Del Romanticismo en las Matemáticas

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El Romanticismo fue un movimiento muy importante, pero que en general se lo suele acotar al área de las Artes. Quien puede negar su importancia, incluso en la política (todos los movimientos nacionalistas del siglo XIX estaban impregnados de Romanticismo, hasta el punto que, por ejemplo, el mismísimo Lord Byron, fue a pelear por la Libertad de Grecia), pero sus vínculos con la Ciencia en general y con la Matemática en particular, no son tan conocidos.

Si asumimos al Romanticismo como ese período, que va entre fines del siglo XVIII y mediados del siglo XIX y que si bien comenzó en Europa, tuvo sus ramificaciones globalizadas por muchas otras partes del mundo, observaremos que los cambios producidos fueron sustanciales. Más allá de una tendencia artística, el Romanticismo fue el espíritu de una época, la “viralización” de un estilo de vida, donde la Libertad, el Conocimiento, la Desmesura y el Horror se dieron la mano.

Y como tal tuvo un impacto enorme en todas las Ciencias. Por una parte hay que decir que la Naturaleza, ya desprovista de un creador (o al menos reducido a su mínima expresión), se transformó en un ámbito a indagar, llevándolo a sus límites. Ya no se la consideró como algo estático, sino dinámico, que cambia, que evoluciona y que en ese camino no sólo florece, sino que también se pudre. La curiosidad se abrió camino y todos los rincones de la tierra fueron explorados. Apareció una nueva mirada sobre las fuerzas que gobiernan al Universo. La electricidad y el magnetismo se unieron como en el matrimonio del cielo y del infierno de William Blake.

En el caso de las Matemáticas, los desarrollos que se sucedieron en este período dieron cuenta de cambios que impactaron en los siglos venideros. Por mencionar algunas cuestiones: la estadística se consolidó como disciplina con peso propio; el álgebra protagonizó una verdadera revolución, una explosión de objetos abstractos como anillos, grupos, monoides y otros monstruos románticos que, por cierto, escapan raudamente de mi comprensión; ni hablar de la geometría, que a partir del 5to postulado de Euclides, encontró una forma completamente nueva, inesperada, el nacimiento eléctrico (a la manera de Frankenstein) de un universo geométrico impensado previamente.

Emblemática de este zeitgeist, fue la triste y breve vida de Evariste Galois. Nuestro héroe murió a los 20 años, pero en esa corta vida se las arregló para modificar las matemáticas para siempre (hasta en las comunicaciones satelitales se usan sus hallazgos del universo abstracto de las matemáticas). Su muerte, como consecuencia de un duelo, cuadra a la perfección con la imagen del Romanticismo que uno tiene y más aún cuando uno se entera que dedicó toda la última noche de su vida a terminar sus obras. Su producción por encima de su propia vida. Pocas cosas más románticas que esa.

Otro de los elegidos para ilustrar estos vínculos es el matemático noruego Niels Abel (el mismo del premio que lleva su nombre, que es el “Nobel” de las matemáticas). Abel es otro miembro del famoso “Club de los 27”, que en general se asocia con las muertes tempranas del rock, pero que, creemos, estamos habilitados a extenderlo a otras áreas también. Abel también revolucionó la disciplina, fue uno de los creadores de la teoría de grupos; sus desarrollos se aplican hoy a áreas como la química o la criptografía. El pobre Abel siempre sufrió los padecimientos de la pobreza y, adivinen qué, murió de tuberculosis.

La creatividad que el Romanticismo tuvo en las Artes, también la tuvo en las Ciencias. La pasión, el descubrimiento del desorden (como promotor del cambio), los peligros del “progreso”, la inconmensurabilidad de la Naturaleza, todos estos atributos, propios del Romanticismo, tuvieron su correlato en las Ciencias. De hecho, en aquellos tiempos, las diferencias entre las Artes, las Ciencias o la Filosofía no se encontraban tan escindidas como las vemos hoy. Eso es algo de lo que, tal vez, podríamos aprender.