El carnaval: la celebración de la libertad

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Sabemos que estamos en carnaval porque disfrutamos de los feriados, pero hoy en día no siempre nos detenemos a pensar cuál es su significado. Lo pagano, lo popular, los disfraces, las máscaras, las procesiones son parte de un ritual que tiene sus raíces en la Edad Media. Uno de los estudios más profundos sobre esta festividad es el que realiza Mijail Bajtin en su libro La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el contexto de François Rabelais, donde analiza el carnaval –un tiempo en el que el juego se transforma en vida real– en su oposición a las manifestaciones de la cultura oficial, ya sea de la Iglesia o del Estado.

La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento se sustentaba en la risa y sus formas, y se manifestaba en tres categorías: 1) Formas y rituales del espectáculo (festejos carnavalescos, obras cómicas representadas en las plazas públicas, etc.); 2) Obras cómicas verbales (incluso las parodias) de diversa naturaleza: orales y escritas, en latín o en lengua vulgar; 3) Diversas formas y tipos del vocabulario familiar y grosero (insultos, juramentos, lemas populares, etc.).

Si nos centramos en los carnavales en la Edad Media, las celebraciones oficiales iban acompañadas de actos y procesiones que llenaban las plazas y las calles durante días enteros. En cambio, la cultura popular, ofrecía la fiesta de los bobos (festa stultorum) y la fiesta del asno; existía también una “risa pascual” (risus paschalis) muy singular y libre. En realidad, casi todas las fiestas religiosas poseían un aspecto cómico popular y público, consagrado también por la tradición. La risa siempre acompañaba todo tipo de festividades, y también los ritos y ceremonias civiles de la vida cotidiana. Por ejemplo, nunca faltaban los bufones y los “tontos” que realizaban una parodia de lo que se estaba celebrando.

Estos ritos y espectáculos se diferenciaban de los cultos oficiales de la Iglesia o del Estado feudal, y para analizar estas diferencias, Bajtin relaciona las fiestas con el tiempo: en cualquiera de ellas todo gira alrededor de la muerte y la resurrección, de las sucesiones y la renovación. En este sentido, las fiestas oficiales medievales perpetuaban el orden existente, tendían a consagrar la estabilidad, la inmutabilidad y la perennidad de las reglas que regían el mundo. En cambio, en las fiestas populares, el pueblo entraba en una especie de segunda vida, en la que temporariamente pertenecía al reino de la universalidad, la libertad, la igualdad y la abundancia.

En cuanto a la esencia del carnaval este deja de lado las relaciones jerárquicas, los privilegios, las reglas y los tabúes. Además, “los espectadores no asisten al carnaval, sino que lo viven, ya que el carnaval está hecho para todo el pueblo. (…) En el curso de la fiesta solo puede vivirse de acuerdo a sus leyes, es decir de acuerdo a las leyes de la libertad”. De ahí la importancia de los disfraces, de las máscaras: “la negación de la identidad y del sentido único, la negación de la estúpida autoidentificación y coincidencia consigo mismo; la máscara es una expresión de las transferencias, de las metamorfosis, de la violación de las fronteras naturales, de la ridiculización, de los sobrenombres; la máscara encarna el principio del juego de la vida, establece una relación entre la realidad y la imagen individual, elementos característicos de los ritos y espectáculos más antiguos”.

Nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, tenemos otra relación con el disfrute. Es una lástima que hayamos perdido el sentido universal y a la vez tan íntimo de las fiestas, porque como dice el tema de la Bersuit “La vida pierde la gracia / para el que olvida celebrar”.

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