Crítica de Miradas sobre el suicidio, de Hugo Francisco Bauzá

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El libro de Hugo Francisco Bauzá es un extenso y profundo ensayo que aborda el suicidio desde la Antigüedad clásica hasta nuestros días, con una mirada amplia que abarca la filosofía, la religión, la literatura, el arte, la psicología y la sociología. Los epígrafes que abren la obra adelantan los polos en los que se enmarca: por un lado, la postura de los estoicos que veían el suicidio como un acto de libertad; y por otro, la de Albert Camus que afirma que la libertad consiste en rechazarlo voluntariamente.

En el prólogo y en el epílogo, el autor explica las motivaciones personales que lo llevaron a la investigación sobre un tema tabú –según cómo se lo considere– y sintetiza su postura. ¿Qué lleva a un hombre o a una mujer al suicidio? ¿Cómo influyen las enfermedades, los fracasos personales, la familia y la sociedad? Estás preguntas serán disparadoras de las diferentes partes del libro con la premisa de alejar todo juicio acerca de un acto que siempre será incomprensible para el observador, por más cerca que esté del suicida. Sin embargo, esta suspensión del juicio no fue lo que predominó en la historia de la humanidad: Platón y Protágoras, y posteriormente el judaísmo, por ejemplo, desaprueban el suicidio; para la religión católica es un pecado; en Roma, son respetados los que se suicidan por la patria, pero no aquellos que lo hacen por amor o por tristeza.

Sin duda, la muerte y la temporalidad atraviesan el tema que estamos tratando. Somos seres para la muerte, tenemos conciencia de la finitud, nos preguntamos constantemente para qué vivimos. Este ensayo de Bauzá plantea un estudio abarcativo de las respuestas o de las reflexiones que el hombre fue dando al respecto. Citas de escritores, filósofos (Aristóteles, Michel de Montaigne, Arthur Schopenhauer, Émile Durkheim, entre otros) fragmentos de obras literarias, descripción de pinturas nos permiten pensar una cuestión que nos interpela.

Una de las primeras citas que aparece en el libro es la de Horacio: “Verme a veces fluctuando en la incierta esperanza de lo futuro”. De esa certeza sobre la finitud, nace el taedium vitae (“hastío de vivir”), del que habla José Martínez Ruiz, Azorín: “Hoy siento más que nunca la eterna y anonadante tristeza de vivir. No tengo plan, no tengo idea, no tengo finalidad ninguna”. Eduardo Mallea, por su parte, expresa: “No hay médico que pueda curar el deseo de no vivir”.

Si bien el suicidio es una decisión muy personal que atiende a circunstancias personales, Bauzá analiza también la influencia de ciertos hechos históricos que parecen haber influido en la resolución de aquellos que se quitaron la vida: el paso del año 900 al 1000, la Peste bubónica, los años del Gran Terror en la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, la Guerra Civil Española, las grandes crisis económicas, el avance de la Alemania nazi, las guerras mundiales, nuestra Guerra de Malvinas. En estos períodos, se registró un aumento de los suicidios, lo que invita a pensar cómo el afuera también determina elecciones individuales.

Por supuesto, no podía faltar la referencia a la melancolía que, como enfermedad crónica, puede llevar al suicidio. Ya en el Medioevo, se consideraba que procedía de la acedia (‘negligencia, desazón’). En tiempos modernos, se la asocia a un estado patológico grave: la depresión. Por su parte, los poetas románticos relacionan genio y melancolía: ¿es la melancolía la que lleva a ciertas personas a sobresalir como artistas o es la hipersensibilidad artística lo que los lleva a ser melancólicos? Ellos son, además, los que acuñan la imagen del artista como un espíritu sombrío que, paradójicamente, se complace en sus desdichas y que se suicida como un sacrificio en pos de la perpetuidad de su arte –más tarde las vanguardias vuelven a postular la relación suicidio/arte–. El poeta Thomas Chatterton inauguró una ola de suicidios, y muchos fueron por amor, la finalidad romántica por excelencia. Asimismo, este movimiento artístico nos ofrece una gran cantidad de personajes literarios que encarnan las ideas de sus creadores y llevan a cabo el suicidio que ellos no cometieron: Johann Wolfgang Goethe, Alfred de Musset, Gustave Flaubert. Posteriormente, Fiódor Dostoievski, Antonio Di Benedetto, Gabriel García Márquez o Patrick Modiano también narran el suicidio a través de sus protagonistas.

Como casi todo, el suicidio también parte de los mitos griegos con Yocasta, Heracles, Píramo y Tisbe, solo para mencionar algunos. De allí para adelante, la literatura abunda en historias de suicidas o en escritores que se quitaron la vida por diferentes razones. Bauzá elige algunos casos como los de Sylvia Plath, cuya poesía es en gran medida confesional, similar a la de Anne Sexton: “Morir / es un arte, como cualquier otro. / Yo lo hago excepcionalmente bien”. En Alejandra Pizarnik, además de sus angustias personales, hay una búsqueda estética que también la atormenta. Ella quiere rescatar la función primigenia del lenguaje que no es comunicar, sino expresar las esencias.

Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones, Alfonsina Storni, Walter Benjamin, Paul Celan, Virginia Woolf, Cesare Pavese, Primo Levi, Ernest Hemingway son algunos de los escritores que eligieron la muerte, a veces por enfermedad, a veces por angustias personales, a veces por el peso de algún trauma cuyos orígenes se pierden en la historia individual. Melanie Klein, desde la Psicología, relaciona el suicidio con episodios traumáticos de la infancia.

Sea una imagen esquelética que lleva una guadaña en la mano o sea la “dulzura narcotizante” de la que hablaban los románticos, la muerte fue y será una obsesión para los hombres. Miradas sobre el suicidio es una obra que, a pensar de la densidad del tema que aborda, no deja de atrapar por dos razones: porque se nota la pasión que está detrás del libro, y porque, como todo buen ensayo, abre interrogantes a los que necesariamente deberemos buscar nuestras propias respuestas.

Miradas sobre el suicidio, Hugo Francisco Bauzá, Fondo de Cultura Económica, 2018, 439 págs.