica de Belmonte, de Federico Veiroj

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La solidez formal y cinematográfica de Belmonte, film uruguayo de Federico Veiroj (El apóstata) que pudo verse en 2018 en competencia oficial en el Festival de  Mar del Plata, es notable. Su historia, más cerca de la no-historia, gira en torno a la insatisfacción existencial de un artista de mediana edad, separado de su mujer, y con una niña de 6 años a quien le dedica buena parte de su tiempo.

En el inicio de la película, Belmonte, con nombre de noble italiano le vende dos cuadros a un tal sr Conde. Hay algo paródico en esa alusión a la nobleza, tal vez la nobleza del arte y las pinturas (las que se ven en el film son del propio protagonista, el pintor Gonzalo Delgado) de las que Belmonte vive, vendiéndolas a buen precio. Las intrigas palaciegas siguen en la inquietante escena de la esposa de Conde o las funciones de música clásica en el Teatro Solis donde su padre se encuentra furtivamente con un joven hombre.

Aunque el artista torturado es un tema fatigadísimo, Veiroj se apropia con solvencia de esa referencia romántica para hacer una historia contemporánea en la Montevideo actual. Al artista no le va mal, próximamente inaugura una muestra en el Museo más importantes de la ciudad. Pero no alcanza.

Parece algo pasada de moda esa peletería que los padres del protagonista están dejando a su hijo mayor, ¿quién vende pieles de zorros marroquíes hoy día?. Pero, recuerde el lector que estamos en Uruguay y ese tono vintage es atendible.

Pequeños elementos van dando lugar a la incertidumbre y una cierta alteración de la experiencia asoma en este personaje, hecho a la medida del actor. Por ejemplo, ese hombre misterioso escucha radio en la rambla mirando el rio, y luego desaparecerá.

Con un diseño sonoro que acompaña el proceso interno del personaje que utiliza desde música clásica, a Gardel o Masliah, Belmonte es una propuesta muy atendible del cine uruguayo actual.