Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia

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Hoy 24 de marzo, se conmemora el Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia en ocasión de un nuevo aniversario del golpe militar de 1976.

Compartimos fragmentos de tres textos que remiten a esos años en los que gobernó el terror: Informe de una misión de Amnistía Internacional a la República Argentina, 6 al 15 de noviembre de 1976; Carta abierta a la Junta militar, de Rodolfo J. Walsh, secuestrado un día después de escribirla, el 25 de marzo de 1977; y el prólogo del libro Nunca más, informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) entregado el 20 de septiembre de 1984 al presidente Raúl Alfonsín.

Informe de una misión de Amnistía Internacional a la República Argentina, 6 al 15 de noviembre de 1976 (fragmento de las conclusiones)

Después del golpe de Estado en marzo de 1976, el General Videla de­claró que el gobierno militar había llegado al poder “no para pisotear la libertad, sino para consolidarla; no para tergiversar la justicia, sino para imponerla”. Pero la legislación aprobada desde la fecha del golpe ha so­cavado progresivamente la libertad individual y numerosos miembros de las fuerzas de seguridad han pisoteado lo que aún queda de ella. Se ha pervertido doblemente a la justicia, por imposición de leyes que contra­vienen la Constitución y por la renuencia de las fuerzas de seguridad a reconocer toda ley.

El Estado de Ley marcial que está en vigencia actualmente priva a to­dos los ciudadanos en la Argentina de los derechos políticos y civiles más fundamentales, sus garantías constitucionales. En la práctica, esto significa que por mera sospecha de subversión, un ciudadano puede ser arrestado o secuestrado, detenido en calidad de incomunicado por un largo período, torturado y aun muerto. El ciudadano carece de salva­guardia legal alguna contra estas medidas y, si sucede que es puesto en libertad, no puede alimentar esperanza alguna de desagravio legal.

Desde el golpe, han quedado suspendidas garantías constitucionales fundamentales; entre ellas, el importante Derecho de Opción que en la actualidad queda –inconstitucionalmente– a discreción del Poder Eje­cutivo. Se han creado consejos de guerra para todos los delitos que ata­ñen a la subversión; se han concedido a la policía poderes absolutos de arresto y detención. Además, muchos de los decretos de la Junta Militar liberan a la policía y las fuerzas armadas de toda responsabilidad legal, en el caso de que personas inocentes de cualquier participación o inten­ción subversiva resulten detenidas, heridas o muertas.

La suspensión oficial y la inobservancia extraoficial de derechos legales fundamentales han tenido resultados alarmantes. Desde el golpe ha aumentado el número de prisioneros políticos; más de las tres cuartas partes de estas personas están detenidas a disposición del Poder Ejecu­tivo: jamás se les han formulado cargos; jamás han estado bajo proceso, y pueden permanecer detenidos indefinidamente. A pesar de que, de acuerdo con la Constitución, no se permite que tales prisioneros sean castigados, se les mantiene detenidos en condiciones punitivas. Existen pruebas de que muchos han sido objetos de maltrato durante traslados y que –como hecho corriente– la mayoría de ellos han sido torturados. Con frecuencia, se aplica tortura a personas que no han sido arrestadas oficialmente, sino simplemente secuestradas extraoficialmente. El núme­ro de secuestros ha ido en aumento desde el golpe de Estado. Resulta poco menos que imposible a amigos y familiares verificar el paradero de personas desaparecidas, aunque en muchos casos, terminan por descu­brir que la persona desaparecida ha muerto.

La negligencia en materia de derechos humanos en la Argentina resul­ta más alarmante aún pues no tiene fin alguno previsible. Según lo esti­pulado en la Constitución, el Estado de sitio sólo puede ser declarado por un período específico de tiempo; sin embargo, ni el actual gobier­no, ni el anterior, han fijado alguna vez límite alguno. En consecuencia, los ciudadanos de la Argentina se enfrentan a un período indefinido de tiempo sin garantías constitucionales; quienes se encuentran en deten­ción preventiva corren el riesgo de encarcelamiento indefinido.

Carta abierta a la Junta militar, 24 de marzo de 1977 (fragmento)

El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron.

Ilegítimo en su origen, el gobierno que ustedes ejercen pudo legitimarse en los hechos recuperando el programa en que coincidieron en las elecciones de 1973 el ochenta por ciento de los argentinos y que sigue en pie como expresión objetiva de la voluntad del pueblo, único significado posible de ese “ser nacional” que ustedes invocan tan a menudo.

Invirtiendo ese camino han restaurado ustedes la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivas, explotan al pueblo y disgregan la Nación. Una política semejante sólo puede imponerse transitoriamente prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina. (…)

Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio.

Nunca más, 20 de septiembre de 1984, (fragmento del prólogo)

De la enorme documentación recogida por nosotros se infiere que los derechos humanos fueron violados en forma orgánica y estatal por la represión de las Fuerzas Armadas. Y no violados de manera esporádica sino sistemática, de manera siempre la misma, con similares secuestros e idénticos tormentos en toda la extensión del territorio. ¿Cómo no atribuirlo a una metodología del terror planificada por los altos mandos? ¿Cómo podrían haber sido cometidos por perversos que actuaban por su sola cuenta bajo un régimen rigurosamente militar, con todos los poderes y medios de información que esto supone? ¿Cómo puede hablarse de «excesos individuales»? De nuestra información surge que esta tecnología del infierno fue llevada a cabo por sádicos pero regimentados ejecutores. Si nuestras inferencias no bastaran, ahí están las palabras de despedida pronunciadas en la Junta Interamericana de Defensa por el jefe de la delegación argentina, General Santiago Omar Riveros, el 24 de enero de 1980: «Hicimos la guerra con la doctrina en la mano, con las órdenes escritas de los Comandos Superiores». Así, cuando ante el clamor universal por los horrores perpetrados, miembros de la Junta Militar deploraban los «excesos de la represión, inevitables en una guerra sucia», revelaban una hipócrita tentativa de descargar sobre subalternos independientes los espantos planificados.

Los operativos de secuestro manifestaban la precisa organización, a veces en los lugares de trabajo de los señalados, otras en plena calle y a la luz del día, mediante procedimientos ostensibles de las fuerzas de seguridad que ordenaban «zona libre» a las comisarías correspondientes. Cuando la víctima era buscada de noche en su propia casa, comandos armados rodeaban la manzanas y entraban por la fuerza, aterrorizaban a padres y niños, a menudo amordazándolos y obligándolos a presenciar los hechos, se apoderaban de la persona buscada, la golpeaban brutalmente, la encapuchaban y finalmente la arrastraban a los autos o camiones, mientras el resto de comando casi siempre destruía o robaba lo que era transportable. De ahí se partía hacia el antro en cuya puerta podía haber inscriptas las mismas palabras que Dante leyó en los portales del infierno: «Abandonad toda esperanza, los que entrais».