El dolor hablado, un cuento de Martín Cascante

0
79

La noche en otra parte es el primer libro de cuentos de Martín Cascante, que además obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de las Artes. El jurado estuvo conformado por Carlos Chernov, Liliana Heker y Ana María Shua. En la contratapa del libro, esta última afirma: “Con un lenguaje preciso y sutil, Cascante nos sumerge en una atmósfera encantada, siniestra, poética –solo se escucha el sonido del sol–, y al mismo tiempo gore –se oye el crujido de los jugos y la carne–”.

Compartimos “El dolor hablado”, uno de los cuentos del volumen.

Pedro, el afilador, es el primer enterrado que tenemos acá. Las noticias de otros casos, en pueblos que nunca visito, habían llegado por algunos viajantes. Las escuchaba con atención morbosa, pero elegía creer que no podían ser ciertas.

El Intendente hizo el anuncio hace un mes, en la plaza. Estábamos todos, los trescientos cincuenta, repartidos entre la grava y el pasto quemado del invierno. Había un sol hermoso en el cielo, que no llegaba sin embargo a calentar el aire. Parado sobre la escalinata que lleva al mástil, el Intendente habló. Me costó escucharlo: estaba lejos y los murmullos me distraían de sus palabras. Movía exageradamente el cuello de atrás hacia adelante, como intentando dar impulso a sus pensamientos. Fue minucioso en la enumeración de los pasos a seguir, pero no explicó las razones. Busqué a Pedro: lo descubrí parado a un costado, severo, abrigado con un poncho amarillo. Vi que parpadeaba como si quisiera entender con los ojos lo que estaba escuchando. Elisa me tomó del brazo y sentí su angustia clavándose en mi carne a través de las uñas. Nadie parecía comprender bien lo que estaba pasando, pero las palabras del Intendente, dichas con el suficiente aplomo, transmitían alguna contención. El entierro nos iba a devolver el equilibrio y no podíamos permitirnos ser flojos. Yo no sabía de qué equilibrio hablaba el Intendente. Elisa tampoco. Mientras buscaba respuestas en las caras de los otros, dos hombres fornidos de la cuadrilla municipal se abrieron paso entre la concurrencia y le pidieron amablemente a Pedro que los acompañara.

Estático como el resto, seguí la acción en silencio. Cuando Pedro y los hombres desaparecieron de nuestra vista, el Intendente volvió a hablarnos en un tono parecido al cariño, y agitando sus manos nos animó a que dejemos la plaza y volvamos cada uno a seguir con nuestras vidas.

*

El entierro fue discreto. El sitio elegido fue la esquina de nuestra casa. Lo vimos desde la terraza: los dos empleados del municipio cavando el agujero en forma de tubo mientras Pedro esperaba sentado en una pequeña banqueta de plástico. Observamos cómo lo ayudaban a bajar, tomándolo cada uno de un codo, y con qué delicadeza iban echando las paladas de tierra para cubrirlo hasta el cuello, intentando no ensuciarle la cara. No hubo en Pedro un solo gesto de reprobación. Yo me quedé hasta el final, hasta que los operarios barrieron la tierra removida, la juntaron en unos baldes y se fueron. No hablaron entre ellos en ningún momento. La cabeza de Pedro quedó sola, esfumándose en la última luz de la tarde. La humedad empezaba a condensarse sobre el hierro del balcón y sobre las baldosas. Elisa ya había vuelto adentro, antes de las paladas. Bajé de la terraza mirando fijo el rojo de los escalones, y llegué al patio con la mente en blanco y los brazos cruzados por el frío. Ella estaba de espaldas, apoyada sobre el marco de la puerta de la cocina. Me acerqué despacio. Sintió mi presencia y avanzó hacia las hornallas para encender el fuego y calentar una sopa. Me ubiqué a un costado y abrí una alacena. Tomé dos vasos mientras la observaba: tenía los ojos hinchados. Adiviné que había estado llorando, pero no le hice preguntas. Cenamos sin hablar, con el sonido de la radio de fondo. Mientras levantábamos los platos, juntó los restos de la sopa en un pote y salió a la calle sin decirme nada.

Esa noche di vueltas en la cama y casi no pude conciliar el sueño. Me levanté a buscar un vaso con agua y a avivar el fuego de la chimenea, que estaba casi apagado. Caminando de vuelta a nuestra habitación, vi su cuerpo destapado, iluminado por la claridad que entraba desde el pasillo. La piel de sus piernas estaba erizada, por el contacto con el aire del invierno. Observé unos surcos oscuros que afeaban las plantas de sus pies. No recordaba haberlos visto nunca. Procurando no despertarla, estiré la sábana y la tapé.

*

Los primeros días, la gente venía a ver a Pedro. Se amontonaba en la bocacalle y entorpecía el paso de los pocos autos. Los chicos se asomaban entre las piernas de los adultos para mirarlo. Nadie se aventuraba a decirle nada. Pedro paseaba sus ojos entre los presentes, hasta donde el cuello se lo permitía. Algunos bajaban la vista, otros parecían buscar su perdón, presentándole una expresión de disgusto.

Yo lo veo cada tarde cuando vuelvo de la barraca. Está justo en la ochava, interrumpiendo una fila de tilos. Doblo la esquina y ahí le veo el pelo empastado por las heces de los pájaros, los ojos siguiendo el surco que dejan las hormigas. Padezco ese momento. Le hago un gesto, un ademán sencillo que intenta decir buenas tardes y no mucho más. No se lo digo con palabras por vergüenza: qué buenas tardes podría estar teniendo.

*

Ganó lugar la idea de que Pedro es una “prueba de confianza”. Se dice: otros intendentes ya usaron el recurso. Eso y que nuestro Intendente es un buen hombre, y que no quiso importunarnos hasta que no tuvo opción. Se habla de equilibrio, de unión. Yo, que lo veo todos los días cuando doblo la esquina, que veo salir a mi mujer cada noche con el pote de comida, pienso que algo pasó con Pedro, algo que tiene que ver con alguna forma de peligro o de traición, para que el Intendente haya tenido que inclinarse por una alternativa como esa. Para nosotros, quizás, es mejor no saberlo. Porque para saber esas cosas y sufrirlas por nosotros, para eso está el Intendente.

Elisa discute esas ideas. Pedro es un afilador, me dice, de qué equilibrio hablan. Me exige explicaciones como si fuera yo mismo el Intendente o alguno de los suyos. Mientras lo hace, irradia una sensación de bienestar para consigo misma, esa manera que tienen los que por su modo de actuar o de pensar se ubican naturalmente del lado de los buenos. Si elijo contradecirla y defender al Intendente, sus palabras se llenan de ironía. Yo le aclaro que me perturba verlo a Pedro ahí, y eso la irrita más. El dolor hablado, me dice, y corta enérgicamente la carne en pedazos minúsculos, haciendo que el pote de aluminio resuene contra la mesada.

*

Se me hace difícil sostener la mirada ante Pedro, soy testigo de cómo se pone cada vez peor. En dos semanas su rostro se deterioró espantosamente, tiene la piel de los pómulos cuarteada y una corona de llagas le rodea la boca. Sé por Elisa cuánto le está costando comer.

Hace unos diez días, llegué de la barraca y la encontré en la pieza, acostada. Desde la penumbra me dijo que sentía un terrible dolor en las piernas. Le acaricié las rodillas y sentí su piel reseca y dura, deshidratada. Le ofrecí un vaso con agua y un calmante. Me quedé mirando hasta que lo hubiese vaciado. No se levantó para cenar, y me pidió por favor que le acerque la comida a Pedro. Yo, sabiendo de antemano que no iba a hacerlo, le dije que sí.

*

Hubo dos entierros más en estos últimos días: Danilo, el dueño del molino harinero, y Amanda, la profesora de piano. El Intendente esta vez no hizo anuncios, no volvió a juntarnos en la plaza.

*

Me alivia que Elisa, que ya no habla con nadie y sólo sale hasta la esquina para llevar el pote, no esté enterada de nada.

En la barraca dejaron de preguntarme cómo está, cómo lleva sus dolores en las piernas. Varios suponen que es ella la que alimenta a Pedro por las noches. Dicen que el Intendente también lo sabe. Yo no sé si preocuparme por eso. Sí sé que no quiero importunar al Intendente. No recuerdo que mencionara ninguna regla que prohibiera lo de la comida, aunque todos la dan por sobreentendida.

Debería hablar con ella, advertirla. Pero hablar con Elisa es discutir. Me fastidia de antemano imaginar el diálogo, leo en el aire sus palabras sucias contra el Intendente, y después contra mí.

*

En cada madrugada, Elisa camina por la calle vacía hasta la esquina con el pote de comida. Avanza como puede, tarda en llegar, hace pausas largas apoyándose en los troncos de los tilos. Últimamente trae de vuelta el pote lleno. Me cuenta que Pedro ya casi no puede abrir la boca, y muchas veces ni siquiera despierta aunque ella se quede esperándolo.

Elisa es un ser noble. A veces me gustaría pedirle prestada esa virtud, entender cómo es, preguntarle de dónde le viene. No se lo pregunto porque se enoja, y hacerla enojar, viéndola tan debilitada, me parece un despropósito. Muchas cosas me parecen un despropósito, pero a diferencia de Elisa, creo que yo las sé llevar. Ella en cambio no sabe o no quiere hacerlo, y convencerla no tiene sentido.  Su mirada me pesa. Por ella, llegué a pensar en desenterrar a Pedro. Agarrar una pala, caminar hasta él en la noche, sonreírle, y después cavar y cavar, tenderle las manos, impulsarlo hacia arriba. Sueño a veces con eso. Cuando finalmente lo saco, caemos los dos abrazados sobre la montaña de tierra removida, pero Pedro ya no tiene las piernas.

*

Regreso a mi casa y veo a un hombre acercándose a Pedro. Lo veo desde mitad de la cuadra: el hombre se pone en cuclillas, estira un brazo para tocarlo. Parado casi detrás de ellos, llego a escuchar que recita:

Mucho brillaba la luna esa noche,

aunque el dolor fuera cruel

Pedro tiene la cabeza volteada hacia adelante, inerte. El hombre le cierra los ojos. Percibe que estoy a su espalda y sin levantarse gira el cuerpo hacia mí: es el Intendente.

*

Llego a la puerta sin volverme para mirar. No puedo respirar bien, el aire se frena en mi garganta, me la toco con una mano para sentirlo pasar mientras con la otra busco la llave. Las luces están apagadas. Supongo que Elisa puede estar acostada. Voy a despertarla de todos modos, hablar con ella. Tiemblo mientras camino por la casa a oscuras. Voy hacia el cuarto y tanteo la parte posterior de la cama buscando sus piernas. No las encuentro. Avanzo entonces hasta el fondo del pasillo; en la cocina hay destellos del fuego en las hornallas. Pienso en la sopa que Pedro no podrá tomar esta noche. Elisa está ahí de pie, apoyada contra el aparador. El blanco de sus ojos tiene un tono amarillo, están abiertos pero no me miran. Transmiten la amargura y la intriga de siempre. Verla me libera el paso del aire. Respiro con fuerza una, dos, tres veces. No sé cómo empezar a hablar. Bajo la mirada para ganar tiempo y veo unas raíces secas asomando de las puntas rotas de sus zapatos. Son raíces muertas que no se sostienen de nada, que abrazan el aire inútilmente en cualquier sentido. Entonces, como si bastara la confirmación de mis ojos para que el próximo paso suceda, Elisa pierde el equilibrio y se desploma contra la mesada.

La noche en otra parte, Martín Cascante, La Parte Maldita, 2018, 134 págs.