Entrevista a John Better: “El humor es una gran arma de seducción”

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“Llegué a Bogotá prácticamente a autodestruirme, es una escuela que lleva tiempo y dedicación, y si no lo logras antes de los cuarenta, mejor te detienes y te resignas a soportar en quién te has convertido”.

La literatura no es un oficio ni mucho menos una profesión: es un destino como cualquier otro. Solo que en algunos casos hay que llegar, o intentar llegar, a tener un conocimiento profundo de uno mismo, en el sentido en que lo griegos lo entendían. Y se paga un precio alto por ese conocimiento. John Better es esencialmente un poeta; que con los años haya virado a la crónica o a la novela no hace más que confirmar lo primero cuando se lo lee. Para algunos lectores argentinos, resultará una novedad, pero hace años que viene labrando una obra coherente con su manera de ver el mundo. A diez años de su primera publicación, Locas de felicidad desembarca desde Barranquilla a modo de entrevista para volver a ocupar las calles de una literatura que no está al margen, sino en el centro mismo de lo mejor que se está escribiendo actualmente.

Que luego de diez años se reedite Locas de felicidad no es algo menor. ¿Qué cambió en estos diez años en tanto las temáticas que trabajás en el libro y también tu mirada como artista?

Y bueno, uno no es el mismo a cada segundo. El libro es una miscelánea de “monstruos perfectos”, seres queer que marcaron la historia de mi vida, y que escribieron la suya en el bajo mundo de ciudades como Bogotá o Barranquilla. En cierta forma fue como sacarlos del pozo nauseabundo donde flotaban, exponerlos a la luz y marchar con ellos dentro de las páginas del libro. En cuanto a cambios, la lucha LGBTI se ha fortalecido enormemente, lo cual es algo positivo; cada logro es significativo, pero hay que seguir batallando: lo marginal sigue ahí; los que transitan esas zonas hacen su propia guerra, sobreviven, mutan, se adaptan a estos tiempos endemoniados. Me siguen inspirando ese tipo de historias.

En diez años ¿sentís que hubo cambios culturales significativos en Colombia? Pienso en una generación nueva que leerá por primera vez Locas de felicidad

Y claro, la visibilización de lo gay, lo queer, lo transgresor, es permanente. Digamos que cuando aparece Locas…, en 2009, era un exotismo hablar de ese mundo; es un texto único en su estilo. A la fecha, los movimientos culturales, la pintura, el teatro, lo audiovisual han tocado el tema sin reparos, con una mirada aguda y critica del asunto. Han emergido una serie de autores y autoras LGBTI que escriben e inscriben su “garra escritural” en la  pacata literatura nacional. Y eso habla de un festivo estado de ánimo de esta nueva generación, y también es bueno saber que mi libro ayudó un poco en todo a eso. Es un texto que estudia en países como México, España y Colombia; por ejemplo está incluido en la catedra de estéticas queer que la docente brasilera Cándida Ferreira dicta en la Universidad de los Andes.

Locas de felicidad alude al humor con que abordás las historias de un universo complejo e injusto, muchas veces. ¿Estás de acuerdo?

Es bueno reírse en medio de la tragedia y de tus tragedias, principalmente: dejad que los otros lloren por mí. El humor en esas historias bastardas –porque  la crítica no supo en su momento si ubicarme como cronista, cuentista o lo que sea– fue lo que sedujo a Pedro Lemebel, quien se animó e hizo un short-prólogo de mi libro. Yo soy heredero de su escritura, nadie como él para manejar el humor en las más terribles circunstancias. Lemebel fue mi maestro, mi amigo, una gran fuerza de apoyo. Y creo que el humor nos permite maquillar la realidad que de por sí tiene una cara espantosa. Es que el humor es una gran arma de seducción; soy como ese macabro payaso de la película Payasos del espacio exterior que entretiene a una multitud con el truco de hacer sombras chinescas con formas animales y luego uno de esas figuritas termina comiéndose a los espectadores. Eso intento con el lector, seducirle y devorarle.

¿Te molesta que te encasillen en lo queer?

Es una etiqueta extraña por momentos; prefiero ser una lata sin etiquetas, que el lector encuentre dentro sardinas, sopa de hongos o comida para perros. A veces parece que lo hace para restarte importancia y decir que representas a una minoría, pero yo hago literatura. Lemebel me dio el rotulo de “narratríz”, eso me gusta un poco, se siente respetuoso, y al mismo tiempo, es una advertencia a todo aquel que desea excluirme. Si bien en temáticas mis dos libros posteriores se alejan del tema, en mi país sufro el desprecio y la exclusión de los círculos “intelectuales”. Esos señoritos de buena familia que estudiaron “la sintética escritura creativa” me invisibilizan y no me invitan a sus ferias y encuentros. Pero al anularme más, me hacen más notorio, nos hacen más notorios, porque somos muchos los autores en mi país que anulan de forma despiadada al no ser editados en grandes editoriales, y aunque yo esté editado con un monstruo editorial como Emecé-Planeta, me sienta bien eso de marginal, es un perfume barato que hace trasbocar a esos personajillos de los que hablo.

¿Cómo surgió la escritura de Locas de felicidad?

Yo dejé Barranquilla harto de escribir poemas, y llegué a Bogotá prácticamente a autodestruirme, es una escuela que lleva tiempo y dedicación, y si no lo logras antes de los cuarenta, mejor te detienes y te resignas a soportar en quién te has convertido. El libro relata ese intento fallido de autodestrucción y también exhuma la historia marica de mi región.

En un reportaje te referís a la prostitución y hablás de tus experiencias personales. ¿Podrías contarnos cómo fue el proceso en tu interior de esa época vista a la distancia?

Es muy simple, fue taxi boy como dicen ustedes. Lo hice por deseo, conducido por el deseo, quiero decir. Estuve en una casa privada, luego salté a la gran pasarela de la calle, hice lo que tenía que hacer. Ha pasado el tiempo; la última a vez que fui a Bogotá me vi en varias esquinas soportando el frío de la noche capitalina, me vi durmiendo en un parque a la intemperie, pero no puedo hacer nada con ese fantasma más que darle una moneda, una cobija o un pedazo de pan

¿Podríamos decir que no solo el humor, sino también la literatura te salvó en cierto modo?

Nadie está a salvo: en breve puede ocurrir el apocalipsis zombie, caer un avión en picada, o llegar los aliens y no dejar rastro de nada. La literatura me reconforta, la música me salva del tedio que es lo que más odio.

Sé que tenés muchas personas queridas en Buenos Aires, ¿pensás que hay un puente tendido entre ambas realidades culturales de los temas de Locas de felicidad?

Me une a Buenos Aires un cariño enorme por su literatura y su música. Tengo deudas pendientes: debo ir a darle un abrazo a Fabi Cantilo, por esa canción que cantamos juntos alrededor de una piscina en un lejano carnaval barranquillero; a Fernando Noy, por sus poemas; a Liliana Viola por apoyar mi trabajo; a Alejandro Modarelli por su coraje y humor. Y claro, están los puentes tendidos: Puig y su telaraña hilada durante años y que aún no acaba. Me dice una amiga que a veces lo ve tejiendo guantecitos en Constitución. Y por supuesto, está Perlongher, emergiendo de las cloacas cada aguacero buscando un faso, el eterno cadáver de Nestor; y también Batato y los fantasmas del Paracultural. Yo tan lejos en una ciudad costera colombiana y me llegaba en sueños todo ese tufo, toda esa loca felicidad.

¿Estás trabajando en un nuevo libro?

Sí, ya está terminada. Es una  novela de horror que prensará Emecé-Planeta, quienes editaron mi libro anterior A la Cas/za del chico espantapájaros. Esta nueva se llama Limbo y aborda el tema de los niños que mueren sin bautizar: una casa con dos vicarias gemelas albinas, una religiosa polaca del siglo xx, un bicéfalo cantador y mucho gótico Caribe.

 

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